Alicia y Daniel

Escuchó unos tacones y se giró. La mujer que llevaba los tacones pasó a su lado. Y, entonces, la vio. Le entraron ganas de reírse, o de salir huyendo. No podía creérselo. Lo invadió el miedo. Pero sonrió. Porque se había sentido un loco y un estúpido esperando un sueño, y, sin embargo, allí estaba. A la izquierda, pegada al ventanal de la cafetería, estaba ella. Habría entrado sin que se diese cuenta… Cuatro horas sentado en la misma silla, bebiendo un café tras otro, despistaba a cualquiera, pensó. Tenía una cita con aquella mujer, aunque ella no lo supiese.

Era tal como la había soñado, preciosa. Reconoció sus uñas pintadas de rojo y el bolso que mantenía sobre la mesa. La mujer escribía en una agenda. Daniel apuró su café y se levantó. Sintió una gota de sudor resbalando por su espalda. Tomó aire y empezó a andar. Contó nueve pasos hasta que se detuvo junto a su mesa.

La mujer tardó unos segundos en levantar la vista.

–¿Quiere algo? — preguntó soltando el bolígrafo.

–¿Alicia?

–Sí… — respondió ella. — ¿Nos conocemos?

–En sueños, ¿puedo sentarme? — antes de acabar la pregunta, aprovechando la sorpresa de Alicia, Daniel ya se había sentado.

–Pero… ¿quién eres? Es que… no caigo, la verdad…

–Me llamo Daniel — Alicia lo miró, esperando algo más que activase su memoria. Odiaba olvidar a las personas, o confundirlas, y era algo que le sucedía a menudo. — Verás… He soñado contigo. Nos conocemos en sueños. Bueno, te conozco yo a ti, porque tú… dada la cara que has puesto, no me has reconocido… Bueno… Tengo todo esto planeado, la verdad… lo que iba a decirte, y eso… — la miraba a los ojos fijamente mientras hablaba, y ella mantenía su mirada –. También tengo planeado decirte que vas a pensar que estoy loco, pero no lo estoy. Tienes que escucharme.

Alicia miró a Daniel unos segundos interminables, sin variar su expresión.

–Te escucho.

–He soñado contigo. Por eso sé que te llamas Alicia, es la segunda prueba… La primera ha sido que estés aquí. Bueno… y las uñas rojas, y la agenda… son señales. Dime… ¿sueles venir a este bar?

–No… y debería pensarme volver aquí, porque… — miró a su alrededor y luego a Daniel. — Si no estás loco… ¿es una cámara oculta?

–No, no — se rio Daniel –, no es ninguna broma. Alicia… — sacudió la cabeza, suspirando y saboreando aquel nombre en secreto –. Alicia… mira que es difícil, ¿eh?, y eso que sabía que iba a suceder esto… y no sé qué decirte… — Ella siguió clavándole los ojos, pero a Daniel le parecieron de un azul menos frío que antes. — Sólo… sólo escúchame, no soy un loco ni voy a raptarte aquí con esto lleno de gente, no quiero hacerte daño, no… Sólo quiero que me escuches, ¿vale?

–Vale — concedió Alicia, y sonrió por primera vez.

–Vale — resopló Daniel, también con una sonrisa. — Vale — repitió. — Bueno… — volvió a quedarse sin palabras, porque ni siquiera él lo comprendía o podía explicarlo. — Bueno… he tenido sueños contigo. He… he soñado… llevo soñando contigo desde hace catorce meses. Al principio no tenía importancia, ¿sabes? No sé… eran sólo sueños. Pero algunos se me repetían… y siempre salías tú, Alicia — Daniel hizo una pausa al pronunciar aquel nombre que sólo decía en sueños, emocionado. Tragó saliva. — Siempre salías tú… y los sueños estaban conectados, ¿sabes?, tenían relación, guardaban una lógica, y… bueno… hace dos meses soñé que nos conocíamos aquí, hoy, este día… y sé el día que era porque lo ponía en tu agenda, porque tú tienes hoy una cita a las siete… yo lo veía en la agenda, por eso quedábamos más tarde… si las pruebas siguen teniendo sentido… — sonrió al ver a Alicia, que había abierto los ojos y la boca. — Por tu cara diría que sí tienes esa cita, y…

–Espera, espera… ¿cómo sabes tú eso? Si acabo de concertarla, si…

–Te lo estoy diciendo… Lo he soñado.

Entonces Alicia, la mujer que de niña nunca había creído en los reyes magos, ni en dios, la mujer que nunca había creído en una vida más allá de la muerte, ni en las supersticciones, ni en la videncia, ni en los espíritus, ni en otras dimensiones, ni en el destino, empezó a creerse aquella historia.

–Sigue — fue lo único que dijo, haciendo un gesto con la mano.

Daniel sonrió, presintiendo que sus sueños iban a cumplirse.

–¿Quieres un café? Yo voy a pedir uno. — Alicia asintió y él llamó al camarero y pidió dos cafés. — Bueno…no sé dónde me he quedado… Si… No sé qué decirte… ni yo lo entiendo… He soñado que nos conocíamos hoy, en este bar, aunque era en la barra… y tu abrigo era gris, en vez de negro, pero… lo demás es igual… Quiero decir que las cosas importantes, como tu cara, o tu nombre, o tu cita, no cambian. Pero hay señales… — Ambos levantaron la vista hacia el camarero mientras depositaba las tazas ante ellos. — Bueno… al menos eso espero, que las cosas importantes no cambien… — prosiguió Daniel removiendo el azúcar. — Porque… se supone que… en mis sueños somos felices juntos, soy feliz contigo… en mis sueños nos casamos, ¿sabes?, en Las Vegas, no sé por qué, y además…

–¿En Las Vegas? — preguntó Alicia inclinándose hacia delante. — Yo… yo siempre he querido casarme en Las Vegas. ¿Pero…

La palabra se quedó flotando entre ellos. Alicia miraba al hombre que acababa de conocer, y la cosa era que le parecía atractivo. Lo cierto era que le parecía muy atractivo. Lo cierto era que cuanto más lo miraba más atractivo le parecía. Daniel también la miraba. Tenía los ojos muy oscuros y brillantes, y sus pupilas la recorrían de la mano al cuello, de los ojos a la boca… Lo cierto era que cuanto más se sabía el objeto de deseo de esa mirada, más irresistible y atractivo se le hacía aquel hombre. Y de pronto, en forma de presentimiento fugaz, le pareció factible que ése hombre pudiera convertirse en su marido. Sonrió a los ojos del hombre. Él le devolvió la sonrisa.

–Se supone que te invito a cenar, pero estás ocupada… en el sueño me enseñas la agenda… por eso sé qué día tenía que venir… porque lo vi en el sueño. Lo que no sabía era la hora… sabía que sería antes de las siete, pero nada más, ¿sabes?, llevo cuatro horas esperando que llegaras… — Daniel se rio –. Aunque claro… no sabía si estaba loco, o si vendrías… Cuando te he visto se me ha ocurrido que a lo mejor no te llamabas Alicia… no lo sé… He pensado muchas cosas todo este tiempo… y estas cuatro horas… — suspiró y negó con la cabeza — pero has venido. Has venido, eres tú, y te llamas Alicia, y quieres casarte en Las Vegas… y todo eso no puede ser una coincidencia… ¿verdad? — Alicia lo contemplaba en silencio, pero sonreía –. Yo creo que no… Sé que es una locura… pero he tenido sueños premonitorios… es eso, no puede ser otra cosa. Eres tú. No lo tenía seguro, ¿sabes? Eran raros… Soñaba con una mujer que no conocía y con una vida que no tenía… pero… tenían sentido. Y los sueños rara vez tienen sentido, rara vez concuerdan, o se repiten… Y en uno de esos sueños, uno donde estábamos en Grecia, vi el año en un cartel, y ponía 2014, y entonces pensé…

–Hace como quince años estuve allí. Pensaba volver algún día… — interrumpió ella.

–¿Ves?, no puede ser coincidencia… si cuando me desperté pensé que a lo mejor lo que soñaba iba a ocurrir, que era el futuro… y empecé a fijarme en los detalles cuando soñaba… porque son sueños en los que no soy dueño de mis actos… no sé si me entiendes, es raro, pero al final me lo creí… los sueños, porque eran como ver una serie incompleta, con los capítulos desordenados — sonrió –, una serie donde era feliz con una mujer que era feliz conmigo, ¿sabes?, y no sabía si creérmelo… pero estás aquí, eres Alicia y… — Daniel levantó la mirada, que se le había caído al café y estaba empapada, y la fijó en los ojos de Alicia. — No puede ser una coincidencia… — una lágrima resbaló por su mejilla — por favor, no me digas que es una coincidencia…

–¿A qué hora dices que quedamos? — preguntó sonriendo Alicia.

–A… a las doce. Yo te invito a cenar pero tú no puedes y al final decidimos tomar una copa. Pero… pero entonces… ¿me crees?

–Es lo más lógico que puedo hacer teniendo en cuenta las señales — sonrió. — ¿Y tomamos muchas copas?

–Unas cuantas — Daniel soltó una carcajada. — Creo que sí. Porque tengo borrones, ¿sabes?, hay muchas cosas que no sé…

–¿Y qué hacemos después de tomarnos las copas? — preguntó de nuevo. Le encantaba la risa de ese hombre.

–Vamos a tu casa… ¿Tienes un sofá negro? — ella asintió –, otra señal, ¿ves? — sonrió –. Me acuerdo del sofá porque manteníamos relaciones sexuales en él — dijo Daniel con tono serio y neutro –, creo que cuatro veces… — terminó mirándola a los ojos.

Alicia se rio nerviosa y notó un cosquilleo en la nuca. Daniel también se rio, seguro de que aquella era la mujer de sus sueños. Realmente Daniel era muy, pero que muy atractivo, pensó Alicia, y su risa le resultaba tan familiar… El silencio los envolvió, pero ninguno se sintió incómodo en él. Se miraban, y era suficiente. Sin darse cuenta, sonreían.

Alicia canceló su famosa cita de las siete. El sofá negro de su casa resistió la pasión de sus cuerpos unas horas antes que en el sueño de Daniel, pero ese detalle, como el color del abrigo de Alicia, no cambió la historia.

Senda,2010

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