Sin llaves no hay compromiso

–¿Estás bien? ¿Seguro?

Iban en un taxi. Eran dos muchachas y ambas estaban muy bebidas. Una de ellas, María, ya había vomitado un par de veces antes de que su amiga Sarah decidiera irse a su casa. Repitió la pregunta, dudosa de si la habría escuchado.

–¿Pero estás bien?

Sarah la miró. Estaba pálida y tenía los ojos brillantes. Hizo un amago de sonrisa al contestar.

–Ojalá.

Las dos se echaron a reír. El taxista las observó por el retrovisor, pensando que la juventud se perdía y desperdiciaba en esas noches de alcohol y risa floja. Ninguna percibió su mirada de desprecio y, más profundamente, de envidia.

–Pero… ¡joder! Joder, joder, joder…

–¿Qué? ¿Qué pasa?

Sarah rebuscaba en su bolso lloriqueando con manos aceleradas.

–Que no tengo las llaves, joder. Que no tengo las llaves… las tiene Pablo.

Era su novio, que se había quedado de fiesta.

–Llámalo. Y que las traiga, ¿no?, o algo.

Las dos se miraban buscando soluciones. Ni siquiera estaban seguras de tener dinero para pagar el taxi. Sarah sacó el móvil y llamó a Pablo.

–Apagado. ¡Madre del Señor! ¿Qúe hacemos?

–¿Y Antonio? Estaban juntos.

Sarah llamó a Antonio, que le contó que se había separado de Pablo hacía rato, y le preguntó si pasaba algo grave.

–No, no pasa nada, que no tengo llaves para entrar a mi casa… da igual. Si lo ves dile que me llame. –Colgó el teléfono y miró a María con expresión derrotada. –No está con Pablo. ¿Y ahora cómo entro a mi casa?

Volvió a llamar a su novio, que permanecía con el móvil apagado o fuera de cobertura.

–Bueno… yo sí tengo llaves de mi casa, como alternativa.

–Pues… pues vamos. Que le den a Pablo. Es que lo odio, mira que dejarme así…

María intentó esconder su sonrisa y controlar la mirada que no hacía más que deslizarse por las medias de rejilla de su amiga. Se reclinó hacia delante para decirle al taxista la nueva dirección, agradeciendo que todavía no la hubiesen pasado de largo.

Llegaron al destino. Pagaron juntando las monedas que llevaban. Subieron las escaleras hasta el tercer piso agarradas a la barandilla, riendo y resoplando.

–No estoy bien — murmuró Sarah, apenas sin voz, mientras María abría la puerta y la hacía entrar tomándola del brazo.

–¿Y qué quieres? ¿Comer? ¿Vomitar? ¿Dormir?

–Vomitar.

María la acompañó al baño y sujetó su pelo, y acarició su espalda, intercambiando los papeles de hacía una hora, mientras Sarah vomitaba todo lo que tenía en el estómago. Su cuerpo se sobresaltaba y estremecía con cada arcada inesperada. Dejó de moverse y permaneció varios minutos arrodillada, apoyada en la taza del váter, escupiendo. Cuando levantó la cabeza volvía a ser ella, con sus sonrojadas mejillas.

–¿Estás mejor? ¿Sí?

–Como nueva.– Sonrió. –Ahora es que ojalá pudiera dormir.

–Pues a la cama. Venga.

Se quitaron la mitad de la ropa que llevaban. María tendió un pijama que Sarah rechazó bamboleando la cabeza. Escribió un mensaje a Pablo para que supiera donde estaba y cayó encima de la cama como un peso muerto. Su amiga la miró sonriendo con ternura, algo que últimamente hacía muy a menudo, sin darse cuenta. Cogió una manta del armario y se acostó junto a ella. No tardó en dormirse, pero su último pensamiento fue lo bien que olía Sarah, que descansaba a varios centímetros y cuyo aroma, entre ácido y dulce, parecía invadir toda la habitación.

Sarah se despertó con el pitido de un coche. Abrió los ojos y se encontró con la nuca de María. A través de la persiana se podía percibir la claridad del día. Alargó la mano por encima de María para coger su móvil de la mesita de noche. Pablo no había dado señales, y ya eran las diez de la mañana. Era un capullo, la había dejado sola, cuando se encontraba mal, y encima sin teléfono accesible, el tonto, pensó mientras volvía a acomodarse.

No conseguía dormir. Le dolía la cabeza. Se sentía muy cansada, pero no podía dormirse. Tenía algo de frío y se pegó más a María, amoldándose a su cuerpo. La vista se le había acostumbrado a la penumbra y podía analizar la mandíbula, el cuello y la caída del hombro. Se pegó aún más a ella y colocó sigilosamente la mano en su cintura. Se mantuvo inmóvil varios minutos, escuchando la respiración de María, hasta que se atrevió a mover la mano y recorrer con lentitud la curva que llevaba a la cadera de su amiga. Volvió a repetir el movimiento un par de veces, y paró cuando notó que ella contenía el aliento.

María se despertó con el placer de una caricia. Extrañada, abrió los ojos y reconoció su habitación, recordó la noche anterior y dedujo que la mano que la tocaba pertenecía, sin duda entre otras cosas porque podía olerla, a Sarah. Intentó hacerse la dormida, pero Sarah ya no se movía y pensó que la había descubierto. Acabó por suspirar.

–¿Estás despierta? — susurró Sarah.

–Sí.

Se hizo un largo silencio. Ambas permanecieron sin moverse, tensas. Sarah aún tenía la mano en la cintura de María. La dirigió a la cadera para deshacer el camino una vez más con dedos temblorosos.

–¿Te he despertado yo?

–Sí.

–¿Te molesta? — volvió a preguntar Sarah suplicando en silencio que no repitiese aquel monosílabo por tercera vez.

–No.

Sarah sonrió en la oscuridad. Se pegó más aún al cuerpo de su amiga y deslizó la mano por su estómago hasta rodearla y abrazarla. María, con la curiosidad y el miedo de una niña, con la duda y el deseo de una inconsciente, giró el brazo para acariciar la cara de Sarah, deslizó sus dedos por la frente, la sien, la mejilla, la mandíbula y la barbilla. Cuando pasó dos dedos por su boca, Sarah se los lamió, intentó apresarlos con sus labios y María, guardando la compostura, los recuperó de aquella agradable y húmeda caricia y siguió el camino que los conducía a la nariz. Sarah metió la mano bajo su camiseta, dirigiéndose a la espalda de María, tocándola por primera vez, sorprendida con tanta suavidad y perpleja ante su propio deseo. Volvió a su cintura, a su estómago, volvió a la cadera, a la espalda, repitió el camino que iba del ombligo a la nuca, repitió el de la cintura al cuello y volvió a la cadera, al vientre, al estómago,… y la condujo más arriba, hacia el pecho de María, incapaz de comprenderse o controlarse.

María se mordió el labio para no gemir cuando sintió el dedo de Sarah dibujando su pezón. Después de varias circunferencias de trazo lento, casi perezoso, a ese dedo, tímidamente, se unieron sus compañeros, volviendo la caricia insoportable. Insoportable para mantenerse quieta, callada o serena, desde luego, pensó María. Así que se giró, poniéndose frente a Sarah, y acarició su cara, su nuca y su brazo. Arañó la palma de su mano y no reprimió el suspiro cuando Sarah se acercó y le lamió el cuello.

Después de eso no surgió tregua ni descanso. Aquel suspiro para una, y aquel lametón para otra, acabó con la paciencia de ambas, desatando sus nudos con la moral, con el compromiso y con el sentido común.

Después de eso, la lengua lamía y los labios besaban, porque no había nada más ni servían para otra cosa que no fuese ésa. Después de eso, la boca chupaba, y los dientes mordían, y la garganta se ahogaba, y las cuerdas vocales gemían, y la nariz olía, y los brazos abrazaban, y las piernas se abrían, y los dedos acariciaban, y las manos tocaban, y los pies jugaban, y la espalda se arqueaba, y las caderas se movían, y los pezones se endurecían, y las papilas gustativas saboreaban, y los pulmones resoplaban, y el corazón iba a desbocarse, de un momento a otro, y los cuerpos sudaban, porque era demasiado calor concentrado, y los músculos temblaban, y la boca se abría, y las uñas arañaban, y el cuello se estiraba, y la pelvis se balanceba, y los vientres se rozaban, y la vagina se contraía, y el clítoris latía, y el cuerpo se convulsionaba, porque no había nada más que eso ni sus cuerpos servían para otra cosa.

Mientras tanto los ojos eran un espejo en el que mirarse sin vergüenza ni reparo. Mientras tanto, la risa se escapaba, y las palabras dulces se atropellaban, y ninguna tenía preguntas, y ninguna dudaba, y las manos estaban hechas para entrelazarlas, y las lenguas, igual, y el miedo era algo tan lejano como la ausencia de placer, y una no temía perder en esa confesión la confianza de su amiga, y la otra no temía perderse a sí misma por confesarse. Mientras, con los jadeos y los saltos y las risas, la verdad salió a relucir sin pudor ni prejuicio, y no existía el desacuerdo ni el debate, y la lujuria se condensaba en las pieles, y el cariño se desbordaba con cada beso, y la culpa era inimaginable, y la felicidad estaba justo ahí, en esa cama y con esa persona, porque no podía estar en otro sitio que no fuese ése.

Senda, 2009.

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