Necesito una Píldora

La respiración ha dejado de ser un simple jadeo para convertirse en un bramido casi animal, ríos corren por sus rostros descompuestos, una orgía de manos se encuentra y se esquiva. Las carnes tiemblan y los cuerpos se aceleran enardecidos, el movimiento se hace más rápido mientras que se cruzan fieras las miradas. El sol ha empezado a ocultarse y se notan los primeros síntomas de fatiga, Samuel muerde el polvo tras una fuerte embestida, sólo puede emitir un leve gemido; con sus labios roza un muslo palpitante, se levanta ágilmente e intenta manejar la situación, acaricia el objeto redondo mientras sus manos se deleitan con la textura, la respiración se le entrecorta y da dos saltos con sus piernas de gigantes, el tablero resuena como el rugido de mil volcanes, la maya convulsiona, el balón cae pesadamente, la tribuna estalla en un grito delirante; Samuel levanta los brazos como un César; ¡Victoria!, que bien se siente. Y es que la importancia de los deportes para mi ciudad, querido extranjero, sólo se puede comparar con la necesidad que desarrollan las estrellas de Hollywood por un buen pase de cocaína. Es en los deportes que las personas de mi ciudad pueden eliminar todas sus frustraciones, expulsar la mala vibra que crece como la polución, el resentimiento, la impotencia, reprimir ese deseo de inmolarse en la plaza de mercado sólo para salir de la asfixiante rutina. Imagina querido extranjero, lo que ha de ser estar rodeado todo el tiempo de borregos, personas que vinieron al mundo a reproducirse y morir, y por otra parte, intentar sobre llevar el ritmo desorbitarte, sicodélico de la ciudad, una ciudad que nunca duerme, nunca se detiene, nunca descansa, bueno casi; porque lo hace sagradamente una vez por semana, siguiendo la tradición que nos impusieron hace tanto. Fue tal vez por eso que una chica salió una noche de miércoles con la cabeza destrozada por la rutina, cansada de escuchar ese maldito aparato que aullaba cada mañana para decirle que eran las 5, de tomar una ducha caliente, de coger el mismo puto bus, de ver la cara de perro de su jefe que siempre le tocaba las nalgas; aburrida del café a las 11, de tener que fumarse un “porro” en el baño para poder llegar a las 6, hastiada de tomar el mismo bus de vuelta, de ver la telenovela, de irse a dormir con el ánimo desecho y repetir lo mismo al otro día, claro, menos los domingos, cuando la ciudad dormía y ella soñaba con despedazarse las venas para no volver a escuchar al maldito despertador chillar en la mañana. Necesitaba algo diferente, un cambio, por eso salió esa noche, tal vez a buscar un amor casual, a ceñirse a la noche, a ser la noche, a buscar una píldora, una caricia o un tiro en la cabeza. Se refugió en un bar que desconocía esa rutina de que la gente sólo bebe de jueves a sábado, se inyectó algo de música, se arrancó la ropa en la pista, olvidó sus zapatos en la mesa, se destruyó el cerebro con vodka y se acercó a un hombre que estaba en otra mesa y le dijo una frase que mecanizaría con el tiempo –Papi, un poco de compañía-.

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