¡Haz qué se callen! 5º

-¡Haz qué se callen! -gritó Alberto.

Sus gestos eran antinaturales, sus ojos sufrían un ligero estravismo y sus labios se tensaban cuando no habría la boca para hablar. Había perdido el norte, al igual que el resto de la ciudad. Gemía y lloraba mientras sus gritos de auxilio inundaban la calle.

-¡Joder, Alberto, reacciona! -trató Daniel, en vano, traer a su compañero a la cordura.

Alberto empujó entre sollozos a Daniel, quizás en un intento de pedir auxilio con más fervor. Daniel a su vez le respondió asestándole un puñetazo en el estomago. No lo hizo por el empujón, sino por la desesperación de no saber qué hacer. Había visto que con golpes a veces la gente se tranquilizaba y entraba en razón. O eso creyó Daniel. Pero fuera quien fuera el que hablara en su cabeza, fuese lo que fuese, le producía mucho más daño en esos momentos que cualquier golpe.

El joven comenzó a estirarse de sus ropas manchadas de sangre mientras se tiraba al suelo. Se sacó el zapato izquierdo y empezó a darse en la cabeza con este. Daniel supo que su compañero estaba perdido, así que, con mucho dolor, tuvo que dejarle.

Fue al darse la vuelta cuando los vio. Un grupo de personas paranoicas invadía la calle. Se dirigían con la mirada perdida hacía la escena. La procesión asustó a Daniel. Un sólo niño pudo hacer que su compañero perdiera la razón, ¿Qué podrían hacer con él un grupo entero de treinta personas? ¿Y si lo qué buscan es convertirle en un paranoico? Eso no podía permitirlo. Ya sabía que no era inmune, que podía caer en la locura de alguna forma, ¿Qué lo salvó la primera vez?

No tuvo muchas opciones, pero eligió la menos inteligente. Sin darle muchas vueltas se encaminó a su vehículo accidentado y se metió dentro echando el cierre centralizado. La masa de gente se acercaba a paso lento. Sus ropas estaban raídas y algunos sufrían heridas y cortes sobretodo en la zona del rostro. Todos tenían en la boca restos de sangre de haber vomitado y sus ojos se perdían en la lejanía sin estar reposados en un punto concreto. 

Al llegar a la altura del coche, ninguno de ellos reparó en Daniel. Agachado entre los asientos vio a los paranoicos evitar el obstáculo sin problemas, a pesar de que no se fijaban por donde caminaban. El paranoico que pasó más cerca era una joven de unos treinta años, estaba embarazada, y parte del cartílago de la nariz colgaba en una visión espantosa. Daniel recordó a la cajera y a los paranoicos del supermercado y como así mismos se intentaban abrir la cabeza con cristales u otros utensilios que tuvieran a mano. La chica, como el resto, tenía la boca abierta de par en par, y aunque no pudo escucharlo, Daniel estaba seguro de poder oír la interferencia emitida de forma colectiva.

Alberto seguía gritando y llorando en el cruce mientras se golpeaba la cabeza. El resto de paranoicos lo bordearon ignorándole, hasta que un joven de no más de quince años se agachó y en un giro brusco le partió el cuello. Alberto dejó de gritar para siempre. Tras la oleada de personas vino la calma. El cuerpo del joven se quedó tendido en el asfalto de forma grotesca.

Daniel bajó del coche y empezó a encaminarse calle abajo. En su camino se encontró más paranoicos formando grupos reducidos. No parecían prestarle atención, ni daban señales de saber que se encontraba presente. Llegando al centro urbano, se encontró el desastre. Los coches se apelotonaban por todas partes en accidentes colectivos, había fuego en varios puntos de la calle y se escuchaban explosiones en las calles paralelas. Los cadáveres se extendían en algunos puntos formando una alfombra macabra.

Daniel comenzó a llorar de pronto. No pudo reprimir más. Había visto demasiado en este día del cual ya ni recordaba que había desayunado. Se refugió en un portal y se desahogó. Su mente buscaba excusas para hacerle pensar que todo aquello no era real y que seguía soñando en aquel día de verano, donde las temperaturas rozaban los treinta y cinco grados y el aire olía a mar y costa. Al abrir los ojos se encontró dos paranoicos intentándose abrir paso por los vehículos, cadáveres y otros destrozos. Fue a salir en silencio de su improvisado refugio cuando a su lado cayó un hombre desde el edificio a su espalda. Al impactar el hombre reventó por dentro salpicando de sangre a Daniel.

-¡Dios mío! -exclamó Daniel.

Los paranoicos parecieron dedicarle una mirada furtiva, cosa que provocó la huida repentina de Daniel. Corrió todo lo que pudo tropezando con cuerpos y chatarra. Cuando no pudo más, anduvo el resto del camino hasta llegar a Caballero de Rodas con Chapaprieta. En la puerta de su edificio se hallaba un cuatro por cuatro de la guardia civil estrellado contra el portal. Dentro del vehículo los dos guardias se habían volado la cabeza con sus propias armas. Daniel cerró los ojos e intentó alcanzar una de sus pistolas tirada junto al freno de mano desde la ventanilla. Estiró a ciegas el brazo y tanteó hasta encontrarse con el frío tacto del metal, el cuál fue agradable en aquella calurosa mañana. Estiró suponiendo lo que estaba cogiendo, y fue cuando, sin saberlo, puso en marcha la radio de onda corta de la guardia civil. El susto hizo latir violentamente se corazón, lo cual no detuvo la búsqueda de un arma. Mientras tanto la radio emitía una frecuencia que ya había escuchado de boca de uno de los paranoicos. El sonido no era nítido pero fue inconfundible, se trataba de una onda de radio. Un dolor se instaló en la cabeza de Daniel que seguía tanteando a ciegas en el hueco que dejaban el asiento del conductor y el copiloto. La visión se le empezó a nublar por finas hebras de color negro, mientras en su cabeza la frecuencia martilleaba una y otra vez. Gritó una vez como último impulso en el que logró hacerse con el arma y salir de allí.

A ciegas logró meterse en su portal. La visión volvió a la normalidad y la cabeza dejó de dolerle al dejar de oir aquella retransmisión.

Víctor Manuel Sala.

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9 Comentarios

  1. por vms8 publicado el 25/06/2009  13:31 Responder

    Uff cada vez me cuesta reducir más las entregas para que quepan en el límite de mil :S, por lo tanto me he comido muchas cosas pero creo que no me he dejado nada importante. Espero que les guste el resultado :S

  2. por Zilniya publicado el 25/06/2009  14:41 Responder

    Esto va mejorando (empeorando para el prota) por cada entrega que pasa. Si te cuesta no romper el límite de palabras, significa que ya has encarrilado bien la historia. Sigue así!

  3. por Forofo publicado el 26/06/2009  11:48 Responder

    Eh, ¿tienes un final pensdo ya para la historia? Creo que de momento la estás llevando muy bien.. La verdad es que estos relatos de haz que se callen son de los mejores de la web. ¡¡Sigue así!! :)

  4. por Forofo publicado el 26/06/2009  11:51 Responder

    ¿Tienes un final para la historia? Intenta que sea bueno, porque estos relatos de ahora son muy interesantes, y estaría bien un gran final... tómate tu tiempo para escribirlo... y están geniales, de lo mejorcito de la web :)

  5. por Forofo publicado el 26/06/2009  11:52 Responder

    ¡¡eh!! sin querer se han publicado dos comentarios... no pienses que soy mongolico

  6. por vms8 publicado el 26/06/2009  12:57 Responder

    Yo no pienso amigo jajaja

    Sí, tengo un final pensado.

    Gracias por los comentarios (por los repes también).

  7. por Laín publicado el 26/06/2009  14:52 Responder

    Pero qué buena está la historia.Felicitaciones.Esperaré lo que viene. :)

    salu2

  8. por Rodri A. publicado el 02/07/2009  16:54 Responder

    "caballero de rodas con chapaprieta"

  9. por Rodri A. publicado el 02/07/2009  16:55 Responder

    Hay una errata en el título, victoria.

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