GUSAN0 ENTRE FRESAS

 

Rabat, una tarde de verano, en la famosa y concurrida terraza del café Balema. Dos bellísimas mellizas rubias discuten, en compañía de su madre, saboreando unos abultados helados, sin prestar atención a la corrosiva curiosidad con que las obsequiaban los comensales. Vestían unas camisas sin cuello y pantalones blancos estrechos y sus cabellos iban recogidos en la nuca en un pulcro moño. Desprendían gracia y suavidad por sus ademanes y la muchedumbre devoraba con la mirada  sus cuerpos voluptuosos.

—¡Qué listo fue papá, que en paz descanse, al convertir toda su fortuna en joyas y divisas y dejárnoslo todo guardadito en la caja fuerte!

—Sobre todo justo, porque como sabes, en islam, la herencia del difunto se reparte entre sus hermanos y sus hijas, al no tener hijos.

—Bueno, niñas. Es más complicado que eso  —aclaró la madre—.  Nuestra religión estipula que a la hija le corresponde la mitad de lo que le corresponde a su hermano. Si no tiene hermanos varones y es hija única, recibe la mitad y la otra mitad va a sus tíos. Y si son dos hijas o más, como en vuestro caso, solo les corresponderán dos tercios de la herencia.

—Ah, vale. Y tú, mamá ¿cuánto te corresponde?

—En mi caso, la sexta parte.

—O sea, nada.

—Hija, esto es la voluntad de Dios y hay que aceptarla. Como creyente no veo de buen ojo lo que ha hecho papá. Rezaré mucho por su alma implorando a Dios su perdón.

—¡No me digas que no les deja nada a sus hermanos! ¡Eso tampoco es justo!

—Dejó una finca que nos repartiremos entre nosotros todos, vuestros tíos, vosotras y yo, en la forma en que os acabo de explicar.

—Entonces papá no ha sido tan malo y seguro que Dios le perdonará.

—¡Ojalá! —suspiró, luego cambió de tema—: Mamá, los cuarenta días de luto han pasado: Brindemos por nuestra felicidad.

—¡Por nuestra felicidad! Y a ver si Dios os manda a dos gemelos y os casáis según la voluntad de papá.

Callaron un momento para saborear  una dulce música andalusí que se desprendía de la cafetería. Era el Malhún o Gharnati, cantado por unas dulces voces femeninas en marroquí dialectal y  en español.

—¡Es la música de las bodas! Nos la tocarán en las nuestras. ¡Qué bonito! Oye, mamá, antes de que se me olvide: tenemos que sacar copias de la clave de la combinación de la caja fuerte.

—Sí. Mejor. Por si la pierdo yo. Las haremos al irnos.

—He visto el dibujo que la reproduce. Complicadísimo.

—Normal. Escuchadme bien, que no os ocurra hablarles de la caja a vuestros futuros pretendientes, por razones obvias.

—¡Por Dios, mamá! ¿Crees que somos idiotas?

—Me alegra saber que no. Respecto a ese anuncio matrimonial vuestro: ¿nadie os ha contestado?

—Ten paciencia, mamá, cualquier día de estos…

—Como no aparezca nadie os presento a vuestros primos.

 

Seguían hablando, muy enfrascadas en la fortuna que les tocó y en sus proyectos matrimoniales, sin darse cuenta de que alguien había seguido y memorizado su conversación. El hombre estaba sentado de espaldas a ellas y fingía leer un periódico. Luego, cuando se marcharon, las siguió discretamente para averiguar donde vivían.

Contornaron la Catedral de San Pedro, a pocos metros  de la Wilaya y se pararon junto a un lujoso coche. El hombre tenía el suyo demasiado lejos, por lo que tuvo el reflejo de parar un taxi e indicarle rastrear al vehículo.

 

Algunos días más tarde, en la misma terraza del café Balema:

—No tengo ni la menor idea de lo que les voy a decir  —carraspeó una de las gemelas, en tono dubitativo.

—Cálmate, mujer —observó la otra con acaloramiento—,  todo saldrá como anillo al dedo, si Dios quiere.

—Seguro que ellos también se parecen como dos gotas de agua.

—Elías me dijo que su hermano Selam lleva gafas y bigote para que la gente  no los confunda.

—¿Cómo lo enganchaste?

—Nos conocimos en el mercado Maryán, donde yo estaba de compras. Imagínate, hermanita, la gran sorpresa que se apoderó de mí cuando me dijo que estaba allí esperando a su hermano gemelo. Él se quedó también atolondrado cuando le hablé de nosotras. ¡Ni él ni yo sabíamos esto!

 

No acabó la frase. Un hombre alto y atractivo se acercó a ellas y dijo con voz suave y rematada por un deje de acento norteño que las dejó atónitas:

—Soy Selam, el hermano de Elías —dijo triunfante.

—Encantadas. Yo soy Yamila, la que conoció a tu hermano y esta es mi hermana Firdaus.

—Mucho gusto  —declaró él con entusiasmo, luego añadió clavando su mirada en Firdaus—.  El problema es: ¿cómo identificaros?

—Muy simple  —explicó Yamila—.  Fíjate en mis finos dedos: yo nunca dejo crecer las uñas. Tenemos otras diferencias, claro, pero son más íntimas.

—Por Dios, mujer, ¡qué vergüenza! no saques detalles…

—¡Ah! Perdonen. Casi lo olvido: Elías os pide disculpas por no poder acudir. Tiene que realizar algunas diligencias impostergables.

Mientras seguían hablando se les acercó un camarero en zaragüelles amarillos, chaleco rojo y babuchas blancas. Muy típico del café. Les atendió notando el pedido sin dejar de devorar con sus ojos a las mellizas, cuya deslumbrante belleza seguía suscitando rumores entre los comensales.

—Bien —apuntó Yamila en dirección de Selam, visiblemente interesado por Firdaus—, así que te gusta mi hermana…

—Muchísimo. Lo que me dijo mi hermano coincide en todo. Sois dos gotitas de agua idénticas. Como nosotros.

—Gracias a Dios. Como ya le expliqué a Elías, nuestro difunto padre nos puso una sola condición para disfrutar de nuestra parte de la herencia al sentar cabeza: casándonos inevitablemente con gemelos.

—¿Y hasta ahora esta voluntad no ha podido cumplirse?

—Nuestra madre nos está  imponiendo  unos gemelos, parientes de una prima  suya. Estos nos persiguen como alimañas  —rompió a reír Firdaus de buena gana.

—No nos gustan  —irrumpió Yamila con irritabilidad quejumbrosa, luego añadió con sarcasmo—: Habrá que verlos…son horriblemente feos… Con esas manos tan rechonchas ¡Grrrr! Tengo náuseas al pensar que podrían acariciarme.

—Que se vayan a la mierda  —masculló malhumorada Firdaus, mostrando su dedo corazón enhiesto.

—Si entiendo bien  —concluyó Selam frotándose la barbilla con deleite—,  Elías y yo somos las otras dos mitades de la manzana que andáis buscando…

—¡Ojala así fuera!

Se separó más tarde de ellas, besándoles suavemente los  nudillos de los dedos.

Aquella misma noche sonó el teléfono en la espaciosa y lujosa vivienda de las mellizas.

—Soy Elías… ¿Cómo? ¡Ah! Eres Firdaus. Sí, sí… Selam está aquí conmigo. Ponme primero con tu hermana y luego te lo paso. Gracias.

—¡Hola, cariño!  —entonó Yamila con fruición, cogiendo el aparato.

—Hola, mi vida. Siento no haber podido acudir a Balema… Sí… Vale, pagaré el precio de la disculpa: te invito mañana a comer en el mismo lugar… ¿De acuerdo?  Bien. Oye, sabes que estoy loquito por ti desde que te vi… Te lo juro. Te quiero… Un momento, que Selam me arrebata el aparato… Dile a Firdaus que se ponga.

—Sí. Dime, Selam.

—Hola, princesa. Quería decirte que estoy, como se dice, derretido… ¿Cómo? pues sí. Como los helados de esta tarde. 0 peor.

—Me has caído muy simpático.

—A mí también. Oye ¿Por qué no cenamos mañana en Balema y hablamos de lo nuestro?

—Maravilloso. Vale. Hasta mañana entonces, si Dios quiere.

—Un beso muy grande.

Hubo un clic y la conferencia se cortó.

 

Medianoche, al día siguiente en el salón, mientras veían la tele:

—Venga, cuenta. Que tú empezaste primero.

—Hermanita, no te lo puedes creer. Primero me llevó a una joyería y me compró este anillo resplandeciente. Míralo.

—¡Alahu akbar! A mí también me compró Selam otro igual. Mira.

Ambas exhibieron las piedras preciosas, maravilladas.

—Parece que obran con telepatía.

—Por eso son gemelos. Programan las mismas cosas.

—Mientras almorzábamos me recitó de memoria poemas eróticos de Omar Aljayam, me habló luego de su trabajo (es intérprete de conferencias) y me prometió muchos viajes por Europa después de la boda.

—En cuanto a mí, nada de poemas. Ya sabes cómo son los ingenieros. Pero hizo lo mismo en todo lo demás. Dime: ¿qué hicisteis por la tarde?

—Estuvimos en mi habitación…Aprovechando la ausencia de mamá.

—No os he oído. Posiblemente habría ido a la peluquería.

—Sin embargo, yo os oí…

—Selam me trajo aquí después de la cena. Y…

—¿Estuvo muy cariñoso?

—Mujer, ¿qué crees que hacen dos enamorados en una cama?

—Total. Todos lo pasamos de maravilla.

—Oye, no lo olvides: cuando esté mamá, les diremos que acudan después de las dos de la madrugada. Así ella no se enterará de nada.

—Por supuesto. Ya sabes cómo son nuestras tradiciones.

—Bien, querida. Vayamos a nuestras habitaciones y durmamos con los angelitos. Que Dios haga que continúe esta maravillosa felicidad.

 

El chalet de las mellizas corría longitudinalmente de norte a sur, en un barrio residencial de ricos. Ostentaba un porche en la parte delantera, persianas blancas e hiedra encaramada. Ellas vivían en el primer piso, en apartamentos contiguos y la madre, en el segundo.

El aire era aromático debido a las frescas fragancias que exhalaba el espacioso jardín.

El sereno no estaba, por ser sábado.

Anochecía. Pero Elías aprovechó los tenues y translúcidos fulgores de la luna que iluminaban la vivienda para abrir el portal y luego la puerta con las llaves que le había dejado Yamila, para no despertar a su madre. Abrió silenciosa y minuciosamente, cerró de la misma forma y se dirigió discretamente al cuarto de su amada. Tardó unos momentos en discernir exactamente lo que estaba viendo: Yamila lucía un camisón transparente con ribetes de encaje. Por primera vez pudo ver con deleite su cintura de avispa, la exquisita perfección estructural de sus pechos enhiestos y las curvas gráciles y sensuales de sus caderas. Se acercó y la cogió por el talle, delicadamente. Ambos se besaron frenéticamente, estrujándose mutuamente el cuerpo. Pronto sintió ella un placentero cosquilleo en la ingle. Luego se abandonó a la ceremonia de la posesión amorosa.

 

Dos horas más tarde, la dejó exangüe y se dirigió al cuarto de baño, común a ambos dormitorios. Entró y cerró a cal y canto ambas puertas. Luego sacó algo del bolsillo de su chaqueta. Se acercó al espejo, se puso primero las gafas, luego se pegó un bigote postizo. Retiró el pestillo de la puerta de Yamila y se dirigió acto seguido a la puerta que comunicaba con la habitación de Firdaus. La abrió y una luz tenue le indicó donde estaba la alcoba.

—¿Eres tú, Yamila?  —preguntó Firdaus, bostezando.

— ¡Shut! Soy Selam. Échate a un lado…

—Pero si estás desnudo, ¿por dónde diablos entraste?

—Elías tiene una llave. He venido con él.

—¿Quieres decir que él y mi hermana…? A estas horas…

—Sí. Pero déjate de preguntas y caliéntame.

—Pero si estás helado. Ahora sí que te creo si me dices que estás derretido… Dios, ¡Como tienes la piel!… Y…

La interrumpió besándola. Notó ella cómo empezaba a estrujarle el pecho. Luego de nada se acordó cuando sus cuerpos se enredaron para fundirse en uno.

Mucho más tarde, tras dejarla a ella también exánime y dormida, Elías hizo el recorrido al revés: se metió en el cuarto de baño común, se desembarazó de las gafas y del bigote y penetró en la habitación de Yamila. También dormía como un lirón. Entonces se quitó su albornoz melva, se descalzó y se dirigió cautelosamente a las escaleras del segundo piso. Donde dormía la madre. Tenía que hacerlo. Disponía de quince minutos. Llegó a la puerta. Escuchó. Ronquidos. Giró el picaporte del dormitorio. Silencio. Entró. La penumbra le permitió vislumbrar la cama, donde dormía profundamente la mujer, de lado.

Vio la caja fuerte. Se acercó de puntillas. Quería saber la marca y el modelo. El tipo de diseño y las medidas. Era una cerradura de doble paleta. Combinación mecánica. Oyó que la mujer se movía. Retuvo la respiración echándose detrás de las cortinas por donde no podía ser visto.

La mujer cambiaba solo de lado. Esperó tres minutos.

Luego hizo el recorrido a la inversa. Cerró suavemente la puerta del dormitorio. Bajó las escaleras y se metió en el dormitorio de Yamila.  Miró por la ventana. Fuera en el jardín se reflejaban unas sólidas y brumosas tonalidades doradas debido al amanecer que apuntaba. Notó cómo la neblina se disipaba poco a poco en tonos grisáceos que a su vez desaparecían paulatinamente.

Aún quedaba tiempo antes de marcharse. Entonces se deslizó en la cama junto a Yamila. Esta extendió un brazo como si buscara algo.

—Estate quieta, mi vida —le susurró él al oído, mientras la abrazaba fuertemente y le mordía el lóbulo de la oreja izquierda—,  te he retenido en mis brazos toda la noche y no pienso liberarte nunca más…

 

Al día siguiente, en el comedor, mientras desayunaban.

—¿Qué tal anoche, hermanita? Para mí fue arrebatador e inconmensurable.

—Para mí, indescriptible y enloquecedor. ¡Vaya fuerza e imaginación!

—¿Elías también se ha marchado temprano?

—Por supuesto. No querrás que los viera mamá…

—Menuda lotería nos ha tocado. Llevamos dos años en el dique seco y ahora…

—¿Qué programa tenéis para hoy?

—Viene a comer y a gozar. Mamá se prepara a viajar a Kenitra y regresa ya tarde de noche. ¿Y vosotros?

—Elías viene después del almuerzo para llevarme al cine, a cenar y se queda a dormir. Haré que mamá no se entere.

 

Llegó la hora del almuerzo y se presentó Elías puestos ya las gafas y el bigote bien ajustados. El menú estaba riquísimo y las mellizas, deslumbrantes de voluptuosidad y dulzura. La conversación versó sobre los preparativos de la boda y la felicidad que aguardaba a las dos parejas. Cuando hubieron terminado de tomar el postre, subieron los tres al primer piso para descansar.

Elías lo tenía todo bien claro: terminar de hacerle el amor a Firdaus, dejarla exhausta tras despedirse, meterse en el cuarto de baño, quitarse el bigote y las gafas y pasar a la habitación de Yamila, sin dar explicaciones porque lo de llegar a casa y meterse primero en el cuarto de baño estaba ya consagrado por las mellizas que no cesaban de repetir que aquello les ahorraba tiempo en todo. Pero las pobres criaturas creían que sus amantes entraban por la puerta principal del cuarto de baño y no por las puertas adyacentes a los dormitorios.

 

Satisfizo primero a Firdaus. Interpretó el juego apasionado del «perrito».

Luego se despidió explicándole que se ducharía antes de irse. Entró en el cuarto de baño, corrió el cerrojo e iba a desembarazarse de sus dos chismes cuando, en la puerta opuesta, apareció Yamila.

Ambos se quedaron boquiabiertos. Apenas tuvo él tiempo para girar sobre sus talones y quitarse en un santiamén bigote y gafas, ayudado por el vaho de la ducha, pues el espejo estaba afortunadamente aún emborronado con el vapor.

Dijo en son de disculpas:

—Cariño, me iba a duchar antes de hacerte el amor.

—¿Pero no ibas a llegar a las siete? —preguntó ella en tono de reprobación y recelo.

—La espera se me hizo larga. Y las ganas me cuecen.

—Acertaste. La fórmula mágica: ¡de la ducha a la cama! Hiciste bien en cerrar aquella puerta, sabes: están los dos en la cama. Los estuve oyendo. Gritaban.

—¡Dios mío!  —exclamó él simulando desconcierto.

—Venga. Ahora nos toca a nosotros…

 

Se desnudaron y abrieron los grifos de la ducha.

El entorno exhalaba un agradable aroma a jazmín que inundaba toda la estancia. Yamila se desembarazó antes de su bata de seda escarlata, dejándola caer al suelo limpio. Sus pechos eran voluminosos y rebosaban vitalidad y firmeza, vientre liso, cuerpo grácil y caliente…

El pelo castaño le invadía casi las nalgas, sin ocultar su piel inmaculada y blanquecina, sus curvas divinamente proporcionales.

Se secaron y se fueron a echar en la cama.

 

Aquella noche, ya de madrugada y después de que madre e hijas entraran en un profundo sueño, Elías subió en silencio al segundo piso y se acercó a la caja fuerte.

La última que abrió en Agadir tenía cerradura simple.

Era un ojo circular en el que se encaja la llave.

Fabricó una llave con un clip y un  trozo de lata de coca cola que modeló con tijeras. La introdujo en el agujero. Giró en el sentido de las agujas del reloj.

Y se llevó el tesoro sin dejar huellas.

La que tenía ahora delante era mucho más complicada. Combinación con muchas cifras. Con la clave se suele girar varias veces a la derecha e izquierda, orientándose siempre con el índice de la apertura que se encuentra en la posición de las 12  o  raya vertical.

Sin clave, era simplemente imposible abrir.

 

Elías sacó el estetoscopio de la bolsa, se puso los auriculares —que amplifican los sonidos y permiten escuchar los “clics” que delatan la clave—  y lo manipuló como si fuera a examinar un corazón, presionando la parte inferior contra la caja, cerca del mecanismo de apertura. Giró este hacia la derecha esperando escuchar un “clic”. Lo escuchó. Ello indicaba que tenía el primer número de la combinación. Después hizo lo mismo hacia el lado izquierdo. Una vez más, el “clic” le indicó que acertó con el segundo número. Continuó girando hacia la izquierda, luego a la derecha, orientándose con los clics hasta que se inmovilizó el sistema de rotación, indicando que era el último número hallado de la clave. Se detuvo un momento que le pareció un siglo. Escuchó por si había ruido o alguien acechando. Nada. Tiró suavemente del picaporte y la caja fuerte se abrió. No podía creer sus ojos. El botín era simplemente fabuloso.

Lo vació todo, llenando la bolsa y desapareció en la noche sin despertar sospechas.  El sereno dormía como un tronco.

 

Faltaba un día  para el noviazgo.

Madre e hijas acababan de desayunar, desperezándose, felices, cuando de súbito se escucharon voces de pelea en las afueras. Querían entrar y el sereno se lo impedía. Cuando bajaron las mujeres a abrir, descubrieron con horror que eran sus enanos pretendientes aldeanos.  Parecían triunfantes y eufóricos. Las mellizas iban a retirarse, dejándolos con su madre, pero uno de ellos les instó detenerse, acusando del dedo:

—Tenemos buenas noticias  —aclaró uno sin elevar la voz.

—Ese Elías, hijo del pecado, es un impostor  —taladró el otro enano, el de la nariz aplastada contra la cara—. Os ha dado gato por liebre. No tiene hermano alguno. Se disfraza en Selam. A Dios no le gustan los hipócritas. Los castiga en el infierno.

Las tres mujeres parecieron desmayarse. El corazón se les quedó atravesado en la garganta.

Luego creyendo que era una deplorable farsa planificada. Pidieron pruebas.

—¿A que nunca los visteis juntos al mismo tiempo con vosotras? —vociferó el chato, humedeciéndose los labios pasando la lengua de un extremo a otro.

—Si aún lo dudáis, vayamos a Balema donde se hospeda  —ordenó el otro. Luego dijo, recalcando las sílabas, henchido de satisfacción—: ¡Llevemos con nosotros a un policía!

Las mujeres, aún bajo el trauma, dijeron al unísono y a regañadientes:

—¡Andando! ¡Sepamos de inmediato quien dice la verdad!

 

Pero Elías había llegado a Tánger un día antes.

Aparcó su todoterreno junto a una playa, comprobó que no había espías alrededor y procedió a recomponer su verdadera identidad.

Ajustó el retrovisor a su vista y se miró en el espejo.

Extendió las manos a la altura de las sienes. Presionó los dedos en el borde del cuero cabelludo.

Empujó delicadamente y la peluca empezó a deslizarse hacia atrás, descubriendo la calva reluciente de un joven más guapo y apuesto que los dos personajes ficticios que había interpretado hasta entonces.

Metió la peluca en una bolsa, junto con las gafas y el bigote falso,  salió del coche y buscó en la oscuridad un lugar inhóspito donde prender fuego a la bolsa.

Luego condujo hacia el hotel Solazur para descansar.

 

¿La copia del DNI que dejó en Balema?

Retrataba la identidad de un individuo fallecido cinco años atrás.

 

Llegó al hotel. Se duchó y se tomó  algunas copitas de ron. Luego se metió en la cama y esbozó un programa para el día siguiente. Tenía que seducir  a su séptima víctima: Nuria.

Saldría en vaqueros cortos, camisa de lino de marca, las gafas de sol colgando de la abertura de su camisa.

La llevará a la famosa playa “Achakar”, a haraganear bajo el sol de la tarde, luego irían al hotel.

 

—¡Caramba! —murmuró casi en voz alta, antes de apagar las luces—, ¡Pero si Nuria es mucho más guapa y rica que las mellizas!

 

FIN

Ahmed Oubali
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