La mirada huidiza del ratón

            Estudiábamos el comportamiento de los ratones antes y después de extirparles una región cerebral relacionada con los circuitos de recompensa. Entre otros artilugios, usábamos un sencillo laberinto donde podíamos colocar compuertas, pequeñas bandejas con comida o electrodos capaces de producirles dolorosas descargas.

            Observamos que los ratones eran capaces de atravesar una y otra vez los electrodos si anteriormente habían aprendido que la comida aguardaba detrás de ellos. Por muy intrincados que fuesen los laberintos, eran capaces de buscar el dolor con el fin de llevarse algo a la boca, pues sus sistemas de recompensa les conminaban a buscar la comida, por mucho que sufrieran. Sin embargo, cuando les habíamos extirpado las regiones de recompensa, su comportamiento era errático y desapasionado, como si no encontrasen motivos para caminar o siquiera seguir respirando.

            Nunca olvidaré aquel ratón moteado. Abrí la compuerta y dio un par de pasitos rápidos en el laberinto. En seguida se irguió sobre sus dos patas posteriores y se quedó mirándome con sus ojillos rojos, a la vez que movía frenéticamente sus bigotes. Le empujé con el dedo, pero el ratón se limitó a dar dos pasos más antes de recuperar la misma postura, como si se hubiese arrepentido de entrar en aquel laberinto. Me sobrecogí. Sus ojos rojos seguían posados en mí y parecían leer la compasión en lo más profundo de mis pupilas. Aquel ratón no podía saberlo, pero era un sujeto de prueba destinado a un laberinto donde solo encontraría paredes y electrodos. Y encima tras la prueba, la muerte le aguardaba en la jaula de dióxido de carbono.

            ¿Por qué no pude verlo?

            Por aquel entonces yo ignoraba mi reflejo en los espejos. Vivía una vida monocromática. No percibía la ceguera de alrededor. Así que no puedo decir que no me lo buscase.

            Acabé mi investigación y con ella mi programa de posgrado. Después de mi estudios solo me esperaba infojobs. Era el momento de enviar currículos, correos electrónicos y cartas de recomendación.

            Los meses se arrastraron unos tras otros y no encontraba trabajo. Por fin un familiar me ofreció un puesto como camarero y empecé a trabajar en la zona centro.

            Estaba muy ocupado con mi trabajo. Pasó el tiempo y me fui a vivir con mi novia a un pisito de techos altísimos. Todo nos iba bien, incluso pensábamos en casarnos en un par de años, pero entonces tuve un accidente que lo cambió todo.

            En un descuido, el cuchillo de cocina pasó por la palma de mi mano y estuvo a punto de cortarme varios ligamentos. Me dieron la baja y me quedé en casa.

            No sé por qué, pero aquella línea roja en mi mano marcó un antes y un después, partió mi vida en dos. Como no tenía ningún trabajo que consumiera mi tiempo, me dedicaba a leer, a pasear al perro y a hacerle la comida a mi novia. Cuando acababa con todo esto, pensaba mientras limpiaba el polvo una y otra vez por las mismas paredes de la casa. Supongo que estaba deprimido, que me sentía atrapado aunque no supiera por qué. Nada me apetecía, nada me ilusionaba. Mi novia estaba enfrascada en su trabajo y el sexo no era ni por asomo comparable al que teníamos antes de vivir juntos. Supongo que ésta fue una de las principales causas que nos hicieron dejar nuestra relación.

            Me aferré a lo que me quedaba de vida como una garrapata ilustrada. Devoraba libros en la biblioteca y comencé a escribir para volcar mis ideas en una maraña descifrable.

            Esta tregua no duró para siempre. Era una tarde lluviosa de domingo y no tenía mucho que hacer. Abrí el correo de la asociación literaria y leí el contenido del último desafío. Me pedían escribir sobre laberintos. Los laberintos pensé, son mi especialidad. Miré a Motas, erguido sobre sus dos patas traseras y mirándome con sus ojillos rojos y curiosos a través del plástico de su jaula. En mi habitación era el único testigo de mi pasada vinculación con los laberintos. La lluvia chocaba contra la ventana y el viento aullaba entre las ramas del jardín.

             Pobre ratón, le había rescatado de la muerte y los electrodos, pero le había condenado a una existencia filtrada por el metacrilato de su jaula. ¿Para qué le había sacado de aquel laberinto si no le había dejado vivir?

            Vivir.

            Dar sus propios pasos.

            ¿Se habría preguntado el ratón qué quería hacer en su vida? ¿Qué era lo que deseaba? Más allá de los electrodos y las bandejitas, más allá del trabajo y las nóminas.

            ¿Se lo había preguntado?

            El paralelismo me hizo sonreír. Al principio.

            Supongo que tuve un ataque, o que eso dirían mis padres cuando vieron mi habitación revuelta. La jaula de Motas reventada contra el suelo. Los libros desparramados, la cama desecha. Supongo que empezarían a pensar en una fuga cuando descubriesen que la caja fuerte estaba vacía.

            Salí bajo la lluvia con una mochila a cuestas. No sé cuánto tiempo estuve caminando porque iba enfrascado en mis pensamientos. Lo que sí recuerdo es que me despedí de Motas y le solté bajo unos arbustos. Recuerdo que cuando estaba en el avión rumbo a Chile vomité estas palabras como si fueran el punto y final de una historia y el comienzo de otra.

Fuente de la imagen.

 

Gonzalo López Sánchez

Gonzalo López Sánchez, nacido en Barcelona en 1987, aunque posteriormente reside en Madrid, Guadalajara y Málaga. Licenciado en Biología en la Universidad Autónoma de Madrid y Máster en Microbiología en la misma universidad. Aficionado a la historia, los juegos de rol y la escritura de relatos breves.

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2 Comentarios

  1. por MariPi:) publicado el 23/07/2013  13:58 Responder

    Bonita Historia la de Motas..:)

  2. por Gonzalo López Sánchez publicado el 25/07/2013  02:41 Responder

    Ojalá todos los ratoncitos tuvieran su suerte... :)

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