El abismo de Liberto

sueno

Le vi por primera vez dónde sólo se ve a los muertos, en un sueño. Tenía las manos suaves, me agarraba con fuerza para subir una pendiente abrupta, en medio de una niebla espesa, que no hacía presagiar nada bueno. A pesar de sus esfuerzos, de sus palabras de aliento, mi respiración era cada vez más agitada, mi corazón latía en la cabeza con un ritmo frenético y mis músculos se iban tensando tanto que dolían como miles de agujas ensartadas en las sienes. Cuando mi mano se soltó de las suyas y empecé a caer, desperté con la sensación de seguir cayendo al vacío.

Olvidé pronto el incidente, aunque el vértigo que me produjo la caída imaginaria no terminaba de desaparecer de mis pasos, durante unos días cortos y lentos, como mis respuestas. La rutina y los numerosos pequeños contratiempos diarios consiguieron que, al cabo de unas semanas, mi cerebro eliminara este extraño sueño.

Aquella noche volvía a casa rumiando un problema de la oficina cuando choqué con un muchacho que salió de la nada. Sus manos le protegieron del golpe con mi cuerpo y, como un fogonazo, el sueño volvió de nuevo a mis retinas. Me dijo: ¿Se ha hecho daño?. No, disculpa, no te había visto, contesté aturdida al reconocer la voz de mi sueño. Tendría unos 18 o 20 años, era de constitución atlética y bien parecido. Su atuendo, con esos pantalones que dejan más que entrever la ropa interior (de marca, por supuesto) y una gorra ladeada, le daba un aspecto de pilluelo sin malicia.

Me quedé mirándole perpleja; él creyó que me había asustado e intentó tranquilizarme con una abierta sonrisa que mostraba una hiliera dientes blanquísimos y perfectamente ordenados. Estas cosas pasan, y nadie tiene la culpa, comentó mirándome a los ojos. Perdona, estaba pensando en mis cosas, balbuceé torpemente y sin mucha convicción.

Seguí mi camino mientras sentía la mirada del chaval en mi espalda, fija, burlona, triunfante. Esta sensación de no saber qué ha pasado ni por qué me produjo un malestar que intenté calmar cuando llegué a casa metiéndome debajo de la ducha y dejando que el agua calmara unas heridas inexistentes. Empecé a razonar conmigo misma y a echarle la culpa de mis sobresaltos a la alteración de hormonas que supone una menopausia temprana.

No le podía contar a nadie que habia conocido a un chico que ya había visto antes en un sueño, creerían que me habia vuelto loca. Decidí que había asociado una sensación de un sueño con un hecho real sin que ambos tuvieran relación alguna. La mente hace cosas muy raras, incluso algunas que no quieren sus propietarios; pero yo no estaba dispuesta a que mi cerebro me jugara malas pasadas, así que había que adiestrarlo para que no se desmandara.

Pero no es tan fácil hacer desaparecer un recuerdo, una sensación, más cuando el causante de la misma decide aparecerse a cada rato en tu ordenada vida. Y es que a partir de aquel día me topaba casualmente con el muchacho, que resultó que se llamaba Liberto, demasiado a menudo.

Una de las veces de las que coincidimos, en un lugar con tan poco glamour como la caja de un supermercado, Liberto me invitó a tomar un café en un bar cercano y yo acepté sin pensar demasiado en mis motivaciones para aceptar el acercamiento a una persona que me producía tanta zozobra.  Su charla era amena y me envolvió con su frescura y la madurez de sus reflexiones, por lo que le invité a comer a casa a la semana siguiente.

Durante los días previos a la cita estuve nerviosa, mi vida aburrida y sin sobresaltos, sin príncipes azules ni historias de amor duraderas, había empezado a girar en torno a un muchacho al que llevaba más de 20 años y al que había conocido en un sueño, ¡era de locos!

El día de la cita preparé con esmero mi casa y mi cuerpo, sólo porque me apetece verme bien a mí misma -me engañaba cuando me estaba pintando los ojos-. Cuando sonó el timbre de la puerta me miré de reojo en el espejo de la entrada antes de abrir y  el brillo de mis ojos me asustó tanto que estuve a punto de sentarme a esperar que se marchara, pero la necesidad de verle de nuevo fue mayor y finalmente le abrí.

Liberto trajo como regalo una botella de vino que abrí mientras me reía de él porque era demasiado joven para apreciar el sabor de un vino añejo. Sus ojos burlones recorrieron mi cuerpo cuando sus manos acariciaron mi mejilla sin decir nada. Sólo su sonrisa y la música de fondo me importaban en ese instante, e intenté atraparlo cerrando los ojos y respirando profundamente.

Todo fue bien, cierto coqueteo controlado por ambas partes, hasta que él empezó a ir muy deprisa y yo a asustarme cada vez más. Creo que es hora de que te vayas, le dije con tristeza. No, me respondió sonriente. Le expliqué que antes de empezar una historia hay que creer en ella, y yo no creía en una historia compartida con él.  Sin que tuviera tiempo a reaccionar me besó y sentí como el suelo se abría ante mis pies, como el aire dejaba de llegar a mis pulmones, como sus manos eran terciopelo sobre mi piel, y me dejé caer al abismo de Liberto, ¿durante cuanto tiempo? ¡Que más da!, eso ahora no me importa.

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