El aterrador jersey errante: primera parte

Mierda, esto no debería estar pasando, no puede estar pasando. Pero aquí estoy, sentado sobre una cornisa y al borde del vacío. A punto de tirarme para acabar con mis sesos esparcidos por la acera, al lado de un cartel de Colgate. Sé que no es un final digno, pero yo no soy un caballero Yedi y las cosas, bueno, mejor dicho esa cosa, me  han superado. En fin, empezaré por el principio, por el jodido comienzo.

Era una tarde de esas en las que el aire es espeso y caliente, y el ambiente parece estar esperando o escuchando tus pasos, en medio del sonido de los papeles rodando por las aceras. Iba a caer una tormenta de esas que tienen gotas gordas como canicas y relámpagos púrpuras. El caso es que iba  a caer una tormenta que lo flipas. Yo lo notaba y por eso volvía tan rápido de la facultad.

Estaba alelado escuchando el Waka-Waka en mi Ipod, y al cruzar un paso de cebra un taxi casi me convierte en un berberecho contra el asfalto. Por fortuna, una gitana que vendía pañuelos andaba por allí cerca y me cogió del brazo para impedir el fatídico desenlace. Después de que el taxista jurase en hebreo y austro-húngaro, la gitana me sonrió amablemente y escupió en la carrocería después de soltarle alguna floritura al mostachudo conductor madrileño. No sé qué me dijo, pero la tipa se puso a leerme la mano mientras se oían los truenos por la sierra. Había algo aterrador en esas manos huesudas, en esos anillos dorados y en esos dientes llenos de caries. Pero lo peor fue cuando me di cuenta de que la gitana tenía un ojo verde y otro azul. Lo cual es raro de cojones, al menos que yo sepa.

La tía, más que hablar farfullaba, y se movía con total libertad por la palma de mi mano. El caso es que yo no las tenía todas conmigo: quería llegar ya a casa, iba a caer la del pulpo, había estado a punto de ser aniquilado por un peseta y esa tipa no hacía más que sobarme. Tengo que reconocerlo, quizás no fui lo suficientemente cortés, le mandé a la mierda y me piré.

Cuando me giré tenía el puño en alto y me miraba con desprecio. Me guiñó un ojo, hizo una especie de símbolo OK con sus dedos y se los besó antes de escupir otra vez al suelo, justo cuando se oía un monumental trueno. Tonto de mí, me reí de ella mentalmente y pensé que el ayuntamiento debía contratarla para mantener limpias sus aceras. Ahí comenzó mi rápido declive hacia la locura y hacia las mismísimas puertas del Averno.

Cuando llegué a casa ya habían empezado a caer las primeras gotas. Dejé mi jersey y mis zapatillas en el armario, me tomé un zumo y me tiré en el sofá con el portátil en las rodillas, para “internetear” un rato. En medio del asunto, se fue la luz de repente y el Wi-Fi se fue al cielo de los electrodomésticos. Ahora estaba lloviendo torrencialmente y por la casa se oían las gotas chocando furiosamente contra las ventanas.

No es que sea un cagado de miedo, pero no me gusta estar sólo en casa cuando está cayendo un “tormentazo”, así que recurrí al sustituto de internet: Casiopeo, mi gato, que por muy gato, gordo y huraño que sea, es mi gato. En este punto, detallaré todo lo ocurrido para mostrar cómo algo tan rutinario como darle de comer al gato, se puede convertir en un aterrador suceso digno de las epopeyas más oscuras.

 

Cogí una latilla dorada de esas de gato gourmet, manda narices que mi gato coma mejor que yo, y me paseé por la casa buscando al susodicho animal. Como mi gato tampoco es un representante vivo de la valentía y el coraje, y fuera estaban cayendo rayos y centellas, lo busqué debajo de la cama, detrás del sofá y en su rincón preferido: la taza del wáter.

La tormenta arreciaba y como estaba oscureciendo, empezaba a no ver demasiado, así que el perfil negro y gatuno de mi mascota podía estar en varios rincones de la casa. Fui a por un mechero y una velita y cuando me levanté casi me giño allí mismo. La puerta del pasillo se cerró de un portazo por culpa de la corriente. No, sin duda no soy un adalid de la valentía.

Provisto de la velita y de la lata de comida gato-gourmet, entré en mi habitación y busqué a tientas el interruptor de la luz con mi mano temblorosa, a pesar de que se había ido la luz, muy listo yo. La civilización desaparece y la anarquía mental triunfa rápidamente en cuanto se va la luz.

Me había dejado la puerta del armario abierta, así que supuse que el muy cabrón del gato se había metido dentro hasta que pasase la tormenta. Más de una vez me había ido a la calle con perfume de pis de gato gracias a las costumbres de Casiopeo. Aquí viene el primer susto.

Mientras me acercaba al armario me di cuenta de que mi ropa estaba tirada por los suelos, como si hubiese explotado una bomba o hubiesen enchufado un aspirador. Las deportivas yacían tiradas como barcos hundidos, las camisetas estaban apiñadas y los pantalones estaban dispuestos en grotescas posturas por el suelo, encima de la cama, sobre el espejo, en las estanterías. Se me formó un nudo en el estómago y me entraron ganas de cagarme en el gato, pero casi enseguida me di cuenta de que Casiopeo no era el increíble Hulk.

Entonces, me agaché para buscarle en el fondo del armario y vi algo horrible. Había pelos de gato por todas partes. No como esos que sueltan cuando se restriegan por tu pierna, no. Parecía que el gato hubiese explotado y hubiese salido del armario envuelto en una nube de pelo. Había pelos por todas partes, y el armario era la zona cero. El armario era el Chernóbil de los pelos de gato.

Y entonces encontré el epicentro, era una bola negra y enorme de pelo, del tamaño de un melón. La toqué con la lata de gato-gourmet y se deshizo en una maraña. Y lo que es peor, no había ni una sola gota de sangre, como si…como si el gato se hubiese convertido en fibra de poliéster.

Me levanté de un salto y fui a la cocina corriendo, en busca de lo más necesario en una situación así. Un enorme cuchillo jamonero.

 

 

Gonzalo López Sánchez

Gonzalo López Sánchez, nacido en Barcelona en 1987, aunque posteriormente reside en Madrid, Guadalajara y Málaga. Licenciado en Biología en la Universidad Autónoma de Madrid y Máster en Microbiología en la misma universidad. Aficionado a la historia, los juegos de rol y la escritura de relatos breves.

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3 Comentarios

  1. por xplorador publicado el 24/05/2011  22:53 Responder

    Lascivo, te dedico este relato que hice a raiz de ver la página de Sopa de Mente. En concreto, la imagen de "El jersey me pega con los zapatos" me inspiró para hacer esta chorrada. Espero que sea divertido :D

  2. por Yizeh publicado el 27/05/2011  15:31 Responder

    Madre mía xDDDD

    En primer lugar, muchas muchas gracias. Pocas o ninguna vez me han dedicado un relato tan molón y divertido. Desde luego es surrealista de cojones, aunque espero un desenlace más desternillante aún, je, je, je...

    En segundo lugar, disculpa por haber tardado tanto en comentar. Por motivos familiares y blablabla he estado fuera de Madrid y me ha sido imposible y tal y cual. Amos, que entre el lío de cosas que tenía y el "lo vas dejando, lo vas dejando"... En fin, no somos nadie. No hay excusa. Soy lo peor xD

    Me has picado, Xplorador, y te respondere con un relato similar o igual. Y no va a ser manana ni pasado, pero sera cuando menos te lo esperes. Muahahaha!!!

  3. por Pequadt publicado el 30/05/2011  12:21 Responder

    Me ha gustado el tono surrealista xDD

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