Rima XXIV

Eran dos los suaves cisnes,
dos las rosas del amor.
Dos los espíritus que cantan,
dos los besos, solo dos.

Éramos dos también nosotros,
dos almas y un corazón.
Vino el odio a romper todo,
un alma, media vida,
cuatro llorosas pupilas
y un adiós.

Eran dos nuestras dos manos,
paseando juntos el amor.
Dos inciertos futuros,
dos nuestros cuerpos maduros,
que por jurar,
juraron solo pasión.

 

Adrián Abeal Adham

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