Años caracol

Año 1940. En la plaza de la iglesia dos niños juegan a la peonza, un anciano con bastón y boina alimenta a las palomas sentado en un banco a la sombra, una mujer porta dos jarras de leche a la espalda haciendo equilibrios para no derramar ni una preciada gota. El sol luce resplandeciente, los pájaros pían cantarines, la vida es placentera para sus habitantes. Si queremos entrar al manso pueblo debemos penetrar por el Viejo Puente, habremos de subir por una espinada cuesta y bajar por el camino del colmenar.

 

Desde lo lejos divisaremos la campana de la iglesia, zumbante cada domingo al alba. Escucharemos el sonido madrugador de una flauta larga, chispeante y alegre, en boca de un chiquillo travieso camino a la escuela. Allá arriba, desde lo alto, se estrujan dos caseríos de impolutas paredes blancas; dos pozos dejan asomar cubos llenos de agua cristalina y pura. Hasta el lugar llegan viajeros y peregrinos, se hospedan en la posada y cada noche duermen bajo un manto de estrellas enanas. Todas las mañanas a las siete se despiertan por el sonido alagador de la flauta del jovial chiquillo. El sonido llega distante, pero sereno y triunfante, rítmico y pausado.

 

Año 1990. Cincuenta años han pasado. Ahora si queremos penetrar al pueblo debemos rodear el sendero donde antaño quedaba el Viejo Puente. Catedrales inundan el otrora pueblo. Modernos edificios y suculentas urbanizaciones bañan el paisaje. Sus habitantes caminan deprisa, ni siquiera saben qué les deparará la travesía. Allá arriba, permanece en pie un solo caserío; no se divisan luces desde su interior, las paredes resultan mates y opacas, los pozos quedan vacíos y secos. Se abre la puerta y sale un viejo y un niño, remansos del pueblo perdido. El anciano anima al muchacho que, dicharachero y satisfecho, saca de su bolsillo una flauta larga. Comienza a sonar una suave, dócil y lejana melodía. Hace mucho, mucho tiempo este viejo era niño y tocaba cada mañana la misma melodía que ahora toca otro niño.

 

¿Cuántos años han transcurrido? Los que les plazcan al lector, pues el tiempo discurre muy despacio, paulatina y tranquilamente en nuestro interior, sin preocupaciones, divagaciones o impedimentos varios. El tiempo es el peor de los enemigos, el más temible; puedes derrotarle en mil batallas, pero serle implacable tan solo en la última. Muchos años vividos, experiencias ganadas, paisajes cambiantes pero, ¿cambia todo y todo nos cambia? ¿No sentimos estar viviendo años caracol? Ha pasado mucho tiempo desde aquella melodía mañanera jovial e infantil de un niño y su flauta larga, chispeante y alegre, camino de la escuela. Pero siempre se tiene la impresión de que todo terminó en aquel instante en que el niño creció y comprendió que había envejecido.

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1 Comentario

  1. Txus Iglesias dice:

    Interesantes tus relatos «temporales» aunque este de «Años caracol» opino que tiene mayor alcance y fuerza. Muy bien escrito y descrito, sin duda. Las imagénes que escogiste para los dos «relatos-cronos» también me gustaron mucho, un saludo, Silvia-filóloga. 😉

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