El perro y el gato.

Érase una vez que se era, un perro y un gato que se habían hecho amigos al tiempo de conocerse.
Confiaban mucho el uno en el otro, y de algún modo, podían entenderse sin palabras.
Un día, el perro llegó a casa con un hueso nuevo. Al gato, ni si quiera le gustaba, y cuando el perro se lo enseñó, el otro animal le miró y con una sonrisa le dijo:
– No me gustan los huesos, amigo, pero soporto que los tomes porque eres tú.

Llegó la noche, y el perro dejó el hueso en una habitación antes de dirigirse a la que compartía con el gato. Hablaron un poco, y se elogiaron mutuamente todo el cariño que se tenían.
Sin embargo, pasado un rato, el gato, que es un animal poco fiable por naturaleza, no pudo evitar preguntarse que es lo que se sentía al tener un hueso entre los dientes.
El perro se había quedado dormido sin sospechar nada, y aprovechó el felino para dirigirse a la otra habitación.
Puede decirse que fue el instinto canino, pero por algún motivo, el perro despertó y descubrió que el gato ya no estaba a su lado.

Sorprendido, se levantó a investigar, y cuando llegó al pasillo, no pudo evitar escuchar los lametones del gato mientras chupaba el hueso del perro, incluso dejó escapar algún maullido de placer debido al sabroso gusto del trozo óseo.

El perro, enfadado por la mentira del felino, empezó a dar vueltas por ese ala de la casa.
Pasó el tiempo, pero el gato, disfrutando del momento, no dejaba el hueso en paz.

¡Ay! ¡Cual fue la sorpresa del gato cuando al volver a la habitación el canino no estaba en la cama!
Nervioso, el gato maulló llamando al perro, y este volvió con semblante serio.

– Sé lo que has hecho.- Los ojos del animal expresaban decepción- Pero no sé por qué.
El gato, muy nervioso y triste, pues su amigo le había descubierto, tartamudeaba sus respuestas.

– No sé que me ha pasado… De verdad. Sólo le he dado dos lametones. Nada más, de verdad, lo juro.

El perro, que sabía que era mentira, pues lo había escuchado todo, trató de darle más oportunidades para que confesara la verdad, pero el gato, que no quería perder a su amigo, seguía en sus trece.

Finalmente, el felino se dio cuenta de su error, al poner en peligro su amistad con el perro por un simple hueso, el problema era que no sabía por qué, a pesar de sus disculpas y sus mentiras, las cosas no volvían a ser como antes.

No se daba cuenta de que el canino no le guardaba rencor, le había perdonado. Pero sabía que día tras día le seguía mintiendo.
Y como todo en esta vida, aunque fuese una mentira piadosa, una mentira para no perder la amistad, el can lo guardaba dentro de su corazón y cada vez que el gato le decía lo que le importaba, el perro no sabía si tenía que creerle o no.

Su confianza estaba rota.

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3 Comentarios

  1. Ladydaiquiriblues dice:

    ¡Qué difícil es mantener la confianza! ¡Es tan frágil!

    1. carretero18 dice:

      Buenísimo! xDDD

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