Déjame que te cuente el mundo que ven mis ojos

Un mundo diferente, cambiante, con contraste, con idas y venidas, altos y bajos. En la infancia es un mundo lleno de fantasía, donde todo es posible. La inocencia y la ignorancia se juntas para sorprender cada día. Puedes vencer a monstruos gigantes, jugar con cualquier cosa, hasta unos simples palos pueden ser tus aliados.
Luego te conviertes en un adulto y llegan las preocupaciones, las obligaciones, el tener que decidir o renunciar. Aparecen las comparaciones, la envidia y el rencor. El futuro interesa y el tiempo preocupa. Aparece también algo llamado madurez, que más que con la edad tiene que ver con las situaciones que vives, como las afrontes, tu entorno, las personas que te rodean y sobre todo tú mismo.
Yo diría que hay varios mundos. Está el mundo de los porqués, por qué me pasa esto a mí, por qué no puede ser de otra manera y también está el mundo sin respuestas. El mundo del la arrogancia y la avaricia y el mundo de la inocencia y la añoranza. Un mundo de fachadas y apariencias, otro de hechos y palabras. Un mundo de tonos grises, otro de colores claros. Otro donde algunos lo tienen casi todo y otro donde muchos deben de perseverar para conseguir algo.
Pero te das cuenta de que la realidad está ahí con su aplastante presencia para recordarte que solo hay un mundo, el que te ha tocado vivir. Déjame decirte que a veces cierro los ojos y veo el mundo de los sueños, los deseos, las aspiraciones y motivaciones, puede que sea un autoengaño ya que la realidad me muestra todo lo contrario pero es un instante donde todo vuelva a ser posible.

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