La última vida

Arrodillado, suplicando clemencia, levantó la cabeza en busca de una mirada compasiva, pero las armas tapaban el rostro de sus enemigos. La furia de sus ojos se desvanecía ahora en lágrimas. Los dardos de mugre infectaban su carne y agujereaban sus alas, pero no era ese su padecimiento. Agonizaba al pensar que la única sangre de su especie que aún latía era la suya, y estaba a punto de ser derramada junto a su orgullo. No fue su vida la que pasó ante sus ojos antes de morir. Fue la de toda su gente. Su pueblo, que ya no existía.

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