LAS CONTRAVENTANAS

CONTRAVENTANAS

Un nuevo desafío, la enésima mudanza. Un piso de alquiler situado en una oscura calle céntrica.

Tenía la vaga intuición de haber ido a parar a un  reducto dentro del laxo concepto que la gente manejaba para referirse al centro de aquella ciudad que, en el fondo, tenía  esencia de suburbio desubicado.

Lo que realmente le sedujo de aquella casa fueron las contraventanas blancas y los balcones forjados en negro que, en cierto modo, le recordaban vagamente a aquellas casas holandesas que veía durante sus paseos por el canal Prinsengracht de Amsterdam en sus años de estudiante, o a las de la calle de la residencia universitaria internacional en el canal Rapenburg de Leiden.

Baldío su intento de recuperar un pequeño retal de un tiempo que ya se había escapado, de momentos que ya no volverían.

Al abrir aquellas contraventanas entraba polución urbana y apenas nadie iba en bicicleta.

La calle sombría no olía a canela, ni a shoarma, ni a marihuana mezclada con chispas del tranvía, ni los cafés de la calle eran marrones ni iluminados con velas.

Tampoco se respiraba el aire de sosiego de las mañanas de primavera en Leiden, ni soplaba el viento  antagónico a la extrema quietud de Aalsmeer, que arreciaba durante el trayecto que separaba Oosteinderweg de la parada del autobús frente a los estudios de televisión De Mol.

La sensación de ahogo aquí, crecía día a día.

Aquella experiencia de Bronx no era como vivir en  Amsterdam Oost, porque no se medía en términos de marginalidad, sino de alienación.

Sentía poco a poco como su identidad se diluía a cuenta gotas, mientras reinventaba quehaceres, trabajo y  divertimentos varios. Recuperaba viejos vínculos y establecía nuevos, pero todo caía en la infructífera red del desasosiego.

La ciudad le ahogaba.

Se sentía en tierra hostil y presa de la nostalgia, de la sensación resultante de un ejercicio de filtrado selectivo de recuerdos cuya esencia no fue suficientemente saboreada en el momento en que tuvieron lugar.

Lugares y personas que formaron parte de ellos y a los que nunca se regresará, y, mucho menos, aferrándose a sucedáneos.

Cerró las contraventanas y se fue de aquella casa con una sensación ambivalente, con el vértigo de la regresión estudiantil a cuestas y la certeza de que no pertenecía a ese lugar ni a ningún otro, pero también con el peso de envejecer de golpe, como les sucede a quienes aceptan con  resignación que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Victoria Permuy Maceiras
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