La luz al final del túnel

Tembloroso, desesperado, hurgó en los bolsillos.

-Si, seguro… alguna de las cerillas encenderá.

El frío mordía hasta los huesos. Tanta humedad, tantos días mojado habían hendido la piel, algunas llagas sangraban. Incontables días en aquel túnel infernal.

-¡Lo sabía… Dios no me dejaría morir!

Frenético hurgaba, se palpaba y sólo se oía el rumor del eco en algún recodo de aquel laberinto mortal. Ya ni se cuestionaba cómo se le ocurrió entrar allí, para qué desafiar los muchos avisos de peligro a la entrada de la mina cerrada.

-¡Aquí la tengo…!

Debido a la humedad, hace días que había perdido la sensibilidad táctil. No podía ver en esa oscuridad absoluta pero estaba seguro que era un gran tronco de madera seca.

-¡Sí, aquí está la cerilla! Sólo tengo que encenderla… y encenderé este gran tronco.

Afanoso, nervioso, en un mar de incontinente toser, agachado encendía la cerilla en la base del barril de pólvora.

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