Dos veces. (1)

Un día de verano supe que iba morirme. Sé que suena raro. Bueno, no, suena corriente. Muy corriente; todos nos morimos. Yo me refiero a la primera vez que fui consecuente con la idea, que asimilé la fugacidad de la vida, que comprendí lo imprevisible y rápido que puede ser morirse. Y, todavía peor, lo fácil que es morir solo. Lo fácil que es que te maten.

No sé qué edad tendría. Puede que seis, puede que ocho. En aquel tiempo mi madre tenía un novio, uno de tantos. Se llamaba Patricio, y a mí aquello me parecía una desgracia. Es un nombre horrible. Eso pensaba y eso sigo pensando. Dado que mi relación con Patricio no fue muy satisfactoria, y dado que no he vuelto a conocer a otro Patricio, sigo pensando que es un nombre horrible. Sin querer, pienso que alguien llamado así tiene que ser atractivo a la vez que un asesino de niños en potencia. Nada me ha hecho cambiar de idea. Si escucho Patricio sólo puedo acordarme del día que creí que iba a morir. Dos veces.

Una intenta acordarse de los detalles. Una intenta alargar la historia con reseñas y descripciones que la ayuden a ser entendida. Pero es difícil. Mi niñez la tengo borrosa. Es una película independiente a la que le faltan fotogramas, algunos sueltos y otros tan seguidos que hay que improvisar o inventar minutos. La infancia, lo mismo que la pubertad, que la adolescencia y la juventud que ahora estoy viviendo (y matando), está desdibujada por el tiempo, está turbia en la imperfección de mi memoria. Una intenta acordarse de los detalles. Intento, por ejemplo, recordar cuántas personas estaban conmigo, y quiénes eran. Intento recordar qué ropa llevaba, o en qué coche fuimos. Intento recordar algo que no sea esa sensación antigua y visceral, ese miedo impotente y líquido. Una intenta rescatar algo perdido del naufragio, pero siempre encuentra lo mismo.

Recuerdo que iba a la playa con mi madre y con su novio Patricio. Recuerdo que Patricio no me caía bien, que no me convencía, quizás sólo porque sus padres le habían puesto ese nombre que a mí no me gustaba. No recuerdo su cara, pero tengo la vaga impresión de que me parecía bastante guapo. El más guapo de todos los novios que había tenido mi madre. Eso seguro. Era más joven que ella. También recuerdo eso, y que su pelo era negro y rizado. Recuerdo que fuimos a una playa. Una que está en el campo, llena de rocas, con un castillo que cuenta la leyenda de un pirata sin nariz.

Era verano. Hacía calor. Pero el viento era fuerte, las olas eran salvajes. Recuerdo estar en las piedras, en una cala formada por alcantilados. Y la brisa marina no era agradable, era un aire despeinándote, era una fuerza que sólo disfrutaban las gaviotas, que empujaba a las olas, estrellándolas con las rocas, salpicando y estallando.

Una intenta recordar los detalles. Pero los detalles no existen en la lejanía del tiempo ni en las situaciones confusas y veloces. Las cosas suceden. Y si no tienes cinco cámaras grabando desde cinco puntos distintos o diez testigos observadores y sinceros, olvídate de los detalles; se alejarán viajando en una medusa o se derretirán cuando suba la marea.

Los detalles se evaporan o se manipulan. Quisiera recordar más de aquello, pero sólo recuerdo la angustia, el terror… Recuerdo estar sentada en una roca con mis pies colgando hacia el mar. La sensación del frío a causa del viento húmedo, a pesar de los rayos de sol que me calentaban. Mis pies, o mis piernas, se mojaban con el vaivén de las olas. Y a mi izquierda, en otra sección de roca, estaba Patricio, de pie. Quisiera poder explicarme bien, expresarlo mejor… pero sólo tengo unas imágenes bruscas, unos detalles falsificados…

Estaba sentada en la piedra, tranquila, feliz, quizás buscando cangrejos en las grietas sumergidas, o sirenas en las profundidades, cuando me sorprendió un ruido y me salpicaron unas gotas: Patricio había caído al agua. Una ola lo alejó medio metro, luego lo acercó a las rocas. Patricio tiró de mi pie y caí al agua. Me arañé el culo en la bajada. El oleaje era fuerte, nos movía a su antojo, y yo intentaba agarrarme a alguna piedra, intentaba que las olas no me hicieran papilla con algún malvado saliente. Patricio se agarraba a mí. Se hundía y me hundía con él. Manteniéndome sumergida, manteniéndose a flote. Me hacía tragar agua. Conseguía sacar la cabeza a la superficie y coger una bocanada de aire para ver sus manos buscándome y hundiéndome de nuevo…

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