Adrenalina

-¡Vamos! –dijo tomando mi brazo y obligándome a acelerar el paso.

Llegamos al andén sin aliento, mitad por la carrera, mitad por el incremento de adrenalina. El convoy permanecía inmóvil, dando la sensación de estar esperándonos. Nos dirigimos al último vagón, pues suele haber asientos libres, y así fue. Tomamos asiento y aire. Por la ventana observe como desde el andén de enfrente la gente se apelotonaba por la falta de espacio. Parecía que el mundo iba en dirección contraria a la nuestra y eso me divertía.

En el interior del vagón, nos rodeaban bostezos, caras de sueño e incluso alguna cabezada. Un hombre de mediana edad luchaba contra sí mismo para mantener los ojos abiertos. Sentí envidia, porque sabía que hoy no podría dormir. Pero también sentí pena por la vida monótona que dibujaban sus arrugas. Yo no sería así –pensé- mientras mi mano navegó por la mochila intentando contabilizar el botín de carteras y joyas. La noche se nos había dado bien.

-Próxima parada Ventas, correspondencia con línea dos –anunció la megafonía de metro, como cada día -. Nos miramos, me sonrió y cogió mi mano. Supe que estaba enganchada a él y a esta nueva vida.

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