Madrid 1906

 

Sentado en mi banquillo y apoyando mi brazo en el sillón de las confesiones, espero a que llegue alguien para ofrecerle lustre a sus zapatos, y una buena conversación. El cuello de la chaqueta me aprieta y los pantalones me quedan pequeños, así, el color de mis calcetines, como el de mi piel,  se adivinan en la distancia. De todas formas no puedo quejarme, es el mejor uniforme que he tenido.

Sería típico si dijera, que se puede conocer a una persona por el estado de su calzado, pero yo no lo creo cierto. He dejado los botines de algún caballero, más limpio y reluciente que su mismísimo estómago, solo por aparentar. Sus tripas rugían, haciendo tanto eco, que pensaba que me encontraba en una mañana de Domingo en el parque de las fieras, mientras paseaba con mis amigos comiendo pipas de calabaza extraídas de un cucurucho de periódico, alrededor de las jaulas. Yo diría que las personas también mienten sin tener que pronunciar palabra alguna.

He sacado brillo a los botines de gente de negocios importantes, señores de la alta sociedad, incluso a algún conde o marqués, no sabría distinguirlo. Pero nunca olvidaré aquella tarde casi al final de la primavera, apenas tenía 12 años. Llegué algo temprano a mi calle, la calle Mayor. Era de los mejores lugares, la heredé de mi padre y lo suyo le costó mantenerla, aquella parcela de 20 números me pertenecía por antigüedad. La obsesión por ver infinidad de zapatos no me obligaron a olvidar aquel par. Un hombre de mediana edad, forastero y con apariencia de nerviosismo, se acercó a mi sin saludar, y me dijo:

-Chico, no dispongo de  mucho tiempo, haz tu trabajo lo más rápido posible y te recompensaré como nunca antes lo han hecho.

Creo que todo fue tan rápido, como cuando me acerco a la plaza y devoro un bocadillo de calamares después de una jornada de sol a sol. Se los enceré a tanta velocidad, en menos de lo que canta un gallo, que  prácticamente no lo recuerdo. Y se los dejé tan relucientes que casi podía ver mi cara reflejada en ellos.

Todo fue cierto, al término de mi trabajo me entregó un billete grande. Y le estuve tan agradecido que al olvidarse un ramo de flores al lado del sillón, recorrí al menos 25 metros a toda velocidad  con mis viejos y vetustos zapatitos, a pesar del riego de perder mis aperos en beneficio de cualquiera que circulara por allí, pero no me importó.

-¿Señor se deja las flores!

Al instante se dio la vuelta y gritó:

-¡Chico no corras que te puedes caer, y estropearme el ramo!

Le di alcance-Tenga señor. Por dios como pesan.

Sin más palabras, acercó su mano al interior de la chaqueta y me entregó otro billete igual que el anterior. No daba crédito, me quedé paralizado.

Aquel día debería haber sido uno de los mejores, porque la comitiva de la boda del Rey pasaba por mi calle y todo el mundo quería abrillantárselos para que se les viera bien elegante. Pero minutos después de todo aquello, una vez regresado a mi puesto, un estruendo sin igual se oyó en toda la calle, y una nube de polvo gris inundó mi espacio sin poder de reacción, los gritos y el desconcierto se adueñaron del momento, y yo, lo único que pude pensar, es que habría cantidad de zapatos por limpiar.

Jose de Vega
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1 Comentario

  1. Adela dice:

    Mi comentario quizá llega algo tarde pero acabo de incorporarme al grupo.
    Quiero decirte que a través de tu relato he ido viendo al maestro racionalista Mateo Morral dejando pasar el tiempo hasta la hora de su destino fatal: lanzar su orsini contra los reyes. La anécdota del ramo de flores olvidado podría haber dado mucho suspense a una película.
    Me sorprende que no hayas recibido ningún comentario.
    Enhorabuena, y trataré de leer otras cosas tuyas.
    Adela

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