EL PLACER DE LAS DIOSAS

¡La putísima madre que me parió!

Perdón, Mami. Sí, ya sé lo que me vas a decir: que vos no tenés la culpa de lo que me pasa y, mirándolo bien, no es así ¿sabés? ¿No eras vos la que aconsejaba? «Elba, m’hijita, casate con Melián. Ese muchacho te conviene…»

¡Bueno! Ese muchacho, que tan conveniente parecía, acaba de abandonarme. Ni siquiera tuvo la decencia de esperar para comunicármelo. Mientras yo viajaba por el Tiempo,  Viena Siglo XVIII, para presenciar el estreno de «El Rapto en el Serrallo» (¡notable dirección de Amadeus Mozart!) Melián aprovechó y escapó con esa yegua de su jefa. Pero no voy a quedarme sentada lamentándome ¡claro que no!

¡Hasta prontito, Mami! El Mundo está repleto de hombres ¡ellos me esperan!

 

 

«Tras de cuernos, palos» sentencia cierto refrán popular. Desgraciadamente, Mami, a mí me cae como anillo al dedo.

Conocí un cosmonauta: se llama Misha. Es un tipo genial, encantador, de físico alucinante…

Tuvimos sexo ¡naturalmente! ¿Qué esperabas de una Mujer Emancipada del Tercer Milenio? Pero… no hay nada que hacerle, Mami, nosotras nacimos para sufrir. ¿Por qué seré tan desgraciada?

Misha juró y perjuró que ni siquiera imaginaba estar enfermo. Capaz que es verdad; los médicos sostienen que el período de incubación es variable…

El asunto es, querida Mami, que este cosmonauta acabó contagiándome una enfermedad exótica, de andá a saber qué rincón del Universo, sin cura conocida. No hago más que rascarme con las dos manos (porque no tengo más), si no dictara este mail mediante sonda mental sería incapaz de escribir media línea de corrido. Gracias al dichoso Misha; inocente o culpable ¡no quiero verlo más!

Bueno, intentemos ver el lado positivo. ¿Existirá? Eso supongo, no hay mal que por bien no venga. Esta picazón insoportable en todo el cuerpo (afortunadamente la enfermedad no tiene otras consecuencias) se transformará en instrumento de venganza.

¿No fuiste vos quién me enseñó que la venganza es el placer de las diosas? ¿Recordás cuando me contabas el desquite de Atenea contra la tejedora Aracne? También los tormentos que prodigaba Hera a Heracles; o la forma en que «ambas hicieron pagar a los teucros la afrenta inferida por Paris» (no olvidé sus lecciones, Profesora). Entonces yo, Elba Garbo, ¡de ninguna manera voy a ser menos que ellas! ¡No saben con quién se metieron!

 

 

Listo, Mami. ¡Qué dulce es la venganza! Más que néctar y ambrosía juntos.

Pinté mis labios color rojo sangre, los delineé con lápiz oscuro; espesé mis pestañas, sombreé mis párpados y arreglé mi pelo; me perfumé entre los pechos con Channel 5; prescindí del desodorante íntimo (Melián siempre se entusiasmó con mi fragancia natural); me puse portaligas, medias negras de lycra, tanguita «hilo dental» y solera de gasa transparente. Encima de todo coloqué mi «capa temporal» (espero que el Instituto de Musicología no se entere que la utilicé para trasladarme al pasado por motivos particulares ¡serían capaces de retirarme la licencia!).

Me materialicé en el dormitorio, Melián había bajado a desayunar, calculé que me quedaban quince minutos antes que volviera para propinarme su insulso beso de irse al trabajo. Esa pobre infeliz de Elbita Garbo roncaba plácidamente, con su camisón rosadito de franela, soñando con esa ópera a la asistiría más tarde. La até y amordacé rapidísimo. Despertó y me contempló aterrada: no creo que se haya reconocido en mí.

– Quedate tranquilita, «otra yo» – aconsejé – Algún día nos lo vamos a agradecer.

Intentó forcejear inútilmente; los nudos estaban bien apretados. Primero pensé encerrarla dentro del placar, pero me dio miedo la poca ventilación. Si ella se me moría en el pasado, yo me quedaba sin presente ni futuro. Preferí esconderla bajo la cama.

Quedaba tiempo; retoqué mi peinado, el maquillaje, el perfume y mi vestuario. Me sentía espléndida (¡una verdadera diosa!) había tomado antihistamínicos a granel y, encima, estimulantes en abundancia. Pretendía no rascarme durante largo rato ¡pero lo último que necesitaba era dormirme por los efectos secundarios!

Melián regresó al dormitorio. Yo estaba esperándolo, agazapada. Apenas entró, tiré la «capa temporal»; se quedó mudo, no sé si abrió más grandes los ojos o la boca. Le salté encima, como una pantera en celo, le arranqué la ropa y me lo follé todito…

¡Sí, Mami! Me lo follé como aquella vez que, siendo novios, vos y Papá se fueron de viaje y nos quedamos solitos en casa un fin de semana largo… ¡Qué experiencia sobrecogedora! (literalmente).

Cuando se fue, apuradísimo porque llegaba tarde al trabajo (y a la bruja de la jefa) liberé mi prisionera. Lloró desconsolada, sobre la cama deshecha. Volví a ponerme la «capa temporal» y emprendí el regreso a mi propio día.

Eso es todo, querida Mami. Sólo resta esperar que Melián y su arpía se rasquen hasta arrancarse los pedazos. De una cosa estoy bien segura: no sé por cuál agujerito penetra la enfermedad ¡pero cubrí absolutamente todas las posibilidades! ¿Qué pasa? ¿Eh?

Un segundo, Mami, alguien intenta abrirme la puerta…

¡Melián! ¿Qué carajo hacés acá?

¡No! ¡Dejame, bruto!

¿Para qué me tirás en la cama? ¿Estás loco?

¡Ay, no!

¡No!

¡Te dije que no!

¡Ay!

¡Ay, sí!

¡Sí!

¡SÍÍÍ…

 

(Párrafo Suprimido de los Registros, su Intenso Contenido Sexual y Explícito podría afectar gravemente la Sensibilidad de cierta Sexagenaria Viuda Particularmente Impresionable)

 

¡Mamita querida! ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Viajar a un pasado más reciente y volver a atarme y amordazarme para impedir, esta vez, que Misha me contagie la bendita enfermedad? ¿Buscar en el futuro por si alguien descubrió la cura? Te juro que no sé, Mami.

Dicen que «sarna con gusto, no pica»; te puedo asegurar que ésta sí pica ¡y muchísimo! Sin embargo, no me preocupa demasiado: Melián vuelve a estar conmigo y, si no queda más remedio, él y yo nos rascaremos a cuatro manos, juntos ¡hasta que la muerte nos separe! (como muy bien dijo el Señor Cura).

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