Cuento de Navidad

¡Bien! hoy es el último día de clase antes de las vacaciones de Navidad e ir al colegio va a ser súper fácil, sólo hay que ir, porque en vez de aprender geografía, matemáticas o lengua, hoy es la fiesta de Navidad y vamos a estar todo el día jugando a futbol, porque Don Eliseo que es un forofo, se empeña en que “todos” juguemos, y siempre me elige de portero, pese a ser el más pequeño de mi clase de 5º de EGB, luego para “ayudarme” en el partido, me coge por las axilas y “paramos” los balones; él se descojona pero yo me llevo los balonazos.

Bien pensado lo de ir hoy al cole va a ser una gaita, aunque el grupo (Carlos, Luís y Quique) y yo (Miguel) nos reuniremos antes, porque Carlos quiere contarnos algo. Así que cojo el bocata del almuerzo (espero que sea de leche condensada con colacao, que hoy es casi fiesta), le doy un beso a mi madre y salgo pitando. Al lado de la casa de Carlos ya están todos, soy el último. Llego y me cuentan: que si en vez de ir al cole hacemos pellas, novillos, fochina valenciana. Me lo pienso 1 milisegundo, balonazos o aventura, elijo aventura de todas todas.

Así que Carlos nos cuenta que ha hecho un descubrimiento, sabe de un sitio “mágico” que esconde multitud de secretos y estamos en la obligación de ir a descubrirlos. Claro, nosotros le miramos embelesados y asintiendo con la cabeza, ¡sabias palabras!. Además el sitio no tiene pérdida, a lo mejor está un poco lejos, pero es fácil llegar, sólo hay que seguir las vías del tren. Parece un trabajo sencillo, pero hay que tener en cuenta dos aspectos muy importantes, vitales diría yo, apartarse de las vías si viene el tren y seguir el sentido adecuado. Un error en cualquiera de las dos, y puedes acabar espachurrado o en el puerto de Valencia, justo al otro lado de donde queremos ir.

En marcha pues. Cuando viene el tren nos apartamos, menos mal que a Luís no le ha dado por jugar a los valientes, el último que se aparta gana y le puede dar un puñetazo en el brazo al resto, por gallinas. La última vez casi le pilla el tren. Capullo. Además también acertamos con la dirección adecuada, porque después de una eternidad vemos nuestro destino, aparcado en una curva, en una vía muerta, allí está, un vagón mastodóntico. En su día debió de ser marrón, con la madera embadurnada de líquido antialgas, pero ya es tan viejo que es casi negro. Parece una bestia mitológica dormida, y creo que nuestra misión es despertarla. ¡Bien!.

Vale, ya estamos a su lado, le damos la vuelta para inspeccionar y descubrir por dónde narices se entra. Nos miramos desconcertados. Parece herméticamente cerrado. Otra prueba que habrá que superar…al final me doy cuenta que hay como una especie de portones en su lado de estribor, se parecen a los de la casa de al lado de la mía, la que tiene caballos. Ahora que nos fijamos ya podemos ver una especie de tirador, enorme y que está conectado a dos barras verticales de hierro. Se sube Quique que es el más grande de todos nosotros, bueno es un eufemismo, realmente es el más gordo y alto, pero sí, también es el más grande. Se apoya con todo su peso en el tirador y el pobre tirador no tiene más remedio que ceder. Cede. A su vez se liberan las barras de hierro y…no pasa nada. La puerta ni se ha movido. Otra prueba a superar. Veo que hay como unos carriles debajo y arriba de la puerta y se me enciende la bombilla, las puertas no tienen bisagras, ¡son correderas!. Informo a mi tropa. Nos subimos como podemos y empezamos a tirar hacia un lado y poco a poco, la bestia empieza a descubrirnos su interior.

Ahí está. El tesoro. Con la suave luz de una mañana valenciana de diciembre, que no calienta, pero ilumina y nos permite ver el “tesoro”. Al principio, no sabemos qué es. Son como cajas, bueno un estudio más detallado nos confirma que son cajas, aplanadas, con dibujos de hojas, campanas, renos y bastones de caramelo. Ni idea. Luís “el valiente”, estira de una y cae al suelo, con un ruido de vidrio roto. Hay que joerse, ya la ha roto. Será valiente, pero desde luego no es ninguna lumbrera. Lo bueno es que ha dejado un hueco, para poder coger el resto de cajas y bajarlas con cuidado. Lo hacemos, es más, cada uno coge la suya y la baja al suelo del vagón.

Nos sentamos en plan indio, por una vez no habrá discusión y todos seremos indios en vez de vaqueros, delante de “nuestra” caja, abrimos la tapa…y aparece el tesoro. ¡Madre mía!, la caja está llena de caramelos, turrón del duro, del blando y de ese que no le gusta a nadie, el de yema ¿por qué lo fabricarán?, en fin, y el mejor de todos: el de chocolate, hay ¡dos tabletas!…latas de espárragos (puaj), latas de melocotón en almíbar, piña en almíbar, peras en almíbar, ¡caramba con el almíbar! parece que les sobraba este año…latas de sardinas, dátiles, peladillas, polvorones…creo que en mi vida había visto tanta comida junta…miro a mis compis y estamos todos igual con la tableta de turrón de chocolate en una mano, dando mordiscos y con la otra revisando la mercancía.

Después de ir sacándolo todo, ahí aparecen, el motivo del ruido a vidrio roto “descubierto” por Luís “el torpe”: las botellas; hay de champán, de brandy, de anís, de whisky, y una que no había visto nunca y después de otra mirada en abanico, ninguno del grupo, porque todos tenemos chocolate en una mano y la botella verde con una etiqueta blanca y roja en la otra, nos miramos y sonreímos, sin decir nada, tiramos el chocolate al unísono, y empleamos las dos manos para abrir el tapón. Esto ya son palabras mayores. Esto es cosa de adultos. Va a ser nuestra entrada en la adultez. ¡Menuda aventura!.

Miro la etiqueta, para ver la marca, parece italiano: “Martini” ¿a qué sabrá?, lo descubrimos pronto, es como vino pero más dulce…entra bien…por eso no nos dan los mayores, porque está muy bueno y se lo guardan para ellos, como todas las cosas divertidas…estamos sentados en círculo y todos llevamos más de media botella cuando oigo, como entre algodones, ¿un silbato? y ¿voces? parecen gritos y carreras…cuando entra el guarda al vagón casi nos hemos acabado la botella y tampoco le vemos muy bien, no sé si entró uno o fueron dos o más, pero la cuestión es que los señores de los trenes se enfadaron mucho. No sé porqué. Al final, como premio, nos pasamos las vacaciones de Navidad en una especie de campamento, aunque no podíamos salir y había barrotes en las ventanas. Serían para que no entrara nadie a molestarnos.

Desde entonces, soporto el vodka como cualquier cosaco, pero un chupito de Martini y me mareo.

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