Otra vez Borges

OTRA VEZ BORGES

Salió al jardín. Anochecía. La luna con su espléndida blancura resbalaba desde los árboles hasta la fuente. ¿Dónde se escondieron los pájaros?
Sólo los grillos con sus inacabables letanías.
Caminó por un sendero bordeado de pinos.
Un gato atigrado se desprendió de las sombras y atravesó la noche. Sigilosamente.
Intentó recordar, pero no pudo. Y sintió miedo y se sintió solo.
Se detuvo. Allí, en ese instante, advirtió con asombro que el sendero se bifurcaba. Sabía que no había retorno. Sabía que no acabaría nunca de llegar. Siempre estaba partiendo. Nadie le daría la respuesta. Allí, parado como un reloj sin tiempo, vislumbró el abismo.
Otra vez la duda. La duda como un rayo que no cesa. Recordó los versos del poeta.
No era ilusión. No. Con desesperación creciente comprobó que en ese punto los senderos comenzaban a bifurcarse.
No escuchó su nombre que el eco repetía multiplicando las sombras. No había retorno.
El jardín, un laberinto.

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