El nuevo

Sentado en su sillón blanco de siempre veía a los nuevos llegar. Nunca antes había visto tal cantidad de gente entrar por aquellas puertas. El portero estaba haciendo horas extra para atender a los recién llegados de la mejor forma posible. Había pedido un ayudante, pero la crisis también estaba llegando allí arriba. La Jefa estaba demasiado ocupada tramitando todas las solicitudes de nuevo ingreso como para acordarse del pobre portero.

El viejo miraba atento. Veía caras tristes, cansadas, jóvenes y viejas. Los ojos de los que esperaban en la fila reflejaban una profunda preocupación e incertidumbre. En las frentes de muchos se podía adivinar un pensamiento: “No he podido decirles que los quiero”.

Mientras veía ese panorama seguía rumiando el palillo en su boca. No sabe por qué, pero esa manía le ha acompañado toda su vida, cuando vivía ahí abajo siempre que terminaba de comer se metía el palillo en la boca, aunque no le hiciera falta. Recuerda su primera comida arriba. Mantel blanco e impoluto, un banquete con un aroma increíble, digno de un rey. Pero no fue capaz de comer ni un bocado. Lo único que quería era volver a bajar, pensaba que se había marchado demasiado pronto.

Absorto en sus pensamientos le sorprendió notar una mano en su hombro.

– Disculpe, ¿es usted de por aquí?

– Se podría decir que sí – respondió el viejo en un suspiro – ¿tú eres nuevo? No te he visto entrar.

– Sí, me acaban de dar mi ficha de ingreso.

El nuevo era un hombre también mayor, incluso más viejo que él. Iba con garrota y un poco encorvado. Continuamente miraba a la puerta, con un atisbo de esperanza en sus ojos.

– Siento decirte que, si ya estás fichado, no podrás volver a cruzar esa puerta. Además, aunque lo intentaras, las escaleras solo son de subida. Te lo digo por experiencia.

– ¿Lleva mucho tiempo aquí?

– Casi 13 años nada más y nada menos. Ya me conozco este sitio como si fuera mi barrio de toda la vida. Nunca he sido de quedarme en casa, así que cuando por fin acepté el hecho de que no iba a bajar más, me pateé este lugar de punta a punta.

– 13 años… ¿no se le hace eterno?

– ¡Eterno dice! – el viejo soltó una de sus carcajadas – Es que la estancia aquí es eterna hombre, así que más vale que te armes de paciencia.

El nuevo se quedó pensativo unos minutos con la mirada perdida en algún punto de esa blancura que les rodeaba.

– ¿Se puede saber qué piensas? – dijo el viejo, nunca sabía quedarse callado.

– Si le soy sincero, no estoy preparado para esto.

– ¿Y quién lo está?

– Además, irme así… Tan rápido, de sorpresa, sin despedirme… maldito bicho…

– Si te sirve de consuelo, yo me fui más despacio, con aviso previo, me pude despedir y fue igual de duro – al viejo se le cruzó la imagen de su nieta el último día del hospital. “Te quiero” le dijo a la niña sin que nadie se enterara – Mi bicho fue otro, pero igual de malo…

– ¿Y cómo lo superó usted? Lo de vivir aquí digo…

– No sé si realmente lo superé, simplemente me acostumbré y descubrí las ventajas de estar aquí.

– Soy nuevo aquí, pero más viejo que usted, así que no me cuente cuentos…estar aquí no tiene ninguna ventaja.

– Todos decimos lo mismo al subir. Acompáñame.

El viejo se levantó de su sillón, miró al nuevo y empezó a caminar hacia una puerta que estaba cerrada. Los dos entraron a una sala oscura. Dentro había únicamente un dispositivo pequeño para leer tarjetas. El viejo pasó la suya por el lector y un fogonazo de luz iluminó toda la habitación. Cuando el nuevo recobró la vista, se encontró con varias imágenes proyectadas en el aire.

– ¡Menuda ventaja! Tener un carnet de videoclub – dijo el nuevo malhumorado.

– No son películas ni actores… es mi familia.

El nuevo fijó la vista en la primera imagen. Se podía ver a una señora mayor sola en su casa, dando vueltas de un lado a otro. De pronto sonó su teléfono. Era su hija, que la llamaba para ver cómo estaba y si necesitaba algo de compra, ahí abajo seguían sin poder salir de casa. En otra pantalla estaba un niño jugando en el jardín.

– Ese es el pequeño de todos. Tuve la suerte de poder conocerle. Cómo recuerdo aquellas últimas navidades… – para que no se le notara el nudo en la garganta, el viejo siguió explicándole al nuevo qué era todo eso – Como te he dicho, esto no es un videoclub. La Jefa hace mucho tiempo, antes de que yo llegara según me han contado, instaló este sistema y nos encargó a los que vivimos aquí una tarea.

– ¿Qué tarea?

– Tranquilo hombre, que ya te explico. Con la tarjeta que te han dado puedes acceder a tu habitación. Te aparecerá algo como esto, donde puedas ver a tu familia y aquí es donde viene lo bueno. ¿Ves esos botones de ahí?

El nuevo se puso a inspeccionar con detalle la tabla de comandos que tenía delante. Muchas teclas, cada una con símbolos y letras distintas. Un lío para él. El viejo se echó a reír.

– No pongas esa cara de agobio, yo también me hacía un lío al principio, pero me apunté todo en un papel y lo pegué ahí atrás, como hacía con el mando de la tele cuando vivía en mi casa.

– ¿Y para qué sirve todo esto?

El viejo miró de reojo al nuevo y se le dibujó en la cara una media sonrisa.

– Para cuidar a tu familia.

– ¿Me estás diciendo que desde aquí arriba podemos ayudarles?

– ¡Pues claro hombre! A ver si te pensabas que subiendo aquí ya se acababa todo.

Con cara de desconfianza, el nuevo se percató de una pestaña pequeña proyectada en el aire. Era casi imperceptible y con la vista que ya tenía a su edad, le sorprendió haberla visto. En ese pequeño recuadro ponía “Sueños”.

– ¿Y eso de “Sueños” qué es?

– Lo mejor de todo. Yo tardé en pillarle el truco, al principio no lo sabía utilizar muy bien y me fallaba el audio en algunas ocasiones. Antes te he dicho que de aquí ya no se podía bajar más, pero te he mentido. Sí se puede, aunque no como te lo imaginas.

– ¿Entonces cómo?

– La única regla que hay aquí arriba es que no podemos ponernos en contacto con nuestra familia directamente…pero alguien se percató de un vacío legal. En las normas de la Jefa no había nada que impidiera hablar con nuestras familias en sus sueños.

– Ya entiendo…como los sueños no son algo real, nuestras familias no saben que somos nosotros de verdad, ¿no? Piensan que es todo imaginación suya…

– Algo así. Aunque he de decirte que creo que mi nieta no se lo traga, sabe perfectamente que soy yo. Pero bueno oye, mientras la Jefa no me diga nada yo lo voy a seguir haciendo, que sé que a los de abajo les hace feliz y a mi me llena de vida – dijo el viejo echándose a reír pensando en la ironía.

El nuevo se quedó atónito de lo que su compañero le había descubierto. Pensaba en las ideas que le rondaron estando en esa cama de hospital, rodeado de gente con mascarilla y cubierta de plásticos desde la cabeza a los pies. Más que el tremendo esfuerzo que le suponía respirar, toda su preocupación era no poder hablar con los suyos. Cuando el viejo le mostró todo esto, la losa que venía arrastrando desde que subió allí se deshizo en pedazos.

– Bueno, ¿te vienes y te sigo enseñando este sitio? – le dijo el viejo cogiendo el pomo de la puerta.

– Mejor luego. Voy a ir a mi habitación para aprender a usar mi tarjeta.

El nuevo entró en su habitación, pasó la tarjeta y se dio cuenta de que ya era de noche. Lo primero que hizo fue entrar en la pantalla “Sueños” y uno a uno, contó a los suyos todo aquello que no pudo decirles antes de su partida del hospital.

A todos los ángeles que nos cuidan en sueños

A.Meitner

Una chica de ciencias, amante de las letras y el arte. No soy escritora, ni pretendo serlo. Tan solo quiero compartir mi particular visión del mundo a través de la palabra.

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