Viaje a otoño

—¿A dónde vas?

Su expresión era de preocupación, lo que afeaba sus rasgos femeninos, aunque era algo que siempre enternecía a Esteban.

—A hace veinte años, sabes exactamente a cuándo —contestó él, impasible.

Claudia se levantó y se dirigió hacia Esteban, agarrándole de la mano derecha con las suyas.

—No va a ser bueno para ti, amor. Viajar tantos años atrás te hará daño.

Esteban endureció su rostro.

—No. No lo puedes saber. Es algo que necesito ver.

—Entonces vete. Vete ya.

La mirada dulce de Claudia, aunque triste, se grabó en las retinas de Esteban. Pero sólo en las retinas, pues su corazón seguía decidido a viajar en el tiempo.

Se besaron y la abrazó. Un instante después, Esteban apretó el botón y desapareció.

Claudia suspiró de preocupación. Miró su cronómetro. Diez segundos, once, doce.

Esteban volvió a aparecer justo frente a ella.

Su aspecto era el mismo, mas en su rostro se veía la mirada que deja la tristeza.

—Esteban…

Alzó la vista y miró fijamente a Claudia.

—Ahora no. Debes registrar lo que he visto. Conoces el protocolo.

—Pero…

—Claudia. —La voz firme de Esteban le hizo reaccionar y apretar el botón de la grabadora.

—Ya puedes empezar.

Esteban empezó a andar de un lado para otro, nervioso.

—Bien —dijo—. Empezaré. Me he visto transportado en el tiempo y el espacio con éxito hasta las coordenadas indicadas en el archivo adjunto. Es la misma fecha de hoy hace veinte años. Mi objetivo era ver a mi familia, parte de la cual ahora se encuentra fallecida. Concretamente, el hermano gemelo de mi madre.

»Ha sido un éxito.

»Me he encontrado transportado a la estación de tren del pueblo donde crecí. En hora punta. Había mucha gente subiendo y bajando de los trenes que iban llegando a las distintas vías.

—¿Los has visto?

—Claudia, por favor. No me interrumpas.

—Perdón.

—Sí —continuó Esteban—. Estaban allí. Mi tío, mi madre y yo, con seis años. Mi tío tenía por costumbre llevarme a pasear y siempre llegábamos a la estación de tren. Tal y como recordaba, me apasionaban los trenes, se me veía en la mirada. Verlos llegar y partir. No recordaba que me emocionara tanto. Ese niño, yo, estaba absorto viendo las locomotoras y los vagones. Su mayor excitación llegó cuando pasó un tren a toda velocidad por una de las vías, no hacía parada.

—Háblame de tu madre —interrumpió Claudia.

—Claudia… —Esteban parecía impacientarse, aunque prosiguió—. Está bien. Mi madre parecía increíblemente joven. Llevaba un abrigo fino para protegerse del suave viento otoñal. Su pelo era más largo que ahora y, por supuesto, falto de canas. Totalmente negro. Su cara no mostraba ni una arruga. Dios mío, cuánto ha envejecido mi madre.

»Me llevaba de la mano, me refiero a mi yo de seis años, y no paraba de mirarme de vez en cuando, como vigilándome, pero con una mirada tierna, cuidándome.

—¿Y tu tío?

Tras la pregunta de Claudia la atmósfera se enrareció y la expresión de Esteban se oscureció.

—Tal y como lo recordaba. De facciones muy parecidas a las de mi madre. Con el pelo corto y negro y unas profundas entradas. El eterno cigarrillo humeaba en sus dedos mientras me señalaba uno u otro tren que paraba. La nariz era aguileña, cómo la recuerdo, que me pinchaba siempre que me daba un beso en la mejilla. Llevaba una gabardina y una sonrisa casi perenne, salvo cuando le daba caladas al cigarrillo. Bajo la gabardina, su clásico jersey oscuro de rombos. Recuerdo que me picaba cuando le abrazaba. Y era cierto, abrazó a aquel niño-yo, quien se quejó al tocar la cara la lana áspera.

Esteban hizo una pausa. Claudia hizo ademán de acercarse a él, pero, con un gesto de la mano, le indicó que no debía. Continuó.

—Permanecí observándolos durante tres cuartos de hora, aproximadamente. Dieron varias vueltas por la estación. Incluso me crucé con ellos, quedando a escasos centímetros de mi tío. Obviamente, no me reconoció, me ingnoró, pero pude sentir el ligero aroma a tabaco que siempre le acompañaba, mezclado con aquella colonia de varón. —Hizo una larga pausa, pensativo—. Pasado ese tiempo, volví a transportarme hasta aquí y ahora.

—Esteban… Creo que tenemos suficiente.

—Tienes razón. Es más que suficiente. No debería haber viajado a aquel momento.

—Te avisé.

Esteban miró a Claudia, se acercó a ella y la abrazó.

—Lo sé —susurró en su oído—. Lo sé.

Yizeh Castejón. Octubre de 2012

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Yizeh Castejón

Escritor, físico, profesor, capoeirista, innovador. Nacido en Madrid en 1986. Creador de Sopa de Relatos, la web de escritura libre. Editor y autor del libro de cuentos "Sopa de Relatos" y de futuros proyectos. Alumno de h2i Institute.

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1 Comentario

  1. por Galle publicado el 30/10/2012  22:14 Responder

    Y yo sigo con mi cabezonería de que si existiese la posibilidad de crear una máquina del tiempo, seria mejor no construirla, porque entonzes si que seriamos testigos, de lo macabra que puede llegar a ser la mente humana.
    El relato, me a gustado, sobre todo porque es muy abierto y te da libertad para imaginarte toda una historia alrededor de él.

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