El error iluminado

Amanece. El cielo pierde su misterio detrás de los edificios, allá por el este de la ciudad. La luz borra las sombras y hasta las dudas. Alumbra o abrasa la conciencia.

Isabel corrige su postura y se gira hacia el oeste para seguir contemplando la noche. Pero sabe que no es así. La noche ha terminado. Sabe que ya ha salido el sol y no está en llamas. No es un vampiro que pueda ocultarse hasta la noche siguiente. No puede exculparse aludiendo a su terrible naturaleza. Sabe que ha llegado el sol dominguero con la rutina en una fiambrera. Aún así, está dispuesta a engañarse unos minutos más, mientras el cielo pueda parecer nocturno.

–¿Qué hora es? — pregunta cuando el día termina de hacerse evidente.

–Las siete — dice el hombre que está sentado junto a ella, sobre la arena de la playa.

–Me voy.

Isabel se levanta y se sacude el polvo de los pantalones, maldiciendo en voz baja las playas artificiales.

–¿Qué? — pregunta el hombre, que también se ha levantado.

–Nada. No estoy hablando contigo — le contesta ella con tono tajante.

El hombre la mira perplejo un segundo, y luego su sorpresa se convierte en rabia. Para entonces, Isabel ya ha recogido su bolso y se ha alejado un par de metros. Él la llama, y, al no obtener respuesta –ni siquiera una mirada atrás, no le des ni eso, piensa ella– echa a correr para alcanzarla. La agarra del brazo y consigue detenerla. Ella se ha girado, y lo mira expectante.

Quizás este puede hacer algo distinto, piensa. Quizás este se descubre como el definitivo. Quizás ella puede descubrir en él lo que está buscando. Quizás este decide despedirla con un chiste que la haga estar riendo varios días. Quizás este, de pronto, se quita el pelo, porque resulta que es calvo y lleva un peluquín, y se enfrenta a ella sin ningún disfraz. Quizás este saca una pistola del bolsillo y le apunta a la frente, diciéndole que no va a abandonarlo, que si no es de él no será de nadie. O a lo mejor saca una pistola y se apunta a su propia sien, pidiéndole que no lo abandone, que no puede vivir sin ella. Quizás este hombre puede hacer algo que la sorprenda. Quizás es este el hombre que va a cambiar su vida. Pero sabe que no es así.

La noche ha terminado, y el día se presenta tan desalentador como todos los demás. Sabe que este hombre no es el definitivo. No. No puede serlo. No con esa camisa de rayas azules y esos ojos tan apagados, desde luego. Es tan triste que no tiene ni un solo lunar en la cara. Isabel está a punto de echarse a reír. Consigue contenerse, más por compasión que por respeto.

–¿Qué te pasa?

La pregunta es tan antigua y tan constante que Isabel está a punto de echarse a llorar. Consigue contenerse, más por orgullo que por timidez.

–Si lo supiera, no estaría aquí — dice esbozando una fugaz sonrisa. — Estaría en Estocolmo, o en Cuenca, o en Copiapó, o en cualquier otro sitio. Con cualquier otro hombre.

Un golpe bajo, sin duda. Ella lo sabe y se prepara. Pero no sucede nada. El hombre –su nombre… ¿cómo se llamaba?– la contempla atónito y resignado. Entonces Isabel comprende por qué se fijó en él: debió confundir su ignorancia con inocencia, y la cara que pone de estúpido redomado con la de niño incrédulo.

–Mira, he tenido una noche muy mala. Me voy a casa — se molesta en explicar Isabel.

Se desprende de la mano que todavía la sujeta, se gira y prosigue su camino. Atrás quedan un par de ojos que la persiguen hasta que desaparece detrás de una palmera.

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2 Comentarios

  1. por xplorador publicado el 03/02/2011  23:21 Responder

    Por cierto, esto sí que es un relato. Y muy bueno, además. Me encanta el detalle de darle la espalda a todo lo que supone la luz del día. También me gusta el hecho de que el tema central del relato haya que leerlo entre líneas.

  2. por onanistaenamorada publicado el 04/02/2011  02:10 Responder

    vaya, gracias Xplorador jajajaj me halagas

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