«Morir ha sido una gran aventura»

No le quedaba nadie en este mundo. Su marido falleció en un accidente de tráfico, su hija por una larga y agonizante enfermedad y su hijo trabajando en la construcción. Su vida, dentro de una residencia, era monótona. La levantaban entre gritos y prisas como resultado de poco personal. Giro a la derecha para asear el trasero, giro a la izquierda para limpiar el otro lado. Un barreño con agua fría, esponja por aquí, restregón de colonia sobre la ropa. Después de la cama a la silla de ruedas. ¡Cuánto pesa usted, a ver si comemos menos! La ponían en el comedor y allí pasaba horas en un rincón viendo la televisión hasta que volvía a ser la hora de ir a la cama.
Wendy no podía caminar. La movían por la residencia en una silla de ruedas desde hacía varios años. La calificaban como gruñona y desagradecida. Esos jóvenes no entendían lo que era hacerse mayor, ir perdiendo poco a poco las facultades que te hacían sentirte vivo. Ni siquiera podía ir bien al baño sino le daban antes un laxante, no podía comer sino era comida pasada por la trituradora. Todos los allí presenten tenían el mismo fin, esperaban la muerte.
No sabía la razón, pero aquel día no la levantaron, sintió que alguien le pinchaba algo en su brazo. Aquello provocó que abriera los ojos.
-Dentro de un rato te sentirás mejor –dijo una voz dulce.
Un suero colgaba en la pared. La enfermera con la doctora abandonaron su habitación. Podía hablar, pero no quería hacerlo. El resto de residentes estaban demasiado demenciados y los profesionales no les dedicaban mucho tiempo, debían cambiar los pañales y darles de comer a todos, mucho trabajo y poco tiempo para dedicarles unas palabras cariñosas.
Abrió los ojos al escuchar que alguien se tropezaba y rodaba por el suelo. No podía creerse lo que veía. Se apoyó contra el cabecero de la cama. Alargó su mano arrugada para coger, del primer cajón de su mesita, las gafas para ver de lejos.
-Peter.
-¡Wendy!
Seguía siendo aquel niño de mirada vivaracha, ojos marrones y cabello cobrizo. Su gorro rodó por el suelo, perdiendo la pluma roja por el camino. Su vestimenta verde apenas había cambiado desde hacía ya tantos años. Él, por el contrario, se quedó paralizado viéndola desde la distancia. Lo único que pudo reconocer eran sus ojos azules como el mar, afectados por cataratas. El cabello rubio fue sustituido por unos mechones blancos como el marfil y una piel arrugada tanto en su cara como en sus manos.
-Te dije que no debías crecer –dijo Peter apenado.
-¡Vamos Peter, tienes que sacarme de aquí! –Wendy señaló la silla de ruedas plegada al lado del armario- ¡Quieren acabar conmigo!
Peter miró por la ventana por donde entró. Tenía barrotes. Él podría volver a salir pero ella no podría hacerlo, ya no era esa niña ágil y delgada a la que conoció. Se quedó paralizado de nuevo, aún sorprendido por el cambio. Wendy le lanzó una botella de agua que había en su mesita para hacerle volver a la realidad.
-¡No te quedes parado, vendrán pronto!
Peter corrió hacia la silla de ruedas y la acercó a la cama de Wendy. Ella miró los tubos que la amarraban al suero. Con desprecio se los arrancó. Abrió la silla de ruedas, se acercó al borde de la cama y como pudo, se sentó.
Ambos se miraron durante unos segundos que parecieron eternos.
-¿Por qué has tardado tanto en volver?
-¿Por qué has crecido?
Escucharon murmullos por los pasillos. Wendy puso las manos en las ruedas y la empujó para moverse.
-¡Vamos, empújame!
Un torpe Peter, abrumado por no saber cómo se manejaba eso, obedeció de inmediato. Salieron de la habitación. Wendy rio a carcajadas como hacía años que no lo hacía.
-¡Por allí Peter!
Giraron para dejar atrás el pasillo de las habitaciones. El control de enfermería se encontraba a escasos metros.
-¡Corre, corre!
Peter obedeció. La enfermera se quedó boquiabierta mientras dejaba su móvil en la mesa.
-¡No puede llevársela!
Wendy, que veía acercarse el carro de las pastillas, lo empujó hacia atrás para bloquear el paso de la enfermera que había comenzado a seguirlos. Peter volteó la mirada, también contento y feliz.
-¡Vamos Wendy, que lo podemos conseguir!
Ella, vestida aún con una bata rosa, continuaba haciendo girar las ruedas de su silla con rapidez. Acababan de llegar al salón, donde se servía el desayuno. Peter frenó de golpe. Varios ancianos giraron la cabeza hacia lo alto de la rampa, donde se encontraban ellos. Algunos auxiliares de enfermería, con las tazas de café en sus manos para servir, también los observaron sin comprender lo que estaba pasado.
-¡Tengo un nieto, sí, dejadme de mirar así!
-¡No puede sacarla sin una autorización…!
-¡Vamos, vamos Peter!
Peter Pan sobrevoló el comedor ante los aplausos de varias abuelas y el asombro de sus profesionales cuyas tazas temblaron en sus manos. Con gran agilidad Peter quitó los manteles para despistar mientras Wendy cruzaba el comedor empujando su silla. Escuchó cómo una de ellas gritaba que la llevaran también en su viaje. Peter se situó detrás de las dos auxiliares con los brazos cruzados y una sonrisa en los labios. Ellas se giraron, temblando.
-¡Un placer, señoras!
Sopló y ambas cayeron dormidas al suelo. Con sonrisa pícara alcanzó a Wendy que se dirigía hacia el jardín. Aún no había nadie ahí fuera. Escucharon gritos para que se detuvieran, seguramente alguna de las enfermeras dio la voz de alarma. La puerta estaba muy cerca, pero no había tiempo.
-¡Vamos Campanilla, no te escondas ahora, sal!
Una luz dorada salió de detrás de la fuente para acercarse a ellos sobrevolando. Wendy sonrió. La pequeña hada dejó caer sus polvos mágicos encima de ella. Peter le extendió su mano.
-¡Deténganse! ¡Ahora!
La doctora les increpó desde la puerta, dirigiéndose hacia ellos.
-Sácame de aquí.
-Cumpliré mi promesa, Wendy.
Ella, con la silla de ruedas, comenzó a elevarse lentamente. Poco a poco el suelo quedó lejos. La doctora y varios enfermeros intentaron saltar para tirar de la rueda pero les fue imposible, quedaban lejos de su alcance. Wendy gritó de alegría. La residencia de paredes blancas se hizo diminuta desde el cielo. Campanilla revoloteó alrededor de ambos.
-¡Peter, estamos volando!
Una de sus manos se agarraba a la silla de ruedas, la otra, cuyos dedos largos y huesudos no habían soltado a Peter, lo apretaban con fuerza. Entre risas él la soltó. Wendy condujo su silla a través de las nubes. Así pasaron el día y la tarde. Las estrellas se dibujaron sobre el cielo de Londres. Levantó sus dos manos y la silla de ruedas se separó de ella. Movió sus piernas como si pudieran obedecerla.
-Segunda estrella a la derecha y rectos hasta el amanecer.
Peter volvió a tomar su mano. Jugando entre ellos atravesaron nubes, aviones y dejaron atrás aquel mundo donde nunca debió regresar.

El volcán apareció delante de ella, la isla de las sirenas, la isla calavera y aquel lugar grabado a fuego en su memoria. Giraron cogidos de las dos manos. El barco del Capitán Garfio seguía anclado en la costa cubierto de musgo.
Descendieron hacia una de las playas. El agua cristalina lamía una orilla tranquila. Los pies de Wendy tocaron la arena. Parecía perder el equilibrio. Campanilla espolvoreó más polvo mágico y luego se situó en su hombro. Mantuvo el equilibrio sobre aquellos pies que hacía años que no tocaban el suelo para mantener su peso.
Él aún la miraba distante, no podía creer que se tratara de ella. Volvió a tenderle la mano. Aquel contacto provocó que su piel se tersara, que aumentara de tamaño, que su pelo se tiñera de rubio de nuevo. Peter parpadeó sin creérselo.
-¡Mírate Wendy!
Era la niña que él conoció, la joven que le ayudó a vencer al Capitán Garfio. Ella se miró las manos y corrió al agua para ver su reflejo. Volvió a ser una niña, la que nunca le abandonó del todo, la que le acompañó durante su adolescencia y madurez. Era ella, y había vuelto a Nunca Jamás.
Sus piernas le obedecieron. No sabía cuándo su bata rosa se ciñó a su cuerpo para convertirse en un vestido azul ajustado. Corrió para abrazar a Peter.
-Has cumplido con tu promesa de volver.
-Siempre lo he hecho.
-¿Por qué no has vuelto antes?
-Porque no querías que lo hiciera. Te has casado, tuviste hijos y te resignaste a esa vida que escogiste. Yo aquí estoy solo. Los niños perdidos siempre escogen crecer, todos lo escogen, y no sé la razón.
-Es un error del que aprendemos demasiado tarde, Peter. Toda la vida deseando crecer y cuando vemos que nuestro reloj comienza a pararse, ansiamos volver a esa etapa de juventud.
-¿Por eso me has llamado en tu interior?
Wendy sonrió.
-He venido para quedarme.
Ella se levantó a orillas de la playa de Nunca Jamás y extendió los brazos. Respiró profundamente separando sus piernas. No tenía intención de volver, no querría hacerlo nunca.
-Tengo sueño.
-Es normal, ha sido un viaje muy largo, ven aquí.
Volvió para tumbarse a su lado y abrazarle. Wendy cerró los ojos, de repente las fuerzas desaparecieron de su cuerpo.
-¿Quieres que te cuente una de mis historias? –Preguntó Peter-. ¿Quieres saber cómo luché contra la muerte?
-Me encantará oírte antes de dormirme.

La doctora negó tras separar el fonendo del pecho de Wendy. La enfermera se acercó hacia el suero para cerrar el sistema y retirar la morfina que ya no le haría efecto. En silencio se alejaron las dos con mirada sombría.
-Al fin terminó su agonía después de varios días.
-Es triste morir solo –reconoció la enfermera desde la puerta-, hace unos días dejó de gruñir y al día siguiente ya no nos respondía. Desde entonces ha estado así.
-¿Dijo algo antes de fallecer? Eso dicen por los pasillos.
-Sí, que morir había sido una gran aventura.
La doctora se marchó y la enfermera, al cerrar la puerta, distinguió en el suelo, entre la ropa sucia, una pluma roja. La miró desde la distancia sin darle importancia y después se marchó para llamar al tanatorio.

Orion

Mis poemas son el diario de la vida que podríamos haber tenido juntos.
27 primaveras viviendo entre las nubes y la exosfera.
Amante de la leyenda de Escorpio y Orión


@chicharritis

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