Epílogo

No sabía dónde me metía, pero sabía que tenía que entrar.

Al principio el aire estaba cargado, pero según fui avanzando empezó a llegarme el aroma a pan recién horneado. El aire me hacía cosquillas y sentía unas inmensas ganas de reír. Sonaba un sonido mágico que me hacía bailar.

Nunca había sido tan feliz. No podía pensar en nada. Sólo sentía un placer infinito.

Entonces vi sus ojos rojos y sus retorcidos cuernos. No tuve miedo hasta que se empezó a reír.  Todo mi placer se tornó dolor. Un dolor indescriptible, continuo y perenne.

«Bienvenido al infierno» susurró.

Alba Brenes
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