Por Decir

Se encontraba sentada con los zapatos sobre el sofá, hecha un ovillo, dejando que el frío sol de invierno que se colaba por los translúcidos cristales de la ventana que tenía al lado,  jugara con su largo pelo de color negro. Miró distraídamente por ésta, y pensó que fuera daba la sensación de que hubiera llegado la primavera. Le parecía mentira como una imagen, de aparente sol y calor, podía engañar de forma tan sutil. Volvió la cabeza y miró sus zapatos, emblanquecidos por el polvo de la calle.

 

–Jaime pondrá el grito en el cielo –pensó– O quizás, ya no diga nada. Después de todo, ya no importa.

 

Apretó las rodillas contra su pecho y echó una ojeada a las maletas que había al lado del sofá de color rojo. ¿Por qué lo estaba esperando?, Lo mejor que podía hacer, sin duda, era cogerlas y marcharse. Todo estaba hablado ya, y si no la encontraba en casa, no se sorprendería. Puso los pies en el suelo e hizo el ademán de levantarse, pero algo la detuvo. Sus ojos se habían encontrado con la máscara cuidadosamente trabajada en tela y porcelana que habían traído de su viaje a Venecia. Cerró los ojos y se los frotó con la yema de los dedos como si le picaran.

 

-Cara Venezia –susurró sin apenas darse cuenta.

 

Se levantó pensativa y se acercó a la pared de la que colgaba la amable y a la vez misteriosa máscara. Ésta encerraba (recordaba) las delicias de un viaje maravilloso. La descolgó con cuidado y acarició la suave superficie decorada con purpurina de varios colores. Una imagen, como salida de la nada, llegó a su cabeza. Los dos riendo a carcajadas sentados sobre la góndola mientras el viento sacudía sus cabellos y el gondolieri los miraba con condescendencia. ¿Por qué habían reído aquella vez?, no lo recordaba, pero pocas razones necesitaban unos recién enamorados  para reír. El mundo se volvía perfecto en segundos.

 

Volvió a colgar la máscara en su lugar y miró el reloj. Jaime se retrasaba. Quizás lo hacía expresamente para no encontrarla en casa cuando volviera, quizás, prefería ahorrarse la despedida. Y ella, en el fondo, también lo deseaba así; o al menos, eso fue lo que se dijo a sí misma cuando arrancó en dirección a las maletas. Pero en vez de cogerlas, se quedó allí plantada, mirándolas, como si ellas guardaran el secreto de por que estaban hechas. Pasó varios segundos así, quieta, delante de ellas, intentando recordar qué era lo que había pasado en los últimos meses, pero no sacaba nada en claro, la imagen de la góndola se repetía una y otra vez en su cabeza, igual que muchas otras imágenes en las que la felicidad y la risa eran protagonistas. Suspiró.

 

Oyó como la llave encajaba en la cerradura. Alarmada miró en todas direcciones intentado encontrar alguna excusa que justificara el hecho de que se encontrara de pie, al igual que una estatua, en medio de la entrada. Pero no la encontró, así que se quedó mirando como la puerta se abría tratando de que pareciese la cosa más normal del mundo. Jaime con su traje color gris, entró y se encontró directamente con sus ojos. Primero sorpresa. Luego cansancio. Dejó las llaves sobre un platito que se hallaba sobre una cajonera al lado de la puerta y con un gesto no estudiado y ya tan rutinario que apenas reparaba en él, se aflojó el nudo de la corbata verde.

 

 

-Lía… –hizo una pausa como si pensara algo– No esperaba encontrarte aquí.

(No, no te esperaba, pero solo Dios sabe cuanto deseaba encontrarte aquí cuando volviera, como he maldecido el atasco y la insistencia de Juan para que revisáramos las cuentas, porque pensaba que llegaría tarde a casa y no te encontraría, que no podría hablar contigo…)

 

-Ya…bueno, es que estaba recogiendo unas últimas cosas. Ahora mismo iba a coger las maletas.

(No estaba recogiendo nada. Sólo estaba intentando entender qué estoy haciendo, qué es lo que ha pasado. Ayúdame a entender porque creo que la única solución es marcharme, si ahora soy incapaz de recordar nada malo entre nosotros. Que los únicos recuerdos que me vienen a la cabeza son de felicidad. Voy a volverme loca)

 

Jaime asintió mirando al suelo.

 

-¿Dónde vas a estar? –preguntó algo dubitativo.

(Necesito saber dónde te puedo encontrar. Puede que ahora te vayas, pero si me dices a dónde vas puedo intentar arreglar las cosas. Dímelo por favor)

 

-Jaime… –meneó la cabeza– Quizás sea mejor que… no lo sepas. Prefiero estar totalmente separada. Creo que es mejor que ninguno tenga noticias del otro, por lo menos las primeras semanas. ¿No crees?

(¡Voy a casa de Ana! ¡DE ANA! ¿Te acuerdas? La compañera de trabajo de la que tanto te hablo, la que tiene un piso en el centro. Tienes la dirección apuntada en tu agenda porque una vez fuimos a celebrar su cumpleaños allí ¿Te acuerdas? Tu no querías ir, pero acabaste accediendo porque a mi me hacía ilusión. ¿Sabes dónde está la dirección?)

 

-Claro, perdona –arrastrando los pasos cruzó el arco que daba al comedor, llegó al mueble – bar y se sirvió una copa, después con gesto cansado se dejó caer en la butaca que había en el otro extremo de la estancia.

(No, no creo. Todo esto me parece una soberana estupidez. No entiendo que ya te importe todo tan poco. Hemos estado bien hasta hace unos meses. No entiendo que no quieras decirme a dónde vas. Por favor…)

 

Lía se lo quedó mirando unos segundos. Después, con un par de pasos inseguros, se acercó al arco que separaba el recibidor del salón y se apoyó en una de las columnas. Lo miró detenidamente mientras él bebía con los ojos cerrados. Era muy atractivo. Desde el primer momento en que lo vió lo pensó.

 

-Entonces sólo éramos un par de locos que pensábamos comernos el mundo –pensó para sí– Tiempo después, las jornadas de ocho horas de cada uno nos fueron alejando hacia mundos distintos. –suspiró.

 

-Jaime, me voy ya –dio la vuelta y se dirigió al perchero para ponerse la chaqueta.

(Por favor, di algo, haz algo para que no tenga que coger esas maletas)

 

Detuvo el brazo que llevaba la copa a sus labios a mitad de camino y se la quedó mirando con ojos vidriosos. Con gesto de pesadumbre dejó la bebida sobre la mesa, se levantó y se acercó al arco hasta apoyarse en el mismo sitio en que había estado ella unos segundos atrás. Lía con un gesto rápido y memorizado sacó su largo cabello de dentro de la cazadora y se giró hacia él.

 

-Bueno… espero que te vaya bien –dijo ella.

(Grítame, convénceme, échame, haz lo que quieras, pero por favor, di algo, pronúnciate al respecto. Acaba ya con este maldito silencio. El mismo que ha estado entre nosotros estos meses. Dime qué estás pensando)

 

-Gracias. Lo mismo te digo.

(Claro que quiero que te vaya bien. Quiero que nos vaya bien JUNTOS. No es tan difícil de entender. Quiero que te quedes, por favor, reconsidéralo. Quédate…)

 

-Te dejo las llaves aquí ¿De acuerdo? –con un leve gestó se acercó al plato y las dejó en él.

(Detén a mi maldita mano, no dejes que suelte las llaves, siento que si lo hago no habrá vuelta atrás. Cógeme de la muñeca, bésame y abrázame mientras me susurras que todo irá bien si lo volvemos a intentar. No dejes que me vaya)

 

-Vale –quedaron callados unos segundos– ¿Quieres  que te ayude a bajar las maletas?

(¿Las llaves? No las sueltes, no las dejes ¡No me parece bien! ¿Es que no piensas aparecer por aquí? ¿De verdad quieres que nos separemos tan radicalmente? No lo entiendo. ¿Qué ha pasado?)

 

-No, no hace falta. No pesan tanto –se inclinó y las cogió con ambas manos– Pero creo que me tendrás que abrir la puerta –sonrió.

(No, no quiero que me ayudes a bajarlas, quiero que me ayudes a deshacerlas. Quiero que me des razones para dejarlas aquí y bajar los dos a tomar algo y a hablar de cualquier cosa. Pero no quiero que me ayudes a que me vaya. ¿Ya no te importa?)

 

Jaime descruzó los brazos y se acercó sereno hacia la puerta (Por favor, no hagas que sea yo quién abra la puerta, te lo suplico. Parece que te esté echando. No quiero que sea así). La abrió y se echó a un lado para dejarla pasar. Mientras cruzaba el umbral, le llegó el dulce olor de su pelo y tuvo que reprimir fuertemente el impulso de cerrar la puerta de un golpe.

 

-Ya nos veremos Jaime.

(¡Ciérrame el paso! ¡Haz algo para que no me vaya! Cógeme de la cintura y bésame como si te fuera la vida en ello)

 

-Sí…  –cerró la puerta justo cuando ella daba media vuelta para encararse a las escaleras.

(Ya no hay nada que hacer… Se ha ido. Se me ha escapado de entre las manos)

 

Lía se detuvo a medio camino, y echó una ojeada a la puerta, cerró los ojos y echó de nuevo a andar hacia ella. Cuando tenía el dedo solo a un par de centímetros del timbre se detuvo. Miró su mano como si hubiera sido ella la culpable de aquella maniobra, y no su cerebro… o su corazón. En vez de llamar, la dejó reposar sobre la madera, como si tratara de sentir por última vez el calor que desprendía (que había desprendido) aquella casa. (Te quiero…)

 

Al otro lado de la puerta, Jaime se dejó caer hasta el suelo apoyando la espalda en la puerta. Los ojos le escocían por culpa de la férrea disputa que estaban llevando a cabo con sus lágrimas. Una, única y silenciosa, cayó despacio por su mejilla. Echó la cabeza hacia atrás y se tuvo que llevar el dorso de la mano a los dientes para evitar un gemido de dolor. (Te amo…)

 

Lía dio la vuelta y comenzó a bajar las escaleras con paso fuerte y seguro.

V.Smallwolf

Licenciada, máster... Amante de la lectura y de la escritura desde que tenía 4 años y mi lápiz resbalaba por las páginas en blanco redactando fábulas. Ahora cambio el lápiz por un teclado, el papel por una pantalla y las fábulas por relatos y novelas.

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