El Asilo – Capítulo 1: Siembra y Cosecha

1.

Como de costumbre el miércoles en la noche, al igual que las noches de los días restante de domingo a jueves, era el horario de chequeo de las citas del día siguiente. La revisión, en primer lugar con su resaltador color verde fluorescente sentado en su pequeño escritorio  fabricado por su padre muchos años atrás, con la compañía infaltable de la clásica agenda de cuero amarillo ocre, regalo de navidad de la tía Martha. Al igual que los últimos siete años en las últimas siete reuniones familiares donde sonreía al tomar el regalo rectangular con aparente sonrisa de sorpresa y decir <<No lo puedo creer!!! Mañana iba a comprar una nueva agenda!!! Me has salvado tía, por eso eres mi favorita>> y proporcionar un gran (y para nada fingido) abrazo a su querida tía. Una persona dedicada a dar regalos muy prácticos pero poco llamativos; aunque escasas, la mayoría de personas como Ricardo preferían esta clase de  regalos, prácticos y poco llamativos.

Siempre había pensado que era un escritorio pequeño por tener un solo cajón pero perfecto para cumplir su función; además, siendo una persona de estatura algo menor al promedio en Bogotá (según la última medida 1,65 mts.) con poca atracción por las actividades físicas, lo cual le había permitido mantener su estructura delgada, no tenía problemas de espacio y no requería mayor respaldo para sus hombros angostos además de un poco caídos. El inventario era muy puntual, sus gafas con aumento de 3.5 en uno, 1.25 en otro (el de 1.25 creía, el otro seguro), su agenda y su resaltador de punta delgada.

Cuando el último trazo verde ahogado le evitaba confirmar la culminación exitosa o establecer el avance de alguna tarea, abría el tercer cajón de su escritorio del consultorio para encontrar una cariñosa pero firme nota:

“Sé que debe estar por terminar su último resaltador, aquí hay uno nuevo.

Por favor arrojar el vació en desechos plásticos”.

La primera línea terminada con una pequeña cara feliz. La segunda línea estaba acompañada de una cara bastante seria. Este mensaje siempre lo hacía reír y era el recordatorio perfecto para su parada sistemática en la papelería. Como su agenda, sus actividades eran programadas, revisadas y ejecutadas por reloj. Sandra lo consideraba una persona predecible, lo que consideraba hacía más fácil su tarea, ya sabía que iba a olvidar y ella estaría para cubrirlo, como cubría que el tercer cajón sólo lo revisaba cuando estaba buscando un resaltador nuevo.

Con un tono tranquilo y pausado, el que siempre utilizaba para sus notas mentales, pensó “Cupo lleno”. Sonriendo levemente (con su boca física) recordó al taquillero de una sala de teatro cuando quiso ver la última obra de su director favorito, asistió tres veces seguidas a la taquilla después de su última cita pero no consiguió boletas hasta que Sandra le ayudó a reservarlas por Internet. Él no era una persona muy cercana a la tecnología, su computador era una vieja máquina de escribir Royal que había comprado en su primer y único viaje a los Estados Unidos. La había conseguido en una modesta casa de empeños cercana a su hotel. Era la última pieza de artículos mecánicos que habrían campo a los nuevas tecnologías, tras mirarla por todos los ángulos posibles, y probar cada tecla dos veces (mientras el vendedor lo observaba con detalle) se decidió que era perfecta para él. El vendedor le preguntó tres veces si no prefería ver los computadores portátiles en promoción que valían sólo unos cuantos dólares más pero para Ricardo había sido amor a primera vista.

Recordaba el plan para contrarrestar un “cupo lleno” y el plan se respetaba. Llegar, saludar, atender, documentar, despedir, marcar y volver a iniciar el ciclo, al menos ocho veces. Siempre que contabilizaba las citas agregaba un pequeño símbolo ±2 por su “ley del completo”. Lo comenzó a hacer desde la primera vez que su agenda tenía una cita en cada hora del día (y aún no se llamaba “cupo lleno”), 13 meses después de iniciar a ejercer como psiquiatra, tuvo ocho pacientes diferentes además de los dos que se presentaron como emergencias; después (la primera vez desde la definición del título) se presentaron tres pacientes adicionales por crisis incontroladas pero sólo atendieron dos personas, el tercer paciente lo llamó un par de horas después de disculpándose por haber olvidado tomar su medicamento pero con alegría le informó que las pastas le habían dado un respiro a “Clau”, termino cariñoso que habían convenido para la claustrofobia en su tercera sesión que el bodeguero sufría desde los cinco años.

Después de cerrar la agenda, quitarse los lentes y restregarse suavemente los ojos. Giro su cabeza hasta escuchar un ruido desde cada punto cardinal. Su memoria era bastante buena, y las necesidades fisiológicas básicas de la pirámide de Maslow eran atendidas casi de forma automática. Acostado en su cama semidoble (de apariencia doble por su contextura) con las cobijas cubriéndolo hasta el pecho y los ojos cerrados, repaso mentalmente la lista de compras de frutas y verduras del día siguiente. La cantidad exacta de manzanas, plátanos y duraznos para las próximas dos semanas, aunque había demorado un mes en llegar al cálculo preciso ahora funcionaba como un engrane agregado a una gran planta de producción. Y la producción era muy precisa.

-Diego Rodríguez. 2010-

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