Tan sólo una mentira

Aquel espejo pasó la noche reflejando dos cuerpos desnudos, dos almas deformadas por la locura, completamente diferentes y únicas, que durante horas lucharían por el dominio de un espacio limitado por un cabecero y un pie de hierro forjado.

El frío y plateado cristal revelaba cada caricia, cada beso que aquellos dos amantes se obsequiaban. Los alientos acelerados escapaban de cada una de sus bocas marcando un compás exacto, un ritmo frenético que hacía estremecer y crujir incluso, el suelo de madera bajo el lecho.

Ella, inmóvil de pies y manos, con un pañuelo rojo vendando sus ojos, completamente entregada a los deseos de aquel hombre que parecía tener medida cada caricia. Sonreía entre jadeos sin apenas oponer resistencia, dejándose transportar a ese mundo de lujuria y perversión con el que tantas veces había fantaseado.

Él, poseído por un ardiente deseo que endurecía su rostro, hacía suyo aquel hermoso y pálido cuerpo haciéndolo enrojecer con la presión de sus manos y dientes.

La escena era perfecta, pero en el, para entonces, empañado y borroso espejo, algo diferente comenzó a reflejarse. La noche no estaba transcurriendo como la mente de aquel enloquecido hombre había premeditado, algo extraño le inmovilizaba. Su rostro dejó de mostrar la fiereza de costumbre y comenzó a reflejar preocupación.

Ella era suya, cada centímetro de su encendida piel lo constataba, pero su boca… ¿por qué sonreía? ¿por qué esa sonrisa parecía hacer mella en su congelado interior? ¿?

El exaltado compás con el que se movía su cuerpo comenzó a decaer, hasta que no pudo más y se detuvo. En medio de una incontenible mezcla de curiosidad y pavor, la destapó los ojos.

La mirada de ella brillaba como nunca antes, y una sonrisa maravillosa colmaba de picardía y felicidad su rostro. Sus labios se abrieron tímidamente y le susurró:

– No quiero que pares, soy tuya y no quiero dejar de sentirme así nunca.

Él, paralizado, asustado, tan solo alcanzó a responder:

– Jamás podría mentirte, pero lo haré, tan solo una vez, diciéndote que me conformo con una sola noche a tu lado. Y será la mayor mentira que he dicho y diré, a lo largo de la vida que me muero por disfrutar a tu lado.

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