Caementerium Tenebrosum (El Cementerio Oscuro)

 

El manto negro de la noche se extendía por doquier, cubriendo incluso los rincones más inverosímiles y arrojando estrechas sombras sobre las calles adoquinadas de la ciudad. Un frío extraño recorría los caminos e iba acompañado de una neblina fina y delicada como un paño de algún tejido vaporoso. Sólo la mortecina luz de unos faroles ardía e iluminaba la penetrante oscuridad. Habitualmente, mendigos y vagabundos mutilados habitaban la noche en busca de cobijo bajo un portal abandonado donde lamentar sus penas, pero aquella noche en especial nadie rondaba las calles, quizás a causa del frío. O quizás no. Las ventanas de las casas de piedra, cerradas a cal y canto; los caballos, en sus establos; las estrellas parecían haber abandonado su morada en el cielo. Y la Luna también.

Sus pasos torpes rompieron el silencio. Era consciente de que era el único por aquellos lindes, empero esto no le preocupaba en demasía; había oído las historias que contaban los ancianos de la ciudad y su curiosidad le animaba a indagar. Sujetaba la capa negra que llevaba sobre los hombros como único abrigo y no cesaba de mirar hacia atrás en su marcha.

Se trataba, evidentemente, de un forastero.

Y entonces, apareció ante sus ojos, levantado sobre una colina levemente escarpada: las pétreas lápidas carcomidas por el tiempo y el abandono, los enhiestos cipreses que rozaban el cielo, la misma neblina que envolvía la ciudad sólo que más espesa… el cementerio.

Avanzó con el miedo por bandera y sintió un escalofrío que recorrió su espalda al traspasar la verja metálica, que al abrirse chirrió. Dos columnas en cuyos fustes se enroscaban hiedras y coronadas por terribles gárgolas flanqueaban la puerta. Al entrar, notó que allí el frío era mayor, y observó a su alrededor. Las tumbas se agolpaban unas sobre otras, las lápidas torcidas y cubiertas de moho, huesos misteriosamente esparcidos por el suelo… se estremeció, pero continuó adelante.

Un cuervo negro graznó en la rama de un árbol seco y de retorcidas ramas grises y, en la distancia, se oyó el aullido de un lobo. Ésos eran los únicos sonidos que lo acompañaban, y en absoluto lo consolaban.

Sabía que no debía estar allí, no sólo porque el lugar fuese tremendamente terrorífico, sino porque se hallaba en la mansión de los muertos y, según se decía en la ciudad, a éstos no les gustaba que allanaran su propiedad.  Se sentía como un intruso, un transgresor de una norma inviolable, pero estaba dispuesto a desmentir esa superstición idiota. Porque, en el fondo, no era más que una superstición. Era un cementerio corriente, y lo demostraría a todos los lugareños cuando por la mañana regresara sin un rasguño.

Una  estatua ecuestre erigida en honor a algún antiguo caballero coronaba la cima de la colina y suponía, por tanto, que había llegado al centro exacto del cementerio.

Respiró aliviado y observó el poco amable semblante del retratado. Luego, advirtió que a los pies del caballo, en el pedestal, había una inscripción medio enterrada en polvo e hiedra. Se acercó para leerla, apartando las plantas. Le costó bastante descifrar el mensaje, escrito en lengua latina, y cuando lo hizo se sobresaltó de tal modo que se apartó de la estatua y fue a dar con sus huesos en el suelo.

Si hic es, mortuus es

La caída le dolió, pero no la sintió apenas porque el terror lo había apresado sin miramientos. Si estás aquí, estás muerto. Eso rezaba la inscripción. Su respiración se volvió agitada, hasta el punto de que tomar aire supuso una ingente tarea para él, y un sudor gélido, nada relacionado con el sofoco, recorrió su frente. Se levantó y miró en derredor. Se echó a temblar. La niebla había cobrado vida, no era informe como antes, sino que se había repartido en cantidades casi iguales componiendo figuras fácilmente visibles, figuras que lo observaban carentes de ojos y de expresión. Las apariciones se deslizaron lentamente hasta él mientras el extranjero retrocedía. Intentó gritar, pero no fue capaz. Presa del más grande de los pánicos, trató de huir, pero no pudo. Una fuerza invisible y superior a él lo anclaba a la tierra que pisaba. Sus ojos aterrados paseaban por cada uno de los espectros, buscando en ellos el perdón que no parecía conseguir. La niebla, las almas errantes, lo que fueran, emitían siniestros gemidos, chillidos tan agudos que resultaban molestos para los oídos humanos. Y entonces, sólo entonces, cuando las fantasmagóricas apariciones cerraban su círculo en torno a él, pudo emitir un grito  de espanto.

Súbitamente, en su piel se abrieron profundas heridas y de ellas comenzó a manar la sangre. Él las miraba horrorizado y alzaba los brazos al aire suplicando clemencia, pero de nada le sirvió.

Si hic es, mortuus es.

Ahora también era uno de ellos.

Jacinta

 

 

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3 Comentarios

  1. por Lascivo publicado el 02/02/2009  00:04 Responder

    guau! Probablemente el mejor relato de terror de esta web. Y hacía mucho que no se tocaba este género. Mi enhorabuena Jacintagal. Muy bueno

  2. por jacintagal publicado el 02/02/2009  16:09 Responder

    creo q lo voy a presentar al concurso del destacado de enero...

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