ESCÉPTICO – Primera parte

Las leyendas urbanas siguen escarbando con fuerza en la actualidad hasta llegar a la fibra sensible de aquel que oye alguna de ellas. Y es que, ciertamente, me veo obligado a denominar al receptor «oyente», puesto que no se puede hablar de «lector» más que en un pequeño porcentaje de los casos. Su principal característica, la que le da el apelativo urbana, es el de la transmisión de boca en boca de unos hechos acerca de los cuales nadie tiene constancia de que ocurrieran verdaderamente. “Me han contado que…” Lo que muy poca gente sabe es que estas historias no constituyen un fenómeno actual ni moderno. Existen testimonios escritos que hablan de las primeras chicas de la curva que se materializaban en los cruces de caminos de la época medieval.

Pero, no es mi intención aburrir al lector con pequeños ensayos teóricos. Sí, en este caso me referiré al destinatario como «lector», puesto que es a través de estos párrafos, y no de palabras habladas, como quiero contar esta leyenda urbana. El relato constituye la adaptación de una de ellas. Espero, por tanto, llegar a tocar uno de los muchos temores internos que poseemos los seres humanos en común, a pesar de que no tengamos aparentemente constancia de ellos, en lo más profundo de ese extraño e imprevisible órgano al que llamamos cerebro. El escenario, uno de los clásicos, la carretera solitaria. Su título: ESCÉPTICO.

Las leyendas urbanas siguen escarbando con fuerza en la actualidad hasta llegar a la fibra sensible de aquel que oye alguna de ellas. Y es que, ciertamente, me veo obligado a denominar al receptor «oyente», puesto que no se puede hablar de «lector» más que en un pequeño porcentaje de los casos. Su principal característica, la que le da el apelativo urbana, es el de la transmisión de boca en boca de unos hechos acerca de los cuales nadie tiene constancia de que ocurrieran verdaderamente. “Me han contado que…” Lo que muy poca gente sabe es que estas historias no constituyen un fenómeno actual ni moderno. Existen testimonios escritos que hablan de las primeras chicas de la curva que se materializaban en los cruces de caminos de la época medieval.

            Pero, no es mi intención aburrir al lector con pequeños ensayos teóricos. Sí, en este caso me referiré al destinatario como «lector», puesto que es a través de estos párrafos, y no de palabras habladas, como quiero contar esta leyenda urbana. El relato constituye la adaptación de una de ellas. Espero, por tanto, llegar a tocar uno de los muchos temores internos que poseemos los seres humanos en común, a pesar de que no tengamos aparentemente constancia de ellos, en lo más profundo de ese extraño e imprevisible órgano al que llamamos cerebro. El escenario, uno de los clásicos, la carretera solitaria. Su título: ESCÉPTICO.

***

 

Había escuchado en muchas ocasiones las historias que se contaban sobre esa zona. Creo que lo llaman el “paseo de los enamorados”. Qué irónico. Según me contaron, las parejas cuya relación no era aceptada por sus familiares, iban allí a suicidarse. Bueno, ahora que lo pienso, más que irónico es… macabro.

            Nunca he prestado demasiada atención a ese tipo de “cuentos para asustar a los niños”. Y es que ya se sabe lo que pasa con ellos: alguien lo ha escuchado de boca de un conocido al que, a su vez, se lo relató un amigo que conocía la historia porque su abuela se la contó cuando era pequeño. Y así una larga lista de etcéteras. Cada una de las personas, desde la primera que oyó el suceso, seguramente habría ido añadiendo un elemento nuevo que hacía variar levemente los acontecimientos que le narraron, por lo que las versiones que yo había escuchado no tendrían nada que ver con el hecho original, si es que alguna vez lo hubo. Por eso no me asustaban, no me producían temor. Pero, la verdad es que tener que pasar por allí con el coche a altas horas de la madrugada era algo bien distinto.

            Por cuestiones de trabajo, tenía que desplazarme esa noche hasta una ciudad cercana. La carretera principal se encontraba sumida en un proceso de obras de ampliación que pronto concluiría, pero hasta entonces, esa vía estaba cortada a cualquier tipo de tráfico. De modo que no tuve más remedio que tomar otro camino, y para ello debía atravesar el ya citado enclave.

            Ya podía verlo a lo lejos. Era una pequeña colina, aunque se elevaba considerablemente a uno de los lados de la carretera. Es curioso, dicen que, sobre todo durante la noche o cuando estamos muy cansados y nos sentamos al volante, desarrollamos lo que muchos llaman la “conducción automática”. Al igual que abrimos la puerta y nos sentamos para arrancar y poner el vehículo en marcha casi sin darnos cuenta, mediante un acto prácticamente reflejo, nuestro ángulo de visión, nuestra capacidad perceptiva en general, queda limitada a lo que vemos a través de la luna delantera. El resto, es como si permaneciera en penumbra, inerte para cualquiera de nuestros sentidos.

            Quizá fue por esta razón, o quizá porque aquellas historias que tan poco me atraían, me sugestionaban de tal forma en ese momento que era incapaz de prestar atención a ningún otro estímulo. No lo sé. Pero lo cierto es que no podía dejar de mirar hacia aquella colina, cuyo contorno se dibujaba tímidamente en la oscuridad, y desde la cual, según contaban esas leyendas, las parejas se dejaban caer al vacío, para acabar juntos con una vida que les era imposible seguir disfrutando separados el uno del otro.

            Cada vez estaba más cerca. Tengo que ser sincero, la verdad es que en ese momento, maldije mi suerte por haber tenido que tomar ese camino. La visión de la retortijada carretera llena de hierbajos y tierra, oscura, siniestra, y que casi podía considerarse un camino sin asfaltar en mitad del bosque, me producía escalofríos. ¡Malditas leyendas urbanas! Seguro que si no hubiera escuchado ninguna de ellas, el viaje se me habría hecho muy corto, y hubiera dejado atrás la turbadora colina sin el menor incidente. A esas horas las carreteras estaban totalmente desiertas, y el trayecto no se habría prolongado más de veinte minutos, pero era precisamente ese silencio rígido que gobernaba el paraje otro de los elementos que provocó que tuviera que tragar saliva para deshacer el nudo que se me había formado en la garganta.

            Decidí optar por lo más práctico: acelerar la marcha y pasar lo más rápido posible por la zona a lo largo de la que se extendía el promontorio. Pisé el acelerador. El coche avanzó rápidamente por la estrecha calzada. Tenía la vista fijada al frente, pero podía intuir cómo me acercaba a la colina, cómo la iba dejando atrás, cómo, de la forma más sencilla, iba a poner fin a mi inquietud. Ya estaba a punto de acabar con todo aquello. Sólo unos metros…

            Entonces, vi algo.

 

***FIN DE LA PRIMERA PARTE***

Manuel A. Ibáñez

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1 Comentario

  1. ibanhez7 dice:

    No sé qué quieres decir con eso

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