El abrigo verde

Unos pasos cansados pero pertinaces se hunden en la nieve en un vano intento de arañarle a la estepa unos cuantos centímetros más de vida. Como si de una vela rasgada se tratase, un abrigo verde y grueso pende entre jirones de la encorvada espalda del soldado. Apenas ya una sombra y un suspiro en medio del viento.

Ya no hay sitio para pensamientos complejos o algún tipo de introspección, tan solo un dolor agudo y lacerante que desgarra los dedos de las manos y los pies con sus dientes de hielo. El frío se materializa en las pestañas y en la barba en forma de cristales que finalmente empapan la bufanda y llegan a convertirse en vapor caliente bajo varias capas de abrigo.

Si tuviera fuerzas, lloraría.

Sobrevivir unas horas más es un tormento impuesto por la interminable sucesión de pasos y crujidos sobre la nieve.

Poco antes de que el soldado se deje caer junto a un tocón para morir, la mole silenciosa de un carro de combate humeante se anuncia a través de volutas de humo negro. Alrededor del T-34 hay un collar de cadáveres congelados que no le importan a nadie.

El soldado alemán se acurruca junto al motor aún caliente y duerme en medio de la estepa rusa.

Pasa la noche y sale un sol gris que no calienta. El soldado reconoce los alrededores. Hay tres muertos medio hundidos en la nieve. Uno de ellos tiene los ojos abiertos hacia el cielo. Al arrancarle los calcetines, varios dedos se despegan. A su lado, hay una ametralladora PPSH-41 que guarda silencio indefinidamente y que él no recoge.

Se suceden los interminables pasos sin llevarse al estómago más que un puñado de nieve. La lengua pegada al paladar, el pecho y la garganta ardiendo de dolor; las manos no se sienten y los pies protestan a cada paso pero siguen enteros.

Si el horizonte blanco sigue huyendo, el soldado piensa que se volverá loco.

A lo lejos se oye el tableteo de un arma, un eco lejano de una guerra que ahora le incumbe menos que nunca.

Por fin, encuentra el tejado inclinado y la chimenea humeante junto al pequeño puente. Allí está el pozo desvencijado y, bajo la nieve, se intuyen unos establos medio derruidos cuyos caballos sirivieron hace tiempo como carne para la Whermacht.

Acelera el paso riendo de alegría. Envuelto en un abrigo verde hecho jirones, con la cabeza cubierta por varias bufandas entrelazadas y un casco abollado. Los pies envueltos por tres pares de calcetines y unas botas gruesas robadas a un ruso muerto. Empuñando una pistola Luger por precaución.

Entonces, un eco sordo y repentino rompe el silencio y el soldado se detiene de repente. Cae de rodillas con las manos en el abdomen y deja caer el arma torpemente. Se queda así, mirando el agujero en el abrigo sin poder creer lo que está viendo. Así, ¿sin más?

-No…—Cae de espaldas, con las piernas medio dobladas, mirando al cielo grisáceo y gélido. Las lágrimas caen por sus mejillas, pero se congelan al poco. Nota como la negrura se abre camino y las sensaciones se atenúan, pero siente que alguien se acerca lentamente.

Allí está ella. Una figura insólita de ojos azules y cabello castaño. Un cuerpo menudo y sinuoso que él conoce muy bien, a pesar de que esté envuelto por un abrigo enorme y un gorro de piel. Ella abre los ojos de par en par y deja caer el fusil con que ha disparado.

-El abrigo es verde…es ruso. —El soldado alemán la mira sin comprender  entre temblores. Intenta incorporarse pero no puede. Hace acopio de lo último que le queda y mira los ojos que ha amado en tantas ocasiones. —¡Qué más da el color del abrigo!

Ella le ignora y le arrastra hasta la isla de calor que es su cabaña. Le da agua y le lava la herida, le pone una venda alrededor de la cintura, le hace una sopa y le habla al oído.

El soldado se olvida de donde viene y muere lentamente.

 

Pero le lleva más tiempo del esperado.  Años después, sentado junto a la chimenea de su casa, cuando el tiempo ya había borrado la cara de ella y aquella guerra sólo existía en los libros y en algunos corazones viejos, el soldado sonríe con una tristeza eterna cuando su nieto le dispara con una pistola de plástico.

Hay muchas cosas que no cambian.

 

Gonzalo López Sánchez

Gonzalo López Sánchez, nacido en Barcelona en 1987, aunque posteriormente reside en Madrid, Guadalajara y Málaga. Licenciado en Biología en la Universidad Autónoma de Madrid y Máster en Microbiología en la misma universidad. Aficionado a la historia, los juegos de rol y la escritura de relatos breves.

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4 Comentarios

  1. por Ladydaiquiriblues publicado el 01/11/2011  23:34 Responder

    ¡Muy chulo! Me ha gustado esa mezcla entre lo nistórico, lo romántico y lo nostálgico. Chapeau!

  2. por Logan publicado el 05/11/2011  05:04 Responder

    Entretenido, interesante y bonito final. Además, sugiere el conocimiento del tema tratadolo
    que implica un trabajo previo de documentación (el tanque Tigre, la ametralladora
    PPSH-41, la Luger, el color del uniforme de las tropas soviéticas, etc.). Todo ello es
    de agradecer porque te hace vivirlo en primera persona. ¡Parecía que era yo el que
    huía de Stalingrado!
    Gracias por hacerme pasar un rato agradable.
    Saludos y cinco puntos al canto.

  3. por xplorador publicado el 06/11/2011  17:23 Responder

    ¡Gracias por los comentarios! Me siento más que satisfecho si consigo que alguien pase un rato agradable al leer algo mío, de verdad. Me anima a seguir probando cosas.

    Por cierto Logan, has dado en el clavo. A medida que iba escribiendo esto me acordaba, ya no sólo de algunos libros que he leído, sino también de la secuencia final de una película que se llama "Stalingrado". No sé si la conocerás.

    Bueno, ¡nos vemos/leemos!

    • por Logan publicado el 06/11/2011  19:32 Responder

      Sí, la he visto. Se trata de una de las pocas películas sobre la Segunda Guerra Mundial que aborda el tema con bastante rigor histórico, es decir, sin adornos.
      No obstante, y en relación a tu relato, además de lo que planteé en mi anterior comentario, quisiera destacar el cómo logras plasmar el pensamiento real del soldado de a pie (sea del color que sea).
      Recibe un saludo.

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