Ananke

-Las ninfas ya se han ido.

Habían sido las primeras en desaparecer. Al principio lo culparon a la acción de los hombres y a los vertidos que llegaban cada vez más arriba y más profundo, hasta contaminar los manantiales. No obstante, incluso las más empecinadas tuvieron que admitir que su raza estaba condenada desde hacía mucho tiempo. Los espíritus puros son demasiado frágiles: sus cuerpos, hechos de poco más que de sueños y de anhelos, resistían mal el frío y los cambios, y quedaron relegadas, como tantas otras cosas, al mundo del semiolvido.

Náyades, sátiros, espíritus de la tierra y el aire, se resistieron un poco más a la disolución. Algunos siguieron ocupando sus loci ancestrales, encantando bosquecillos cada vez más pequeños, círculos de hongos que recogían los excursionistas, tocones de árboles golpeados por el rayo. Sus números se han reducido con los años, no sé si han desaparecido ya.

Otros se adaptaron a los nuevos tiempos y pasaron a ser espíritus de motores y de andamios, encantando almacenes y círculos amarillos debajo de farolas. Aún quedan muchos, y seguro que los has sentido más de una vez. La figura semioculta que te llama desde un portal y que desaparece en un parpadeo, una ansiedad inexplicable que te atenaza el corazón al cruzar una cierta callejuela. No todos se conforman con tan poco. A veces el amigo con el que te encuentras una noche no es lo que parece. A veces, algunas personas pasean por los suburbios para no volver.

Ananke fue una de las pocas que escogió la tercera vía, un camino despreciado y temido. Conseguir la mortalidad es, para un inmortal, tan arduo como para nosotros el camino inverso. El dolor fue inimaginable. El súbito peso, el frío, la claustrofobia de sentir huesos y carne y músculo y piel condensándose en torno al yo, fundiéndose con él en un proceso que, con sus recién descubiertas náuseas, le pareció nauseaundo.

Estaba perdida en su propio cuerpo. Ella, que corría desnuda con su manantial, estaba atrapada en este animal sucio, que sudaba, que la acosaba con necesidades vulgares. Antaño había poseído la idea de unos pechos, breves y blancos, y descubrió con horror que en un cuerpo no eran más que sacos de piel y grasa. Su pelo, que antes fluía con el viento, se enredaba, se ensuciaba hasta convertirse en un amasijo.

Ananke no está bien. Es muy duro para los de su clase descifrar la realidad a través del filtro sucio que son los sentidos. A veces intenta recordar cómo era antes, las deslumbrantes marañas de causa y efecto pulsando como un corazón de luz, rodeándola. Esos días le duele la cabeza y tiene ganas de llorar sin saber por qué, y tiene que fumar hierba para poder irse a dormir.

Si pasas cerca de su casa te invitará a un café. Dile que vas de mi parte. Es una chica de modales suaves, con la mirada perpetuamente perdida, te preguntarás qué es lo que está mal con su cabeza. Ella te dirá que no es de aquí, y cuando le preguntes su origen te dirá cada vez un país distinto. Te contará que ha pasado por una mala racha, quizá te pida dinero (siempre está a punto de perder su trabajo). Te darás cuenta del olor extraño de su casa, verás las botellas vacías, las marcas de aguja en sus brazos, y creerás comprender.

Ananke no ha perdido todo su poder. Cuando vayas a verla llévale flores y fruta en sazón, lleva contigo una botella de licor fuerte. Ella entonces comprenderá, y te dejará pasar y te invitará a sentarte en su sofá roñoso mientras lía un cigarrillo que compartiréis. Al cabo de un rato un murmullo gutural surgirá de su garganta, y te hablará de cosas que aún no te han pasado, y todo será verdad.

Cuando acaba de contarte tu fortuna, si tienes fuerzas para quedarte, escúchala. Los espíritus también sienten nostalgia. Te relatará historias de ciudades que cayeron a más de un mundo de distancia y de la vida secreta de las sombras chinescas que ves cuando cierras los ojos.

Cada vez le cuesta más. Su pobre cerebro es solo carne, y solo mediante increíbles esfuerzos puede mantenerse a este lado de la locura. Recibe a veces noticias de los otros, pero el mundo real se interfiere en su pensamiento: comida, bebida, el concierto de su grupo favorito. Un día se levantará y no será más que una humana.

Ananke no sabe si se arrepiente de su decisión. Lo único que sabe es que el tiempo es como un río, como el manantial que ella habitó en otras edades, y que todo lo cambia y lo destruye, y que para vivir hace falta ser como el agua y cambiar. Y mientras tanto sigue viviendo, y en sus momentos de insomnio se pregunta si, en realidad, su vida no sería similar a tantas otras.

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