El mar de María

Primeros pasos

 

Agaete (isla de Gran Canaria)

29 de marzo de 1934

 

Las escasas nubes que cubrían el pequeño puerto de Las Nieves se desplazaron hacia el oeste, como atraídas por el gran disco rojo que se ocultaba tras la línea del horizonte. Los últimos rayos del sol iluminaron el enorme roque de piedra basáltica que, durante el transcurso de miles de años, el mar perfiló caprichosamente hasta hacerlo parecer un dedo índice apuntando al cielo.

Los lugareños lo denominaban «El dedo de Dios».

Al amparo de la iglesia de La Concepción, emplazada en el pequeño pueblo de Agaete, María llenaba sus pulmones por vez primera en manos de la comadre Adelita (avisada tres horas antes, ya que la niña pugnaba con fuerza por nacer).

Los hombres esperaban fuera de la casa. El parto y su preparación era cosa de mujeres.

Adelita salió al patio exterior y, con sus finos labios que dejaban entrever los dos únicos dientes que le quedaban sanos, le dijo al padre del bebé:

—Es una hembra. Tiene todos los deditos de las manos y de los pies.

Álvaro entendió que su hija nació sana y, sin articular palabra, se apoyó en el entramado de viejas tablas que configuraban el pequeño corral anexo a la casa. Esperó a que la partera desapareciese de su vista, extrajo de su bolsillo una porción de tabaco, lo depositó con cuidado sobre papel de fumar, lo lió y alzó la vista a la noche estrellada.

—Dios, ¿qué te he hecho para que me castigues así? Con esta ya van tres hembras —dijo mientras escupía una hebra.

Pobres de solemnidad, el nacimiento de una hija significaba una carga, más que una ventaja, para la unidad familiar.

La miseria se hallaba enquistada, como un cáncer, en sus vidas. Pagaban una renta mensual a don Salvador a cambio de residir en una minúscula vivienda. Esta consistía en una salita a la que se abrían dos habitaciones: un dormitorio de matrimonio y una cocina; eso era todo. No existía retrete, ni ducha, ni agua corriente. Sus necesidades las realizaban en el corral y el agua la obtenían de un pequeño grifo comunal a las afueras del pueblo.

Todo ello lo compartían seis personas: dos adultos, tres niñas y un varón.

En ese mismo instante, la niña mamaba plácidamente ajena al futuro que se le avecinaba.

 

 

Agaete (isla de Gran Canaria)

10 de septiembre de 1959

 

María, a sus veinticinco años, se había convertido en una preciosa mujer. Piel morena, ojos negros como la noche que la vio nacer, pelo ensortijado y curvas por las que hacían cola varios pretendientes.

Se secó la frente con el pañuelo, bebió un sorbo de agua y prosiguió su tarea de recogida de tomates para la que había sido contratada como jornalera. Siempre la requerían porque era rápida, eficaz y nunca se quejaba del trabajo duro.

El poco dinero que obtenía lo aportaba a la economía familiar. Ella se quedaba con unas pocas monedas que conseguía ahorrar para poder comprar un bañador y disfrutar de su único día libre al lado del mar.

No sabía nadar, como apenas sabía leer y escribir. Desde temprana edad la obligaron a dejar la escuela.

—¿Para qué necesitas la escuela? Tu misión en la vida es servir a tu padre y hermano. Cuando te cases, lo harás para tu marido e hijos —apostilló un buen día Álvaro.

Eso era lo que se esperaba de las mujeres: esclavitud encubierta amparada por el Estado y la Iglesia.

Pero como quiera que se necesitaba el dinero en casa, María se levantaba antes de que cantara el gallo. Junto a su madre y hermanas caminaba un largo trecho para recoger agua. Preparaban el desayuno, la ropa de los hombres de la casa y la comida que estos iban a necesitar durante la hora de descanso en sus jornadas.

Por el contrario, los varones se levantaban más tarde, se lavaban con el agua fresca, desayunaban, cargaban en unas cestas la comida y se marchaban a trabajar.

Las mujeres recogían la mesa, limpiaban la casa, hacían las camas y corrían para no llegar tarde a la recolecta de tomates.

Cuando María volvía a casa con la espalda reventada continuaba con su quehacer diario: preparar la cena, dar de comer a los animales, recoger agua… Cenaba una vez terminaban los hombres de la casa y caía rendida en la cama.

 

 

Sueños rotos

 

—¡Muchacha!, que lo vas a gastar si lo miras tanto —señaló Paca la bizca, propietaria de la tienda más concurrida del pueblo. En un tremendo alarde de imaginación bautizó a su negocio como Ca´Paca.

Dentro del local se amontonaban, sin orden ni concierto, toda suerte de mercaderías. Entre ellas, destacaba el bañador negro que atraía la atención de María.

—¡Es tan bonito!

—¿Por qué no te lo pruebas? Puedes hacerlo en la parte de atrás.

María apenas pudo contener una sonrisa cuando la miró a la cara. Ante sí, con los brazos en jarras en mitad de la tienda, se hallaba una mujer menuda, regordeta, el pelo recogido con un moño y la frente surcada de arrugas. El ojo izquierdo miraba directamente a su potencial cliente, mientras que el derecho se orientaba, con rebeldía, hacia el este.

—Si quieres puedes reírte de mi defecto sin ningún tipo de problema. Desde niña estoy acostumbrada a ello y, a estas alturas de mi vida, ya no me sorprende nada. ¿Crees que no sé que todos en el pueblo me llaman por mi mote?

—Perdona si te he molestado. No era mi intención… —dijo María.

—¡Bah!, dejémonos de tonterías y vamos a lo que realmente importa. ¿Te lo pruebas o no?

—Me encantaría, pero…

—¡Pero… qué! —exclamó con impaciencia Paca.

—Nunca he ido a la playa y no sé nadar —reconoció María—. Además, me temo que mi hermano o mi padre no estén de acuerdo con dejarme ir.

—¿Que nunca has estado cerca del mar? ¿Olvidas que has nacido y te has criado en un pueblo marinero? —El ojo derecho de Paca se desvió aún más.

—Es cierto. Siempre he trabajado de sol a sol en los tomateros y en casa. Mi padre dice que solo los ricos van a la playa. Como tienen dinero, no saben qué hacer con su tiempo y lo pierden tirados como lagartos al sol.

—Ya. ¿Crees que todos los extranjeros que vienen de vacaciones son millonarios?

—No lo sé…

—Venga niña, cógelo y te lo pruebas. Yo vigilo que no haya «moros en la costa» —dijo Paca mientras le alargaba la prenda.

María accedió a una pequeña habitación, deslizó la mano por el tejido mientras apreciaba su textura y, con rapidez, se lo colocó. Inmediatamente comprobó que se le adaptaba como un guante.

—¿Y bien? —preguntó Paca.

—Me queda perfecto.

—Seguro que vas a estar muy guapa. Entonces, ¿te lo envuelvo?

—No estoy segura… ¿Cuánto vale?

—Si es por eso, no te preocupes. —Paca se rascó la barbilla mientras lo meditaba y, finalmente, dijo—: Se te queda en dos «perras chicas», pero con la condición de que no se lo digas a nadie porque entonces me quedo sin negocio.

—Gracias, Paca. —Una lágrima rodó por el rostro de María.

—Anda niña, vete ya, que se te hace tarde.

*  *  *

María giró la esquina y enfiló la calle en la que residía su mejor amiga. Golpeó la puerta con los nudillos.

—¿Quién es? —preguntaron desde el interior.

—Soy María, señora Juana. ¿Está Carmela?

—Voy a avisarla. Enseguida viene.

—Gracias.

—No te quedes ahí fuera. La puerta está abierta. Entra.

Empujó la desvencijada puerta que daba acceso a un estrecho pasillo. Mientras esperaba, su rostro denotaba una emoción que a duras penas lograba contener.

—¿Te ocurre algo? —preguntó Carmela mientras salía de su dormitorio.

—Mira que bañador me he comprado.

—Bonito de verdad —asintió Carmela con admiración—. Entonces, este domingo, después de misa, ¿vamos a la «caleta» con Maruquita y Tina?

—Sí, por favor. ¡Tengo tantas ganas de sentir el mar en los pies!

—Y yo también. ¿Lo saben tus padres?

—No. Pero si lo mantenemos en secreto, nadie se va a enterar.

—De acuerdo, palabra de honor —dijo Carmela mientras se persignaba.

*  *  *

Ese domingo, don Ramón, el párroco del pueblo, volvió a recordar a sus feligresas que Dios creó a Eva a partir de una costilla de Adán. Por esa razón estaban supeditadas al hombre según la «Palabra de Dios».

Ellas escuchaban con recato bajo el pañuelo que obligatoriamente tenían que llevar cubriendo el pelo —tal vez para que el Cristo de la cruz no se excitara pecaminosamente— y asumían como verdad absoluta las idioteces que les espetaba don Ramón.

Por fin finalizó su arenga y dejó marchar a su manso rebaño.

*  *  *

María y sus amigas reían y conversaban mientras se bañaban en los charcos formados por la bajamar. El sol acariciaba las únicas partes dejadas al descubierto por las prendas de baño: cara, brazos y piernas.

—¡Qué rica está! —dijo Carmela mientras mojaba a sus compañeras.

Todas ellas, siguiendo el ejemplo de su amiga, comenzaron a lanzarse agua hasta que terminaron completamente empapadas.

—¡Uf! —resolló Maruquita—, me voy a tender un rato para que me dé el sol en estas piernas tan blancas que tengo.

—¿Extendemos las toallas unas al lado de las otras? —preguntó Tina.

—Sí, por favor. Así podremos hablar de nuestras cosas… —planteó María.

De repente, como aparecida de la nada, una figura se recortó ocultando parcialmente el sol. Se trataba de Pedro, hermano de María.

—Vístete ya y vamos pa´casa —le espetó a su hermana con rabia contenida.

Las tres amigas miraron con lástima a María. El silencio pesaba como una terrible losa.

Con sumisión, ella se vistió y acompañó en silencio a Pedro.

No intercambiaron palabra alguna durante todo el recorrido.

Cuando entraron en la vivienda, y sin mediar palabra, él le estampó en la cara una brutal bofetada que la desplazó contra la pared más próxima. Acto seguido, cogió unas tijeras, le arrancó el bañador de las manos y, mientras lo cortaba en pequeños trozos, le gritaba:

—¡Solo las putas se atreven a llevar bañador en público! Que sea la última vez, porque si no te mato a palos.

 

La huida

 

Las Palmas de Gran Canaria

3 de abril de 1963

 

Llamaron a la puerta. Carmen corrió escaleras abajo y se quedó de piedra al contemplar por primera vez a Manuel. Era el hombre más guapo que había visto en su vida.

—¿Está María? —preguntó Manuel.

—Un mom…., un momento por favor. —Logró articular la cocinera.

Se reunió inmediatamente con Tata y le comunicó que un desconocido guapísimo preguntaba por María.

Después del fatídico episodio con su hermano, María se había trasladado a la ciudad para trabajar como personal de servicio en un palacete propiedad de una familia aristocrática.

Conoció a Manuel mientras paseaba por la calle en su único día libre de la semana; se enamoraron perdidamente.

Durante un año mantuvieron en secreto su relación. Si alguien se hubiese enterado de la misma (¡Una mujer a solas con un hombre…, a saber lo que harán!), habría supuesto la humillación para María, su despido inmediato y la vuelta al pueblo con deshonra.

Pero ahora las cosas eran diferentes, lo planearon meticulosamente y dispusieron hasta el más mínimo detalle para contraer matrimonio.

Manuel recogió la maleta que le tendió María.

—Adiós, Tata. Buena suerte, Carmen. —Las lágrimas corrieron por sus mejillas cuando se despidió; lágrimas de felicidad.

 

 

Las Palmas de Gran Canaria

18 de agosto de 2006

 

Aunque Manuel era un buen hombre, no pudo o no quiso sustraerse a las facilidades que le reportaba la sociedad patriarcal.

Sacaron adelante a cinco hijos: cuatro varones y una niña.

Ambos trabajaban duro para que a sus hijos no les faltara de nada, pero para María, cuando llegaba a casa, no había descanso: esta vez al servicio de sus hijos varones y de su marido.

Sin embargo, ella lo asumía con total normalidad y trató de inculcarle esas ideas a su única hija, pero no se percató de que los tiempos habían cambiado.

En Sara armonizaban una belleza fuera de lo común y un carácter indómito. Su marido le solía comentar divertido: «Tienes los huevos que les faltan a todos tus hermanos juntos». Además, quería a su madre con locura y sufría con la actitud resignada de María ante la prepotencia de su padre respecto de las mujeres.

Por esa razón, y a lo largo de los años, Sara trató de cambiar en ambos esa forma de pensar y que la sustituyeran por la solidaridad. ¿Tarea imposible…?

Con setenta y dos años de vida, María sonríe a Manuel con cariño mientras la brisa del mar acaricia sus mejillas y las olas de la orilla bañan sus pies…

Los verás cogidos de la mano, entrelazados sus dedos y profundamente enamorados.

 

Mariano Campo.

 

 

 

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2 Comentarios

  1. por xplorador publicado el 10/11/2011  00:34 Responder

    Una bonita historia magistralmente narrada. Si puedo sacarle un pero es porque subo mucho el rasero.

    Ha habido un detalle que no me ha gustado, y ha sido esta oración:

    "Eso era lo que se esperaba de las mujeres: esclavitud encubierta amparada por el Estado y la Iglesia".

    Creo que desentona con el tono general de la narración y que podrías haberla sustituido por algo más indirecto, sutil y efectivo.

    Es un placer leer lo que escribes. ¡Un saludo!

    • por Logan publicado el 10/11/2011  01:23 Responder

      Gracias por tus comentarios.
      Tal vez tengas razón acerca de la de la frase que destacas (máxime cuando al narrador se le presupone que debe ser imparcial), pero, a veces, me puede la pasión y, para colmo, me gusta dejarme llevar por ella.
      Es que no tengo remedio...
      Saludos.

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