La habitación de la ira

Alexia estaba aburrida de echar currículum allá donde iba o donde pensaba que tendría una pequeña oportunidad de asomar su cabeza al mundo laboral. Pero pronto cambiaría su suerte, lo sabía.

Mientras iba paseando le llamó la atención un establecimiento con una fachada muy sobria. En la puerta acristalada había un cartel: “Se busca personal”. Sin dudarlo un segundo entró.

El interior del local era como la fachada. A Alexia le parecía un poco impersonal.

Detrás del mostrador había una mujer de unos cuarenta años, seria, con media melena, vestida de gris. Se presentó como Mina.

La mujer le dio la bienvenida, recogió el currículum que Alexia le tendía y empezó a comentar en qué consistía el puesto de trabajo.

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– Bueno, ya sabe usted que en tiempos de crisis hay que ser creativo. Quizá le extrañe el tipo de puesto de trabajo que ofrecemos pero, déjeme que le explique desde el principio. Está usted ante un nuevo proyecto que viene de Alemania. Allí se gestó la iniciativa y recibió por nombre der Zornzimmer-.

Alexia que no tenía idea alguna de lo que, suponía,  era alemán, se preguntó cuál sería el significado de /soahsima/. La mujer no tardó demasiado en seguir explicando mientras comenzaban a pasear por las instalaciones.

– Se preguntará qué se esconde tras este concepto… Verá, el creador de esta empresa, el Doctor Gebauer, es un conocido investigador berlinés, doctor en Psicología de la conducta cerebral reptiliana y experto en Psiquiatría. El doctor, tras años de investigación y basándose en los tiempos de respuesta de conducción neuronal, decidió centrarse en el estudio de las emociones básicas, aquellas que vienen provocadas por la parte irracional del cerebro, las que no somos capaces de procesar antes de ponerlas en marcha por decirlo de algún modo, ¿me sigue?-.

Alexia empezaba a estar asustada, no le gustaban los psiquiatras y mucho menos los psicólogos y aquellas instalaciones de un blanco roto le recordaban demasiado a lo que en las series y películas solía corresponderse a manicomios o centros de rehabilitación de gente muy chunga. Siendo optimista todo tenía aire de clínica.

Alexia se fijó en Mina que le miraba extrañada, con los labios fruncidos y se dio cuenta de que esperaba una respuesta.

-Eh, esto, sí, sí, claro, continúe-.

– Bien, pues como le iba contando, de todas las emociones básicas decidió desentrañar una de ellas, la ira. Estudió su mecanismo durante mucho tiempo y se dio cuenta de que muchos de sus pacientes necesitaban un espacio para poder expresarla, un espacio que por aquel entonces no existía. Y eso es lo que ofrecemos aquí. Ofrecemos un espacio en el que las personas, de forma puntual, puedan expresar su ira sin miedo a represalias o a poder ser considerados “peligro público”-.

Aquello sonaba raro… Y peligroso. Pero pagaban bien y no eran muchas horas.

– Entonces, el significado exacto de Zornzimmer, ¿cuál es?- Pregunto Alexia a Mina.

– ¿No es evidente? Habitación de la ira. Pero hemos querido conservar el nombre original porque le da un toque más chic y porque “habitación de la ira” suena a peli de terror.-

-La verdad es que un poco sí-, admitió Alexia.

La mujer siguió contándole el proyecto, dándole detalles, cifras y los servicios que ofrecían. Era extraño, pero nadie podía decir que no fuese novedoso e incluso de gran utilidad para el desarrollo de la humanidad.

– Entonces, ¿qué le parece?-, preguntó Mina- ¿Le interesa el puesto, señorita Deán?-.

Alexia dudó. Era un puesto de recepcionista, las condiciones eran inmejorables, el sueldo era bueno y empezó a pensar que era una histérica por pensar que todo aquello daba “yuyu”.

Aceptó. Aquella misma tarde firmó el contrato para poder empezar a la semana siguiente y se marchó a su casa contenta, dispuesta a disfrutar del fin de semana.

El primer día de trabajo se levantó con un escalofrío. A los pocos segundos de abrir los ojos comenzó a sonar su radio-despertador… “Don’t worry, be happy”… y aquella canción le tranquilizó.

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Cuando aquella mujer le había explicado en qué consistía el proyecto, Alexia, en su fuero interno, se había mostrado escéptica: ¿quién iba a utilizar aquellas salas?

Las consignas eran claras: los clientes tenían una carta muy amplia de posibilidades entre las cuales se les daba la opción de elegir lo que más se ajustase a lo que ellos creían que calmaría su ira. Realizaban un test (Alexia no sabía muy bien qué se preguntaba en él), pasaban a una consulta en la que eran atendidos por un equipo formado por una psicóloga alemana y un psiquiatra holandés y más tarde se les ofrecía un presupuesto de lo que podía costar la “terapia”.

Alexia sabía a ciencia cierta que los clientes tenían que firmar una cláusula antes de acceder al servicio que ofrecían y que las salas estaban insonorizadas y monitorizadas “por lo que pudiera pasar”, le había indicado Mina.

Aquella mañana se sentó en el escritorio dispuesta a no hacer nada. Pero Alexia se equivocaba.

A los diez minutos de empezar su jornada laboral sonó el timbre. Abrió. Tras la puerta se encontraba una mujer menuda, delgada, muy elegante. Iba vestida con una blusa blanca anudada al cuello, pantalones negros de vestir y zapatos rojos de tacón. Tenía el pelo recogido en un moño y los labios color carmín.

-Buenos días, vengo para concertar mi cita a las ocho de la tarde si es posible- dijo con una voz dulce y suave-.

Alexia cogió el dietario y preguntó:- ¿Podría facilitarme su nombre y su número de teléfono?-. Apuntó la cita y despidió a la señorita.

A lo largo de la mañana recibió alguna que otra llamada preguntando por los servicios que se ofrecían pero al ver que no tenía mucho que hacer decidió dar una vuelta por las instalaciones desviando la centralita a su teléfono móvil personal.

Al pasear le llamó la atención una de las salas que estaba abierta. En ella había un pijama blanco, pintura roja y una vajilla de cristal por estrenar.

La siguiente sala que se encontró abierta contenía una cama con sábanas negras  de un tejido que parecía satén y cuerdas.

Tras el paseo Alexia no pudo evitar pensar que más que “la habitación de la ira”, aquello tendría que llamarse “la habitación de las perversiones”. También le dio por imaginar el tipo de servicio que habría solicitado la mujer elegante: – Apuesto a que su sala se parece más a la de las sábanas de satén-.

Pasó la semana y ella se dedicó a coger llamadas, informar y apuntar citas en el dietario. Le extrañó que todos los usos de las habitaciones fuesen fuera de su horario de trabajo.

A la semana siguiente, la  primera mujer que había inscrito en la agenda, Frau Kamister, volvió a preguntar por la disponibilidad de la psicóloga y el psiquiatra para concertar una entrevista.

Frau Kamister parecía cada vez más frágil y más cansada. Su piel estaba adquiriendo un color cetrino, enfermizo.

Alexia llamó a la sala de cuidados mentales y según lo que le indicó la secretaria, le ofreció a Frau Kamister dirigirse directamente a la sala en lugar de darle una cita para más tarde.

Según pasaban las semanas Alexia no tenía más información de la que había recibido en su día para empezar a trabajar. Se dedicaba a responder al teléfono, anotar, pasar llamadas, tomar citas y acoger a los clientes.

Una mañana, en uno de sus paseos, encontró una sala llena de monitores. Imaginó que allí era donde quedaban registradas las sesiones de los usuarios de las “Zornzimmer”. Le llamó la atención ver en uno de los monitores la imagen congelada de Frau Kamister y la curiosidad mató al gato.

No sabía si podía visionar los videos pero, al no tener sonido, al tratarse solo de un servicio de imagen, buscó como poner en marcha la grabación y observó.

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Frau Kamister estaba en una sala que ella ya había visto antes. En ella había un pijama blanco, pintura roja y una vajilla de cristal por estrenar.

Lo primero que hizo Frau Kamister fue quitarse la ropa y ponerse el pijama blanco guardando su ropa de calle en una bolsa y depositándola en una esquina. Después se sentaba en el centro de la habitación y parecía que se estaba meciendo hasta que, en medio de una especie de convulsión erguía la cabeza y, aunque no pudiese oírse, Alexia hubiese jurado que podía escuchar sus gritos. La cara de dolor de aquella mujer era conmovedora. Alexia avanzó el video hasta que cambió la imagen. Según indicaba la hora de grabación, la mujer había gritado durante más de media hora. Lo siguiente que hizo Frau Kamister fue coger la pintura roja y pintarse pequeñas dianas sobre el pijama blanco. Tras dibujar sobre la tela, fue directa a la pila de platos de cristal. Cogió uno de ellos y lo estrelló contra la pared. Así uno a uno los treinta y seis platos que formaban aquella vajilla. Había pedazo de cristal que le saltaban a la cara y ella ni se inmutaba.

Alexia estaba acongojada, no sabía qué podía hacerle sufrir tanto a aquella mujer. Pero lo siguiente que hizo Frau Kamister fue lo que más le impresiono a Alexia. Empezó a coger los trozos de cristal con las manos: se cortaba, tenía las palmas sangrando y tras valorar cuál era el pedazo más grande, lo clavó en una de las dianas que había dibujado en el pijama. No quedaba rastro de elegancia en aquella mujer. Alexia cerró los ojos rogando que no llegase a coger otro trozo de cristal y no ver así cómo hundía el material en su cuerpo. Y así fue. La puerta de la sala se abrió y aparecieron dos hombres que se llevaron a Frau Kamister a otro lugar.

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Alexia, nerviosa intentó dejar todo como lo había encontrado pero por mucho que lo intentaba no podía sacarse la imagen de la mujer insertando los añicos de la vajilla en su propia carne.

Tenía ganas de buscar el teléfono de Frau Kamister, indagar si estaba bien.

Esa noche Alexia no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía manchas de sangre y creía oír los gritos desesperados de dolor de alguien, en alguna parte.

A la mañana siguiente se levantó decidida a dimitir: – No hay dinero en este mundo que pueda pagarme por ser cómplice de esto-. Pero antes de llegar al edificio, recibió una llamada de teléfono de Mina, la mujer que le había dado el puesto de trabajo. Quería hablar con ella antes de su jornada laboral.

Cuando abrió la puerta, lo que encontró al otro lado del dintel le inquietó enormemente. Allí se encontraba Mina escoltada por dos hombres –Alexia hubiera apostado que eran los mismos que habían impedido la carnicería de Frau Kamister-.

-Querida Alexia- comenzó Mina, -hemos podido comprobar que eres de naturaleza curiosa y, verás, una de las cosas que se exigían para este puesto era la discreción. Sabemos que has visionado una de las sesiones en una de las salas. Esto implica que tiene usted que pasar a la sala de cuidados mentales-.

Alexia no tuvo tiempo de reaccionar. Los dos hombres, grandes y musculosos le asieron de los brazos y se la llevaron arrastrada.

Alexia empezaba a estar asustada, no le gustaban los psiquiatras y mucho menos los psicólogos y aquellas instalaciones de un blanco roto le recordaban demasiado a lo que en las series y películas solía corresponderse a manicomios o centros de rehabilitación de gente muy chunga.

Dentro de la sala sólo había un taburete y estaba excesivamente iluminada. La luz le hacía daño en los ojos.

De repente se oyó una voz: -¡Siéntese!- .

No sabía dónde debía mirar puesto que no tenía ningún interlocutor a la vista. Obedeció.

– Imaginamos que ya habrá adivinado lo suficiente sobre Frau Kamister… Aunque si ha vuelto quizá no sepa nada-.

– Yo… Ver el video fue un error, creí que no pasaría nada, lo siento, déjenme salir, ¡por favor!-. No podía creer su mala suerte, le parecía estar viviendo una pesadilla.

-Sí, ha sido un error… Exactamente el mismo que cometió Frau Kamister-.

 

 

 

 

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