Fiasco. Te atreves… ¿a volar?

Fiasco.

Te atreves… ¿a volar?

 

En un pegote

de estiércol

enterró unos deseos.

El ayer, naranja

y untado de grasa.

Rapaces sin capa

manaban de los portales;

el guiso vespertino

apaciguaba los males.

Ciudad premonitoria

de algo incipiente.

Miradas de alerta

y erupción inminente.

Se sacó el pegote

del bolsillo;

seco, inodoro.

Y sin brillo.

Estiércol enamorado del fin.

Se levantó

del asiento

de la parada de autobús.

El cielo hizo ‘bum’:

petardeo atmosférico.

Esquirlas naranjas

y ruido frenético.

El cielo se fundió

en una luz estroboscópica,

que siguió parpadeando

en una cadencia lóbrega,

que anunció la llegada

del torpedo ensordecedor,

que se llevó a la mujer

de la parada de bús redentor,

quien con prisa e imposición,

surcó el cielo horadando

los límites de velocidad,

que ya no servían

en esa ciudad

… donde, desde el mismo cielo cayó

un pegote de estiércol seco,

resquebrajado y hueco.

 

 

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