LA CIUDAD BLANCA

Tom amaneció luego del sueño de la transmutación con algunas palpitaciones incipientes, abrió los ojos y vio el cielo azul del día inesperado. Absorbió un pensamiento y por un instante contempló el destino de la civilización del viento. Una multitud silenciosa, telepática, mutante e irresistible al egoísmo primitivo de los humanos.

Se incorporó de su letargo, tomó la brújula en su mano izquierda y con su dedo índice pulsó el radar ultrasónico de vientos nucleares.

_ Vendrá desde el norte – se dijo mirando hacia el sol entre las montañas de cristales estáticos.

Buscó entre sus herramientas el extractor de gases invertido y subió caminando la montaña hacia el noroeste. Allí  lo colocó sobre un trípode inmóvil, listo para aspirar  el estallido que se expandió irremediablemente después de la ruptura de setiembre.

El viento llegó cuando él ya había descendido la montaña; oculto entre las rocas percibió un olor a monóxido nitrogenado.

Enrarecido el aire dejó su intelectualización penetrante…

El viento arremetió oscureciéndose el cielo, se extravió el tiempo. Todo fue oscuro. Negrura paralizante. Oscuridad, oscuridad, oscuridad…

Las montañas de cristales estáticos invirtieron sus formas, las rocas se ahuecaron . Poco a poco un sedimento blanco, no tan parecido a la ceniza,  se precipitó sobre la zona de piedras astilladas.

Tibiamente el sol dibujó líneas lumínicas entre el viento blanco.

Tom se enderezó.

Una ciudad formó bajo sus pies. Respiraba. El aire fresco permitía la plenitud de una nueva civilización.

La civilización del viento, esa multitud  silenciosa  surgió de las rocas que miraban a Tom.

Tom parpadeó y la civilización telepática caminó por la ciudad.

Tom inclinó su rostro y la civilización telepática  tomó los cristales estáticos de las montañas utilizándolos para revestir las rocas ahuecadas.

Tom levantó la vista a los cielos y un sonido universal descendió suavemente acariciando los oídos de la multitud que dibujó una alegría dulce entre sus labios.

Y la ciudad se pobló entre las rocas cálidas de cristales ahuecados, con una civilización irresistible al egoísmo, telepática y mutante.

Tom buscó unas rocas rectangulares, trajo unos cristales de las montañas y las acomodó para sentarse y apoyar sus herramientas.

Sacó unas galletas.

Y bebió del néctar que preparó exprimiendo unos frutos amarillos que surgieron a orillas de las piedras.

Lágrimas infinitesimales

Lágrimas infinitesimales cristalizaron inmóviles.

Lágrimas de sal, tímidas burbujas, rocío esparcido inequívocamente.

El abuelo

Pasaron varios meses de aquella mañana del viento y Tom  aún no había envejecido lo suficiente.

Comprendió indescriptiblemente que la ciudad blanca se inmovilizaba en los días de enero. Y convocó, entonces, a los habitantes en una asamblea vincular.

Propuso sus ideas sin fastidio. La multitud asintió.

Tom se alejó entre las montañas y nunca regresó.

 Antonio Rolando Arenas

2002.

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