Un Amanecer Rojo

Las balas llevan volando toda la noche, sin descanso y sin tregua. Esta es una lucha sin redención posible para el vencido. Es morir o matar. El sol empieza a asomarse por el horizonte, casi con miedo de la ira de los hombres. Pues cuando los hombres están en guerra, toda la tierra tiembla. El amanecer es rojo escarlata, del mismo rojo de la sangre que tiñe la tierra entre el Berlín y nuestro campamento. Un amanecer rojo sangre, por tanta violencia y tanta muerte. En la colina de enfrente alcanzo a ver al general encargado de la defensa de Berlín. Agarro ls binoculares que me alcanza un oficial y miro al general.

El sudor perla su frente al advertir el avance de nuestras tropas. Pierde terreno rápidamente, y su tierra se siembra de la sangre de los suyos. Sabe que ya no hay nada que hacer, que Berlín está perdida. El general mira hacia acá, y casi puedo jurar que me me está mirando a mí. Acto seguido iza la bandera blanca. La bandera ondea tristemente, con el dolor de no poder defender su patria.

Mis tropas vitorean la claudicación y alzan los fusiles en señal de victoria. Mis hombres; que han luchado tanto tiempo en esta tierra ajena y han derramado tanta sangre en una tierra que no es la suya. Los soldados entran marchando a Berlín, que rendida abre sus puertas. Entran en calidad de ejército conquistador con derecho a desfilar por las calles.  Sus órdenes son simples. Capturen a los militares y tomen el centro de mando. Sin embargo, a los minutos de la entrada de las tropas; oigo gritos en la ciudad. Agarro otra vez los binoculares y lo que veo me deja otra vez helado. Pido mi caballo a gritos y entro al galope en la derrotada y derruida Berlín. El general alemán viene detrás de mí, espoleando también con temor a su corcel.

Mis tropas, los jóvenes más valientes y fuertes de mi país, corren por las calles saqueando cuanto pueden. Veo como dos soldados corren tras una chica alemana que huye por las calles de su ciudad; espantada. El sargento de los soldados no hace nada por impedirlo, ocupado como está con su propia presa.

El general alemán me mira aterrado mientras ve como su población huye despavorida. Como sufre. La chica alemana comienza a llorar cuando la alcanzan. Lágrimas ardientes corren por sus mejillas y se estrellas raudas contra el suelo. Lágrimas de rabia, de tristeza, de miedo. Pero más que nada; tristeza por la locura de sus hermanos. La locura de los seres humanos. La locura de los humanos, a quienes la violencia les hace sentir bien.

Estoy paralizado. Miro como si estuviese ausente, la crueldad de mis hombres. Solo unos cuantos permanecen detrás mío, tan horrorizados como yo. Unos cuantos hombres que la guerra no logró romper. Porque eso es lo que ahora son mis tropas. Hombres rotos, sin propósito sin corazón o alma debajo de esas corazas. Mientras contemplo impotente, comprendo que esta es la peor parte de cualquier guerra. He estado en las trincheras, temiendo por tu vida y viviendo como animal rastrero hasta morir de infección. He oído la metralla volar por encima de mi cabeza y estrellarse en mis hermanos. He oído los gritos de dolor y los gritos de horror. He visto los ojos desencajados de mis soldados cuando matan por primera vez. Pero nada se compara a esto.

Hombres corriendo, violando y saqueando, exponiendo su lado más cruel. Haciendo violencia por el simple hecho de hacer violencia. Los gritos y los llantos de las mujeres y los niños. Los hombres indefensos ante el dolor de sus familias. Veo en algunos rostros el placer de hacer daño. El placer de sentir poder, aunque eso signifique aplastar a alguien de su propia sangre. Algunos ni siquiera ya tienen ganas. Violan porque pueden hacerlo.

La chica alemana llora. Ya han terminado con ella y al menos sigue viva. Ahora los soldados se vuelven hacia dos jóvenes alemanas que miran aterrados al general que monta a mi lado. Con una punzada en el corazón comprendo que son sus hijas.

–Detén esto– me implora el general alemán y las lágrimas escapan de sus ojos, ardientes y verdaderas.

Las chicas lloran en silencio. Saben que su padre no puede protegerlas esta vez. Que si el general rompe la tregua, nuestros ejércitos montarán en cólera y arrasarán Alemania. Deben sacrificarse por el bien de su pueblo.

Volteo a mirar a mis oficiales. La mayoría de ellos sonríe, y un par ya se unió al saqueo. Mi suboficial me mira y me dice:

–¿Quiere terminar esta guerra con su honor intacto general?– dice sonriendo– Ya no es posible. Párese en las cenizas de un millón de nuestros hermanos muertos y pregunte a sus fantasmas si el honor importa. No obtendrá respuesta.

Yo no respondo. No puedo ordenar el cese del saqueo sin exponerme a un motín. Los hombres están salvajes, desatados y sin oficiales que me apoyen yo ya no tengo poder aquí. Pienso entonces, con todo ese horror desplegado antes mis ojos, en todas las guerras que ha vivido la humanidad en su historia. Las batallas no han sido lo peor. Puesto que cada hombre tiene un arma, un propósito y fuerza para defenderlo. Esto es o más horrífico de cualquier guerra. Cuando los hombres hacen sufrir al hombre solo porque pueden hacerlo.

Y entonces tengo la respuesta perfecta para mi oficial. Y también en ese momento me queda muy claro lo que tengo que hacer.

–Párese en las cenizas de un trillón de almas muertas y cuente a los fantasmas lo que hacemos a sus hijas y a sus esposas. Cuénteles que los horrores del campo de batalla no sirvieron de nada. Y dígales que ni la más cruenta batalla se compara a esto. Pues ni siquiera en la guerra hay tanta crueldad. Uno simplemente esta ebrio del combate. Cuénteles eso y los fantasmas mismos se levantarán de su tumba del dolor.

El oficial me mira con los ojos desencajados.

–Tráigalos aquí y que oigan los gritos de las mujeres y los niños. Que escuchen a sus hijas y esposas llorar y a sus hijos intentar dar la última lucha. La guerra es inevitable. Llegará un momento en que seamos una raza más sensible y más sabia, pero en este momento de nuestra vida, la guerra no será erradicada. Pero lo que jamás, jamás debemos permitir; es hacer sufrir a nuestros hermanos–

–Los alemanes son nuestros enemigos– espeta el oficial– Sus manos están manchadas de sangre inocente. La victoria definitiva es aplastar a tus enemigos. Verlos postrados a tus pies– el oficial señaló a una chica que suplicaba colgada del atuendo de un cabo– Tomar sus caballos y sus bienes y oír las lamentaciones de sus mujeres. Eso es lo que estamos haciendo en este preciso momento. Escribimos la historia.

–Se equivoca oficial. Escribe la historia sobre sangre inocente– le digo negando con la cabeza mientras una infinita tristeza me invade– ¿Usted cree en Dios?

–No me venga con jerga religiosa, con el debido respeto general– responde mi subordinado.

–No es jerga– le respondo– Hay una cosa en la tierra, más allá de cualquier dios. Y es que nadie llore sangre, para que otro se sienta mejor.

Mi oficial ya no me responde. Pero yo sé lo que tengo que hacer.

–¡Detengan el saqueo!– exclamó con toda la fuerza de mis pulmones –¡Es una orden!–

Mis oficiales me miran confundidos, excepto un capitán y un coronel que me miran agradecidos.

–No podemos detener el saqueo general– me responde un capitán– Los soldados se lo han ganado. Y los alemanes también.

–Nuestros soldados necesitan venganza mi general– responde otro oficial– Por sus compañeros caídos. Por los horrores de la guerra.

–El ojo por ojo dejará al mundo ciego– le respondo– Detengan el saqueo.

El coronel me respalda y se une a mi grito.

–¡Detengan el saqueo!– grita y mis soldados se paran un momento, confundidos por la orden.

–¡Es una orden!– reitero y mis soldados se miran entre ellos, dudosos de si obedecerme o no.

Las hijas del general corren hacia él y entierran sus rostros en su abrigo. El alemán me mira con los ojos desorbitados y ni siquiera es capaz de articular palabra. De pronto, una de sus hijas se separa de su abrazo y se vuelve hacia mí, el conquistador de su ciudad.

Danke– dice la chica mientras sus ojos brillan con un agradecimiento más allá de toda descripción.

Me quedo allí, parado; movido por la fuerza de aquel danke. Por la fuerza de un agradecimiento verdadero. Cuántas veces he oído “gracias” en mi vida. Y sólo hoy, lo he oído en su verdadera fuerza. Tiene más fuerza que el gracias que me dio el presidente, acompañado de una brillante medalla de metal sin alma. Más fuerza que el agradecimiento de magnate que me recibió en su casa, y a quien regalé lo mejor que el dinero pudo comprar.

Una simple palabra que pronuncia una chica en una lengua que no es la mía, en una tierra que no es la mía, a un hombre que es su enemigo. Gracias.

–No–escucho que dice una voz, alzándose del silencio –Reclamamos el botín de guerra–

Me volteo y veo a mi oficial renegado que avanza hacia mí, con el rostro crispado de ira. Apunta hacia mí un dedo acusador.

–¡Botín!– exclama y los soldados lo secundan.

–¡Botín!-

Niego con la cabeza y miro al alemán. El hombre abraza a sus hijas, temiendo por sus vidas.

Entonces mi oficial sonríe malévolamente y cambia sutilmente las palabras. En cuanto sus labios se abren, sé que va a decir y se me hiela la sangre en las venas.

–¡Motín!– grita y el grito hace eco en toda la plaza. Los soldados sacan sus pistolas, todavía calientes de la batalla y la ablanden amenazadoramente.

Intento mantener la calma, pero en mi interior sé que esto está perdido. Un movimiento en falso y nos matarán a todos.

En ese momento, la mayor de las hijas del general se separa de su padre y camina lentamente hasta el centro de la plaza. Mientras pasa a mi lado, puedo ver su expresión de infinita tristeza y miedo. Todos los ojos de mis soldados están fijos en ella. Miradas hambrientas y salvajes. La chica se para en el centro de la plaza y cierra los ojos. Lentamente, con miedo, empieza a desatarse los lazos del vestido. Mis soldados ríen, cruel y malévolamente, saboreando el premio.

Estoy anonadado, ante la gentileza y generosidad de la chica. Se ofrece a ella misma como ofrenda, para calmar la rabia de mis hombres. En cuanto mis músculos responden, comprendo que ella no merece morir. Ni sufrir de la forma en que lo hará.

Saco mi pistola, tan familiar a mi tacto y apunto a mis hombres.

–Nadie la toca–

Mis hombres ríen y se acercan a la chica. Empiezan a tocarle el cabello y a mirarle el rostro.

–Dispararé– amenazo– Si no se alejan. Incluso en los tiempos más obscuros no podemos renunciar a lo que nos hace humanos.

Unos cuantos soldados bajan sus armas y se alejan avergonzados. La raza humana es en general, más buena que mala; pero cada uno debe controlar la obscuridad de su interior.

–La violencia genera violencia, y la guerra más guerra. La muerte solo traerá muerte. Debemos romper este círculo vicioso de violencia y guerra. Y se empieza aquí.

Más soldados se alejan, tambaléandose como si los hubiesen golpeados. La humanidad está empezando a emerger de sus corazones de hierro.

Mi oficial ve como los hombres lo empiezan a abandonar y crispa las manos alrededor de su arma. Exclama algo ininteligible y se lanza a la chica escupiendo espuma por la boca, completamente entregado a su locura. Alcanzo a ver como aprieta el gatillo y oigo la detonación.

Corro hacia la hija del general alemán y me interpongo entre ella y el proyectil plateado que busca su corazón. La bala que iba a su pecho, me alcanza a mi en el hombro y me atraviesa. El dolor me nubla la vista, pero me levanto; pues esta no es la décima parte del sufrimiento de los vencidos. La herida sanará.

Los demás oficiales, recobran la cordura y esposan el renegado, que disparó a su oficial al mando. Las tropas toman el centro de la ciudad, y Berlín se declara vencida. Se respeta a los militares que se rinden y a la población civil.

Años más tarde me preguntarían porque estaba dispuesto a morir por una chica alemana. Una chica enemiga, en un suelo que no era el mío, por una ciudad que no era la mía, y de una bala hermana. Me tardé en contestarles, pero la respuesta siempre estuvo enterrada en lo más hondo de mi corazón.

–No por una enemiga– les contesté– No por una alemana. Sino por un ser humano. Porque ser humano es tener compasión, piedad, hermandad y amor. Son nuestra humanidad, más que nada en el mundo.

Arturo Vallejo Toledo
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