La Tentación

Inmaculada estaba acostumbrada a resistir la tentación. De hecho, hacía un tiempo que parecía que toda su vida era sólo eso: resistir tentaciones.

Para ella la tentación era cualquier cosa que perturbara su moral de beata, y eso era sencillo.

La tentación estaba cuando pasaba ante una pastelería, cuando admiraba vestidos elegantes y cuando olía el humo del tabaco y quería volver a fumar como una adolescente. La tentación estaba en todas partes.

Darle una patada al odioso perro del vecino cada vez que se cruzaba con sus gruñidos. Chuparse los dedos con deleite. Dormir todo un domingo de lluvia. Acariciar el cuello de su cuñado cuando iba a pasar el fin de semana. Mandar a la mierda a sus hijos. Masturbarse en la ducha. Colgar el teléfono a su madre. Leer el final de los libros. Quedarse aquella fuente tan bonita que le dejó su hermana. Hacer topless en la playa. Llenar de lejía el nuevo edredón de la vecina de abajo. Pedir a su marido que la llame «puta» cuando lo hacen. Comerse la piel del pollo asado. Decirle al cura que deje de mirar las tetas de su hija. Estrellar contra el suelo el mando de la tele cuando no funciona. Gritar a su marido cuando no la escucha. Reírse a carcajadas cuando ve el pelo de su suegra…

Todo eran tentaciones. Y ella las resistía todas, o hacía lo imposible por resistirlas. Porque la tentación era la antesala del pecado, y, el pecado, la entrada al infierno.

Desde luego, no era todo lo feliz que podía ser. Al menos eso pensaba Inmaculada las noches de insomnio y los días aburridos. Porque cuando le apetecía una chuleta de cerdo un viernes, un orgasmo solitario o blasfemar contra Dios, y caía en la tentación, se sentía satisfecha. Pero el miedo y la culpa se le hacían pesados y terribles.

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Un día llamaron a la puerta, e Inmaculada abrió para encontrarse con un negro atlético, guapo y elegante. La miraba con los ojos más negros y la sonrisa más blanca que jamás hubiese visto. Llevaba un traje de chaqueta amarillo, con corbata del mismo color y zapatos y camisa negros. En su mano portaba un maletín de cuero negro. Inmaculada, sorprendida con la imagen, tardó en conseguir hablar, y su voz le sonó falsa e insegura.

–¿Quiere algo?

–No quiero nada, gracias. Es usted la que quiere algo.

–¿Perdone? Creo que se ha confundido… — comenzó a cerrar la puerta y el hombre se le adelantó interponiendo su maletín en la entrada.

–Por favor, le ruego me permita un minuto para explicarle…

–¿Quién es usted?

–Yo, mi señora, soy La Tentación.

Inmaculada valoró los grandes ojos que la observaban, la leve sonrisa de los labios y la firmeza de la voz, y se apartó curiosa e incrédula para que aquel desconocido entrara en su casa. Lo guió al comedor y le ofreció un asiento que ocupó al instante. Ella se sentó enfrente suya, a la mesa, y volvió a formular la pregunta.

–¿Qué quiere?

–Le repito que yo no quiero nada. Es usted la que quiere algo.

–Claro… ¿y qué quiero?

–Justamente eso es lo que tengo aquí.– Dijo poniendo el maletín sobre la mesa, mientras lo abría.– Todo lo que ha deseado hacer y no ha hecho en su vida, está aquí.– Sacó una carpeta repleta de papeles y la depositó frente a Inmaculada.

Inmaculada empezó a asustarse, porque cada frase que pronunciaba aquel negro le sonaba tan increíble como cierta. No podía dudar de aquellos ojos imperturbables y ese tono convincente. No sabía qué hacer, o qué esperaba ese hombre que hiciese. Contempló la carpeta y procedió a abrirla con lentitud y cuidado, desatando el lazo que la cerraba. Dentro habían cientos o tal vez miles de papeles, de distintos colores, texturas, tamaños y calidades. La caligrafía que los cubría era diminuta, aunque legible. Lo primero que Inmaculada leyó, al final de la primera página, la dejó perpleja.

–Esto no puede ser real — murmuró.

–¿Sucede algo? Si hay algún problema estaré encantado en intentar solucionarlo.

–Esto…–Inmaculada se encogió de hombros y negó con la cabeza señalando con ambas manos el montón de papeles.

–¿Qué? Siga hablando.

–Lo que pone…– volvió a negar con la cabeza.

–¿Qué? ¿Qué pone? — preguntó el hombre inclinándose ligeramente hacia delante.

–¿No lo sabe? ¿Usted no sabe lo que pone? — alzó un poco la voz, confusa e indignada.

–No, no lo sé.– Su expresión era conciliadora y su tono paciente.– ¿Qué ha leído?

–Bueno… es lo último que hay escrito… Pone «No besé a La Tentación», y la fecha de hoy.

–¿Y bien? — preguntó sonriendo su visita.

–¿Y bien qué? Yo… Yo lo siento, pero es que… no entiendo nada. No entiendo nada.– Levantó la vista, que se le perdía constantemente en los papeles de la mesa, y miró los ojos de aquel hombre. — Es que… no entiendo. Si me dijera quién es, qué quiere, para qué ha venido, qué significan estos papeles… no sé… pero no entiendo nada.

El hombre la miró con cara seria y ojos inquisidores, calibrando quizás la inteligencia o la capacidad de adaptación de la mujer que lo observaba apretándose las manos. Se echó hacia atrás estirando la espalda, y suspiró. Cerró el maletín y volvió a dejarlo en el suelo, apoyado en la pata de la mesa. Se levantó.

–¿No hace calor aquí? ¿Usted no lo tiene? — preguntó amistoso mientras se quitaba la chaqueta con delicadeza y la colocaba en el respaldo de una silla que nadie usaba.– No le importa que me la quite, ¿verdad? Me estaba asando. — Inmaculada hizo un gesto de cabeza para negar que tuviese calor y otro gesto para afirmar que no le molestaba que se quitase la chaqueta, inmóvil y muda ante semejante hombre que volvía a sentarse frente a ella.– De acuerdo. Creo que tendré que responder alguna de sus preguntas. Le garantizo desde este momento que no quedará satisfecha, puesto que hay ciertas respuestas que hasta yo desconozco, y otras que no se me permiten revelar.

El hombre miró a Inmaculada esperando algo, pero ella mantuvo estoica la mirada y el silencio.

— De acuerdo, de acuerdo — dijo suspirando de nuevo.– Ya me ha preguntado antes quién soy, y debo recordarle que me dejó entrar cuando se lo dije. Mi señora, soy La Tentación. Quiero que me escuche. Vengo para entregarle estos papeles que son sus deseos frustrados, por si quisiera intentar cumplirlos.

Inmaculada siguió en silencio.

–Sí, casi siempre pasa lo mismo. Una respuesta genera aproximadamente 1372 preguntas más… Lo comprendo.– Miró a la mujer y sonrió asintiendo, como riendo sin hacer ruido.– Lo siento, temo confundirla todavía más. Eso era una media sin ninguna relevancia en el tema que tratamos. Fíjese, llevo toda mi vida, que ha sido muy larga, trabajando en lo mismo, y no me acostumbro. Será que cada persona es distinta y por eso no puedo acostumbrarme…

El hombre se quedó callado y contempló a Inmaculada, que lo miraba inexpresiva.

–De acuerdo… Eh… en estos casos no sé cómo proceder… Bien… ¿tiene alguna pregunta?

–No tengo preguntas porque no sé de qué me habla — respondió Inmaculada mirando a ese negro tan atractivo y tan imposible que decía cosas tan raras y actuaba como si tuviera la razón de todo y en todo. Desde luego, aquella historia no tenía ni pies ni cabeza, no se sujetaba por ningún sitio, exceptuando aquellos papeles que, como podía comprobar cada vez que leía algo, tenían escritas sus más secretas y antiguas tentaciones…– ¿Podría explicarme de nuevo para qué me necesita? Porque… la verdad es que sigo sin entender nada.

–Veamos… Usted ha sido seleccionada para recibir un indulto en recompensa por su sacrificio.

–¿Cómo?, ¿un indulto de qué? — preguntó exasperada, y curiosa, Inmaculada.

–Bien… digamos que… en los tiempos que corren, se encuentran pocas personas capaces de renunciar a las tentaciones a las que están expuestas. A veces la tentación es inocua, pero otras, condenatoria. También cuenta, por supuesto, él número de reincidencias, o si luego existe, y en qué proporción, arrepentimiento sincero por haber cedido. De acuerdo… Lo que quiero decirle es que un gran cúmulo de tentaciones maliciosas realizadas conlleva a un castigo. No… no ponga esa cara. Con usted, señora, ha sucedido todo lo contrario. En esa carpeta, casi delante de todas las frases, hay un «no» que encadena al deseo, otorgándole una fidelidad y voluntad de sacrificio merecedoras de un premio. Por eso ha sido elegida para recibir un indulto. Ahora posee la libertad de actuar como desee, sin temer represalia alguna. Tiene barra libre de pecados veniales, por si así lo entiende mejor — sonrió La Tentación mientras se levantaba y se ponía la chaqueta.– Supongo que sabrá diferenciar la gravedad de sus deseos… No cabe duda, es una santa… Conozco sus debilidades… — dijo señalando con una ceja la carpeta. Miró a Inmaculada, que permanecía quieta, aunque lo miraba y asentía. — De acuerdo… Tengo que irme. Espero que me disculpe. La entiendo, debe estar confundida… No es necesario que me acompañe a la puerta. Disfrute su regalo Inmaculada.

Ella escuchó su nombre deslizándose por el pasillo y luego un discreto portazo que indicaba que su invitado se había marchado. Bajó la vista hacia los papeles de la mesa. Leyó un par de líneas. Sonrió.

Podía hacer lo que quisiera.

Senda, 2009

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1 Comentario

  1. por newowen publicado el 07/03/2010  09:03 Responder

    La idea y el planteamiento me han parecido geniales. :D

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