Crisálida de Ceniza (6 final)

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La ilusión por volcar todo el cariño acumulado durante tres difíciles meses me hizo mantener una sonrisa infantil ingrávida en mi rostro. Mi entorno se alegró de la energía renovada y se consolidaron en su predicción de que el tiempo curaría las heridas por muy profundas que fuesen. Pero ellos no sabían que yo no tenía ninguna herida. Que hubiesen asimilado la huida de Blanca como una tragedia no iba a obligarme a que la negase, que habría sido lo más cobarde, lo más fácil. Marta no entendía lo que me ocurría, y se interesó por mis pensamientos, pero eran muy íntimos y tenía la concepción de que era sagrado conservarlos adentro así que le aclaré que mis días estaban haciéndose más coloridos y optimistas. No pareció contenta con mis evasivas. Me dio igual no satisfacerla, ésto distaba de ser un detalle de sinceridad a una compañera agradable, se hallaba a otro nivel. Me llamaron antiguos amigos y no cogí sus llamadas. O se imaginaron que había perdido el móvil o se tuvieron que cabrear porque les rechazase de continuo. Me era indiferente. Estaba pletórica por el esperado regreso y colmada de desprecio por el olvido, pese a que probablemente lo deseara la propia Blanca. La dimensión material me era ajena. Tocaba los objetos con la piel anestesiada, escasamente interesada en la textura de las cosas. Los sonidos y la incandescencia de los cromatismos que me rodeaban se recortaban y reorganizaban en collages de intrigantes significados, que interpretaba vagamente, pero que me producían un sugestivo embelesamiento. Fue viernes y no salí. Volví a ver los cinco primeros capítulos de Vientos de Agua, una serie que había visto el año anterior. Pasada la noche llegó el sábado. Me levanté tarde, comí y salí a dar una vuelta. Fue enorme, estuve seis horas en la calle. Cuando mis piernas estaban hechas trizas y había tragado humo de centenares de tubos de escape, emprendí el camino de retorno, el cual me llevó casi dos horas. Eran las once, y sin cenar me arrullé envuelta en el blando edredón, el cual jamás me había fallado para templar las asperezas cotidianas. El baño onírico de aquella larga oscuridad anudó mi hilo vital, trabando mi líquido vagar. No hubo registro de ningún relato. La talla que hizo esa subversión del inconsciente fue interna, metamorfoseando mi médula. Aún hoy puedo experimentar la crisálida abriéndose cruelmente, mi surgencia a la vastedad gris. Pero cuando salí por el portal todavía no había sacado la cabeza de la pupa y mis pies se atropellaban ansiosos por encaminarse al lugar de la cita, aunque tuviese que esperar varias horas a que fuese la hora. El cielo era de un azul inmenso. Daba vértigo mirar hacia arriba. El aire olía a humo, a anticiclón estático, y hacía carraspear la garganta, dando la sensación de tener la saliva llena de nitratos y ceniza. El desplazamiento me condujo en dos docenas de breves pestañeos a la extensa alfombra verde. Avanzaba en una línea matemáticamente recta, cortando el azaroso moteado de fronda parda, que crujía bajo mis suelas, pero me recorrió un escalofrío al percatarme de que estaba aplastando todos esos cadáveres y esquivé al resto. Acabé plantada al lado del álamo observándolo con respeto, y pensé que me quedaba un buen rato para el reencuentro así que me tumbé en su pie dispuesta a contar todas las bifurcaciones que había en su ramaje. Me quedé dormida, profundamente dormida, de una forma natural que sólo se consigue en el suelo vivo. No por ello estaba inerme. En realidad me hallaba en tensión, con el miedo acechando, disuelto bajo los párpados. Noté que me tocaban el hombro y desperté en una centésima de segundo. Me puse en pie mirando a alguien a quien no me figuraba allí. Era Irene la prima de Blanca. Se conocían muy bien, se querían mucho. Aterrizó una potente opresión en mi tórax.

-¿Que haces aquí?- Exigí. Ella no respondió. Tenía los ojos desorbitados. Apuntó con sus turbadas pupilas al diálogo de fantasía de la corteza.

-¡QUE HACES AQUÍ!- Grité con ríos erosivos en las mejillas. Me abrazó. Me retorcí y grité más alto. Y luego sólo lloré.

En el cielo despejado las nubes se estilizaron, se contrajeron y derramaron sus gotas. Las manos de Irene me libraron de lo que quedaba de mi antiguo y joven cuerpo.



 

La semana siguiente pretendió, sin éxito, asemejarse a las anteriores. Me descubría congelando mi ritmo habitual, estancándome en ensimismamientos reiterativos, que surgían a una escala tan gradual que me era imposible situar su inicio, dándome cuenta de su existencia cuando el volumen era atronador y estallaba disgregándose las fuerzas. Una tarde quedé con los amigos de clase. Marta, la que mejor me caía, y yo nos apartamos del grupo, y le conté todo. Desde la amistad infantil hasta el acidente. Incluso acabé confesándole mi inquietud, generada por los sueños y por el dibujo que había encontrado en el tronco del árbol del parque. Ella fue sencilla. Me dijo que era normal que volviesen recuerdos y que el dolor se cebase más pasado un tiempo. Yo le dije que no era exactamente dolor y creo que ella no lo entendió bien. Debió advertir su inacabada comprensión y generosamente no insistió con conclusiones y análisis torpes. Se limitó a darme un abrazo y me deseó que no lo pasase muy mal durante mucho tiempo. Ese día conectamos un cable. Su cercanía me resultó confortable y no me arrepentí de haberle explicado mi sufrimiento. Si lamenté hacerlo con Blas y Lucía. Ellos, aún siendo amigos de toda la vida, no supieron decir nada acertado y en cambio sí trataron de convencerme de un montón de sandeces estúpidamente optimistas y típicas como “la vida sigue” o “ella hubiese querido que no te hundieses por su muerte sino que siguieses adelante llevando su recuerdo contigo”, que me hizo concluir que no merecía la pena esperar buenas ideas de ellos sobre este tema. A ellos dos, como al resto de viejos amigos, y no por eso mejores, los ignoré durante una buena temporada. Y sin ganas de retomar amistades ni de pedir disculpas no llamé a las personas a las que había importunado con mis interrogatorios telefónicos. Por otra parte mi familia siguió tan disponible como de costumbre, lo que no hizo que recurriese a ellos o les prestase mucha atención. Ya una semana después de mi primera visita, más tranquila pero no exenta de pensamientos obsesivos, resolví que tenía que regresar al parque, siendo el principal motivo la urgencia por zanjar la sensación inquietante que me había dejado el dibujo. Fui a la misma hora, me encontré a los mismos ancianos cargando con bultos igual de pesados, y había una luz parecida, nítida e intermitente por el vuelo veloz de las nubes que se atrevían a obstruir los rayos del sol, que eran oblicuos por la estación entrante y por tanto vulnerables al clima húmedo y frío. Alcancé pronto la hierba regada de hojarasca, y enseguida me situé al abrigo de las ramas raquíticas, cerca de la corteza. En el papel de la piel del álamo una cicatriz de bolígrafo negro sangró mis ojos. Caí de rodillas, o me arrodillé patéticamente, y me acerqué a unos escasos centímetros del nuevo dibujo, esperando a que cambiase y me sacase del impacto violento en el que me había incrustado. Allí, señal confusa pero innegable, estaba grabada una figura de Blanca, de perfil, mirando al vacío, mirando muy a lo lejos. Lloré por no comprender. No de pena, no de nostalgia. Di una vuelta al árbol retorciendo la idea que se expandía en líneas ávidas y volví a fijar mis ojos babeantes. Pero era ella, tal como ella se veía, tal como ella se retrataba en su puto cuaderno. Era su mano la que había hecho eso. Mi cabeza rodó por la hierba desencadenando el deseo hondamente reprimido: que siguiera viva. El cuerpo que pusieron en el tanatorio no podía ser el suyo, no era su cara. Nadie la vió caer por el acantilado. Esa chica joven comida por los peces no era Blanca. No lo era. Pero esa mano si era de Blanca. Esa cara que hacía unos días no existía, era Blanca.

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