Misión arqueológica (Parte VII)

RESUMEN

García es una arqueóloga espacial que ha encontrado, en un pecio abandonado,una esfera que atrae hacia sí la materia más ligera. Debido a que sus compañeros han tenido que abandonarla y su reserva de oxígeno se está agotando, realiza un alunizaje de emergencia. Durante el descenso, se da cuenta de que las propiedades de la esfera deben ser contenidas en el campo de energía y de que la masa acumulada va a complicar la resolución de ese problema.

Misión arqueológica (Parte I)

Misión arqueológica (Parte II)

Misión arqueológica (Parte III)

Misión arqueológica (Parte IV)

Misión arqueológica (Parte V)

Misión arqueológica (Parte VI)

 

Misión arqueológica (Parte VII)

La luz de la nave se apagó y García cerró los ojos y resopló. Pero la luz volvió enseguida y todos los monitores se encendieron con ella. Todos. De repente, volvían a aparecer imágenes del frente de la nave en una de las consolas. La arqueóloga soltó un grito de sorpresa. Lo que había enfrente era un campo completo de nubes blancas, de agua condensada, pero, aunque eso era una magnífica noticia, lo que le sorprendió fue que el casco de la nave lucía completamente diferente. Todo el metal arcaico había sido sustituido por líneas modernas. Donde había visto una superficie gris plomizo ahora veía un morro blanco plateado. Entonces, sí, se fijó en las nubes. Y en lo que eso suponía. Por una parte, que la atmósfera podía ser muy similar a la de la Tierra. Por otra parte, que estaba a punto de cambiar bruscamente la velocidad de la nave. Corrió hacia la esfera y alcanzó a atraparla justo antes de alcanzar la gravedad cero. Durante diez segundos, iba a disponer de la compensación de la nave para desplazar la esfera. Después de eso, el material acumulado en aquel artefacto haría imposible que lo moviera.

Dos arpones lanzados en direcciones precisas, unidos al propulsor de su traje, le permitieron dirigir la esfera a su soporte de contención sin dificultad, pero, cuando intentó dejarla allí, la esfera quedó pegada a su traje. García se revolvió y comenzó a tratar de alejarla de sí. Con una patada, la empujó un par de metros a través del soporte, pero en seguida atrajo de nuevo a la arqueóloga para sí. La esfera se desplazó hacia el interior del soporte de contención y García se aferró a uno de sus cables para no dirigirse hacia ella. Avanzó penosamente hasta la consola que activaba el campo de energía y logró apretar los botones clave justo cuando la gravedad volvió. La esfera, que medía la mitad de la altura de García, estaba atrapada. La luz de la nave se esfumó y ésta comenzó a caer sin control. García perdió el sentido ante la aceleración gravitatoria.

Se despertó cuando un pequeño organismo le mordió la nariz. Tenía el tamaño de una pequeña araña, pero su mordisco le hizo gritar del dolor. Lo alejó de un golpe y lo remató de una palmada. Un líquido untuoso y cobrizo quedó esparcido por el suelo. Se llevó la mano a la herida de su nariz y vio su propia sangre. Se dio cuenta de que el visor de su casco se había roto con el impacto y de que, por lo tanto, ya no estaba respirando el oxígeno de su tanque. De hecho, según indicaba el medidor, su gas se había acabado unas tres o cuatro horas antes. Había estado inconsciente todo ese tiempo y había descubierto, por las malas, que la atmósfera sí era respirable. Después, su atención se concentró en la esfera, que seguía atrapada por el campo de contención. No sabía de cuánta energía disponía la nave para mantenerlo, pero lo más probable es que contara con paneles solares que se recargarían continuamente mientras llegara algo de luz. Confiaba en ello.

 

Fin del Libro 1. (continuará).

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