Un balance de treinta años

Por Alfredo García, creador de la-orden-66

Aquel 7 de octubre de 2010, día de su 65 cumpleaños, Wells no pudo resistirse a la tentación de hacer balance. Pensaba que era lo normal en la última etapa de su vida y sentía en su interior una amargura que le empujaba a hacerlo. Además, tenía muy claro de dónde surgía esa sensación a pesar de que las últimas tres décadas de su vida habían transcurrido por el camino que todo el mundo considera lleva a la plenitud.

Wells había sido feliz al lado de Weena, la mujer a la que amaba desde hacía poco más de treinta años. Le había costado mucho conquistar su corazón, pero lo había conseguido. Según el calendario, el sí también llegó un 7 de octubre, pero no el de 2010, sino el de un 1970.

En el plano profesional tampoco se podía quejar. En la recta final de su carrera, Wells no solo había logrado el reconocimiento del mundo científico, sino de toda la sociedad. Mientras se recreaba mirando en la pared de su laboratorio aquella portada con su cara de personaje del año de la revista ‘Time’, Wells no paraba de pensar en los homenajes que había recibido en agradecimiento a los cachivaches surgidos de su ingenio.

Así le gustaba definir sus inventos: cachivaches. Esos instrumentos habían hecho posible el viaje a la felicidad de millones de personas en todo el mundo. Su esfuerzo –siempre realizado a la sombra del gran público- había tenido como consecuencia hitos de origen aparentemente indescifrable en ámbitos como la sanidad, las telecomunicaciones y los transportes, entre otros ámbitos.

Wells había logrado la cuadratura de su particular círculo transmitiendo todos sus conocimientos a George y Julio, los dos hijos surgidos de su relación con Weena, que de la mano de su padre estaban empezando a conseguir una posición privilegiada en el mundo científico. De hecho, solo un mes antes ambos habían dejado la boca abierta al jurado del premio nacional a los cerebros menores de 30 años presentando un trabajo sobre los nuevos frentes de la nanotecnología.

La muerte de su colega Herbert era el único acontecimiento traumático que Wells recordaba desde aquel 7 de octubre en el que, como le gustaba repetirse a sí mismo, su vida comenzó por segunda vez. Él era consciente de que ese fallecimiento, que se había producido solo un año antes, era la fuente de la que emanaba la amargura de ese balance de tres décadas.

A Herbert la muerte le llegó en el anonimato, y no con la gloria que habría merecido. Ocurrió una noche en un callejón del centro de la ciudad a manos de un pobre miserable para el que una vida no valía nada si no llevaba encima más de diez dólares. Su colega no poseía muchos billetes de diez cuando abandonó el mundo. Y no porque no hubiera hecho méritos para acumularlos.

Si no hubiera sido por Hebert ese 7 de octubre de 2010 habría sido el primero en la vida de Wells. Sin embargo, no lo era. Wells ya lo había vivido. Pero ese primer 7 de octubre de 2010 no había sentido amargura, sino felicidad, ya que había logrado los dos  propósitos que se encomendó a sí mismo  treinta años antes: aplicar todos los secretos que había aprendido sobre la ciencia… y sobre el corazón de Weena.

Para conseguirlo solo había tenido que pagar un precio: traicionar a su compañero, tomar de la caja de seguridad los planos del invento que ambos habían ideado juntos y dejar tirado a Herbert en un mundo del que solo podía esperar que lo tomara por loco cuando denunciara que había sido abandonado  en un tiempo, y no en un lugar. Ese sentimiento de culpa fue el que empujó a Wells a la estancia de su laboratorio a la que solo él tenía acceso. Sonrió al ver como la sábana que cubría su cachivache -también obra de Hebert- le hacía parecerse sorprendentemente al De Lorean DMC-12 deportivo ideado por Robert Zemeckis para la película Regreso al futuro, cuyo estreno -en 1985- había podido ver dos veces.

Con esa sonrisa se subió al asiento del ingenio y, por segunda vez en su vida, un 7 de octubre de 2010 puso en el panel de mandos de la máquina una fecha: 7 de octubre de 1970. Así fue como volvió al tiempo en el que era un hombre auténtico, eso sí, con un conocimiento superior al de sus contemporáneos. Sin embargo, esta vez había decidido utilizarlo de una forma muy diferente.

 

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Alfredo Garcia
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1 Comentario

  1. Yizeh dice:

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