1641-El abanico de hierro (I)

El atardecer derramaba fuego sobre Madrid.

Los últimos transeúntes erraban en silencio esquivando en vano los aires inmundos y el polvo que levantaban los carros. Trágicamente, la lenta e imparable decadencia consumía un imperio en que, en el fondo, siempre se había puesto el sol. En pocos minutos la grandiosidad de la destronada capital del mundo sería poco más que una ciénaga de sombras y desgracia.

 

Mientras el cielo y la tierra se fundían en un fulgor escarlata, un hombre atormentado por el amor y los recuerdos caminaba sin rumbo, luchando por mantener la sobriedad y la cordura. Don Álvaro de la Torre. Joven, adinerado, diestro en la estrategia y la espada, capitán de la guardia personal del Duque de Medina-Sidonia… pero ¿qué importaba aquello ya?. Nada. Desde el día en que la conoció nada ni nadie más ocupo sus pensamientos. Su deber mismo, su vida, su honra, todo había perdido el significado. Había estado tan cegado…

¡Desbaratando totalmente su vida! Ella, una simple criada de su señor, la hija de un herrero, la pasión desatada escondida bajo la piel de un ángel. Una traidora. La dama del abanico de hierro.

Se estremeció recordando aquel extravagante objeto. Ella le confesó que su madre, en el delirio que la consumió durante el parto, dijo a su marido que la Virgen tenía una misión para su pequeña, que les había ordenado forjar un abanico con hierro y entregárselo al cumplir los diez años. Cuando por fin abandonó este mundo, desangrada, el pobre hombre se sumió en una espiral de desesperación de la que no habría de salir jamás. Su hija no sabría nada hasta pasado mucho tiempo, hasta el día en que le entregó un objeto extraño. Nunca llegó a comprenderlo del todo, decía, pero el amor a su padre ligó ese objeto a su cuerpo y a su destino.

Álvaro recordó las lágrimas, puras, el tacto delicado de aquel rostro sobre su hombro, las confidencias, la melodía de aquellas palabras que ahora le apuñalaban el vientre… ¿Sería verdad acaso?¿Sería verdad siquiera algo de lo que le contó? Su amor…

Fue todo una farsa.

Había acariciado sus cabellos de ébano, las curvas perfectas de su cadera y sus pechos, había cabalgado la infinidad azul de los mares irisados de su mirada. La había poseído como ningún hombre habría nunca soñado, pero, en el fondo, nunca había sido suya.

El sol expiraba exhalando el último de sus resplandores y una vez más el negro se apoderó del mundo. Don Álvaro levantó la mirada, jurando al cielo que todo acabaría esa noche. Tenía una misión, una última misión y no iba a fracasar.

 

 

Ni muy lejos ni demasiado cerca, la iglesia de San Felipe abría sus puertas a la oscuridad con las exequias de un noble cortesano. Tendido bajo el altar, su anciano cuerpo reposaba a la luz de las miles de velas que desgarraban las formas de la capilla. Nadie rezaría por él esa noche, tendría suerte si al menos Dios lo recordaba. Caminando apresuradas dos sombras turbaron la paz, cruzando el transepto y adentrándose en la escalinata  que descendía a las entrañas del edificio. Con el resplandor de un candelabro, el párroco y el hombre embozado atravesaron el laberinto de sepulcros y estrechos pasillos que formaban aquellas catacumbas, donde un centenar de calaveras apiladas contemplaban la eternidad en silencio; allí la piedra misma de las paredes hablaba de tiempos que los hombres ya no recuerdan. Las dos figuras se deslizaron entre los nichos mientras, docenas de ratas los observaban, chillando con curiosidad. Al final de un pasadizo comenzó a entreverse otra luz. Una doncella les esperaba, meciendo un objeto metálico entre las manos. Se reunieron, y por fin, aunque con premura, el párroco habló:

-Tenga a bien vuestra merced de escucharme cuidadosamente, Don Miguel.

Ella levantó la cabeza. La luz dibujó trazos de ámbar en sus suaves facciones,

-… Es esta la dama de cuyo lance os hablé, una espía de su majestad.- calló un instante y Miguel pudo observarla con más detenimiento. Era esbelta, morena; el cabello recogido sobre un cuello de cisne que delataba una falsa fragilidad. – Sabed que aquí lleva refugiada desde el ocaso, y que, como os he venido informando, había de encontrarse con su enlace en el puente de Segovia para despachar asuntos reales. Ha sido descubierta por unos traidores que pretenden impedir que la información llegue a su destino. Vuestra misión no es sino escoltarla hasta el puente.

-Fray Marcial…- el embozado quiso preguntar algo, pero éste le interrumpió, cargado de una inquietud difícil de disimular.

-Hijo mío, bien sé que sois hombre de palabra, pero también que son las palabras las que os pierden. Es menester que sepáis cuanto menos de esta empresa. No perdáis un instante más Miguel, el Señor os lo recompensará,  recibid vuestro pago y mi bendición.

 

La solemnidad de su voz se fue apagando en un eco que pareció eterno. Entregó al embozado un candil y un saquito, quien tras comprobar su contenido, tomó a la mujer de la mano y  se adentró en la oscuridad.

 

 

Cid

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4 Comentarios

  1. por Anónimo publicado el 05/01/2009  22:46 Responder

    Me gusta la ambientación y como está narrado.
    Es un buen recurso el de los objetos misteriosos,
    El abanico de hierro...
    a ver que pasa en la proxima entrega.

  2. por Zilniya publicado el 07/01/2009  09:56 Responder

    Guau!!! Describes muy bien el ambiente de finales de siglo XIX, la caída del viejo imperio español. También concuerdo con lo del misterio que genera el extraño abanico de hierro. Muy, muy bueno!!! Ya quiero leer la segunda parte!

  3. por caminosdeviento publicado el 07/01/2009  17:08 Responder

    gracias! =)
    aunque la verdad que entonces he sido demasiado ambiguo ambientando xP
    transcurre supuestamente en 1641
    pensé en ponerlo en el título pero me perecía un plagio descarado de "1808", el problema es que tampoco me gustaba cómo quedaba si lo fechaba sin más...

  4. por Zilniya publicado el 08/01/2009  09:30 Responder

    Haces bien, daba por hecho que era el final del final de la época del imperio... XD

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