Volar

Llegó al atardecer, cuando el Sol, como un padre que vigila a sus hijos desde las alturas, estaba ya escondiéndose en el horizonte para dar paso a la Luna, cuya tenue luz blanquecina nos cuida de noche y nos protege de nuestros miedos. “Es la hora”, pensó “Ya estoy preparado” Y lo estaba. Había esperado mucho para ello, sabía que ese día iba a llegar tarde o temprano, y por fin, tras todo el entrenamiento físico y mental al que se había sometido, estaba preparado. Le costó bastante al principio, le daba miedo no tener las cualidades necesarias para hacerlo, pero con el tiempo se fue dando cuenta de que lo necesitaba: allí estaba atrapado, encadenado a una pared con gruesas cadenas de hierro, oxidadas por el paso de los años, la monotonía, el sufrimiento, las broncas, los llantos… todo aquello había formado una bola que le acechaba incluso en sus sueños. Hasta que dijo “¡basta!” Con esfuerzo sobrehumano se había liberado de las cadenas, las había roto, aliviando el dolor de sus muñecas, con la piel rojiza y la carne malherida después de tantos años de prisión.

Era libre… no, aun no, le quedaba algo por hacer. Sabía que irían a buscarle y que le volverían a encerrar, quizás para toda la vida, y la sola idea le aterró. No quería volver al lugar del que había escapado, estaba oscuro, frío, la gente gritaba y se enfadaba sin motivos, y el chico captaba y canalizaba todos esos sentimientos de ira, frustración, dolor y bronca. Había intentado escapar otras veces, pero tras varios intentos fallidos, decidieron encadenarle y encerrarle en una prisión, condenándole a permanecer allá, aislado para siempre. Pero algo en su interior se reveló, se negó a que le volviesen a atrapar, se dijo a sí mismo que cualquier cosa era mejor que volver, y fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba preparado. Todo el mundo decía que era un sueño, que solo era posible en la imaginación, y que por mucho que se esforzara no lo lograría.

“Qué más quisieras tú…” “Estás loco” “Eso es imposible” “Anda, baja ya de las nubes…”

¡Ja!

Ahora iba a demostrarlo por fin… demostraría que el hombre es capaz de volar.

Antes de hacerlo, echó un vistazo a la hermosa puesta de sol, y entonces evocó en su mente los rostros de las personas que le habían ayudado en su camino, las que le habían dado su amistad, su apoyo y su cariño. No tuvo tiempo de verles cuando escapó, ya que no debía perder ni un segundo, pero aprovechó esos instantes para mirar atrás y decirles: “Gracias”. Ya, ahora no le quedaba ninguna cuenta pendiente.

Cogió carrerilla, escuchando el batir del mar y el romper de las olas bajo sus pies, corrió todo lo deprisa que pudo… y saltó al abismo. Por fin era libre, por fin sintió en su interior que todo lo que llevaba dentro estallaba, saliendo afuera y haciéndole sentir que no pesaba nada, que era una hoja llevada por el viento. Estiró sus brazos, que se convirtieron en alas, y gritó con toda la fuerza de sus pulmones, admirando la bella puesta de sol, con el mundo a sus pies… Luego no se oyó nada.

La gente piensa que murió, que estaba loco y era un suicida, pero lo cierto es que aun sigue volando, libre, disfrutando de las maravillas de un mundo hasta entonces desconocido. En el acantilado, en los atardeceres, aun se oyen sus gritos de júbilo traídos con el viento, y si miras en dirección al sol en el crepúsculo, tal vez veas, con suerte, su silueta cortando el aire, con la mas amplia de las sonrisas dibujada en el rostro.

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