Metamorfosis

Algo reptaba en su interior, desgarrándole desde dentro y arrastrándolo hacia la oscuridad.
La actuación comenzaba, una vez más. Una vez más de tantas, ni la primera ni la última. Con el bosque y un cielo negro como silentes espectadores, daba comienzo una tragedia sin personajes secundarios, sólo un triste protagonista y su sombra. Y mientras el viento susurraba a través de los árboles a modo de modesto aplauso, él se retorcía sobre un escenario melancólico de humus y hojas marchitas. Violentas convulsiones sacudían un cuerpo que empezaba a quebrarse en lo más profundo; la sangre que vomitó su estómago dejó un rastro de su ser demasiado rojo y nítido.
Su alarido quedó a medio camino de serlo, y un gemido le arañó la garganta al abrirse paso al exterior para perderse en la noche. Perderse como se perdía él. Su conciencia basculaba peligrosamente cerca de un abismo del que quizá no volviera a salir. Todo lo que significaba ser él se licuaba hasta desaparecer, rápidamente.
Las entrañas le ardían y parecía que fueran a estallar en una oleada de dolor infame. Las ramas desnudas de los árboles y la luna parpadeaban y desaparecían una y otra vez, como enloquecidas. El mundo bailoteaba ante sus ojos febriles burlándose de su sufrimiento.
Los recuerdos giraban en una vorágine de colores y sensaciones vagas. Lo abandonaban. Oía voces desprendidas de conversaciones que habían terminado mucho tiempo atrás, entremezcladas con el sonido crepitante de su respiración; imágenes que bombardeaban su cerebro con recuerdos que se le escapaban como arena entre los dedos.
Un lobo aulló en alguna parte. Era un lamento triste. Cuando al primero se le unió un segundo, y a éste un tercero en un coro lánguido, él se descompuso y las lágrimas ardieron en sus mejillas heladas y humedecieron sus labios crispados. Los dedos dejaron profundos surcos en la tierra. Algún retazo todavía vivo de su mente daba coletazos furiosos, intentando sobrevivir, pero la transformación llegó a su clímax y el dolor arrasó como un huracán de fuego con toda su existencia. Esta vez su pecho se desgarró en un aullido que retumbó en todas partes y en ninguna.
Y su corazón se detuvo.
Estuvo tres minutos y medio oficialmente muerto. En ése tiempo sus dedos se retrajeron y su piel onduló y transmutó mientras los huesos chascaban al quebrarse en la oscuridad. Una cascada de dientes cayendo sobre las hojas de pino tintineó en la oscuridad, sustituidos por blancos caninos.
La luna estaba alta en cielo. El primer lobo gris asomó el hocico entre los troncos desnudos de los álamos. A él se le sumaron otros tres que se acercaron envueltos en sus alientos condensados. Y así la manada fue envolviendo en un abrazo mudo a su miembro, hasta que el aire volvió a inundar sus pulmones, hasta que una de sus patas se movió repentinamente en un espasmo involuntario, hasta que todos los lobos oyeron su corazón bombear en el pecho.
Él levantó la vista. Olió la tierra mojada. Sintió la humedad impregnada en su pelaje veteado y rojizo. Fue levantándose poco a poco, trabajosamente, sin sentirse muy seguro sobre sus cuatro patas aún entumecidas. En alguna parte del tumulto de hocicos y orejas, Alfa lanzó al aire su canto lastimero, que estaba teñido de derrota, como en cada transformación completada.
Sin saberlo, el lobo había vencido. Una vez más.

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