Lo siento

Son las diez de la mañana. Como todos los días, acabas de recoger tu correo. Hoy sólo estaba esta carta. Sin remitente, sin membrete. Tu curiosidad puede más que tu paciencia, la has abierto y ahora la estás leyendo, ¿no?

Te preguntas quien soy y por qué te escribo. Sigue leyendo, satisface tu curiosidad y lo averiguarás. Supongo que, como siempre, llevarás puesta una bata ligera, sin nada debajo, porque te gusta sentirte cómoda, lejos de posibles miradas. Unas zapatillas también, claro. Eres metódica, ordenada, perseverante. Algo cabezota, sí. El pelo suelto ya que todavía no te lo has lavado y peinado. Aun así eres preciosa, la mujer más bonita que jamás haya visto. Sueño contigo todas las noches y te imagino todos los días.

También sé que nunca podré conseguirte y, si yo no puedo, nadie más podrá. Por eso, sintiéndolo mucho, muy a pesar mío, tengo que acabar con tu existencia. Lo siento mucho, la vida es así.

Ahora mismo estoy entrando por la puerta del jardín, esa que siempre dejas abierta porque piensas que nadie vendrá por ahí para robar o hacerte daño, Sí, ya lo sé, está tu perro pero ya no es un problema después de haberse comido un gran pedazo de carne envenenada. El pobrecito está agonizando en silencio.

Grita, no te servirá de nada porque nadie está lo bastante cerca como para oírte ya que te gusta vivir aislada para escribir tus libros. Por cierto, el mundo no perderá nada porque, cariño, no vale la pena leerlos, careces por completo de la necesaria imaginación y talento.

Ya estoy subiendo las escaleras. Estoy muy cerca.

Date la vuelta…

¡Ya!

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