Agua

Y allí, en medio del océano, en aquel punto hasta el que le habían llevado los secuestradores de su sueño, Zahara recordó una canción. Era muy irónico que su cerebro le estuviese jugando tan mala pasada…

No entendía qué hacía allí, cual había sido el desencadenante de la situación en la que se incontraba inmersa, ya no sabía qué hacer. Sólo se veía agua alrededor. Todo era azul: el mar, el cielo… A veces había alguna nube pero todas eran blancas, níveas, inmaculadas, ninguna parecía tener la intención de descargar sobre ella para aliviar sus labios doloridos por la sal.

El mar estaba manso y ella se aburría aunque sabía que esa circunstancia era una bendición. Prefería dejar la mente en blanco; sabía que si se ponía a pensar acabaría creyéndose sus peores augurios y eso no le ayudaría a sobrevivir. Ya había agotado todos sus planes de fuga, sólo le quedaba esperar.

-¡Maldita sea!-, otra vez estaba tarareando inconscientemente aquella estrofa.

Estaba cansada y el sol estaba poniendose. Desconocía cómo iba a pasar la noche, si sería capaz de aguantar sin descansar porque, a pesar de que la marejada no era fuerte, dejarse flotar a la deriva no era tan sencillo.

Al menos al anochecer podría valorar, si era capaz de divisar la luz de algún faro o de alguna embarcación, si sus probabilidades de salir del agua con vida iban en aumento o no.

Nunca había tenido los dedos tan arrugados…

Estaba cansada… Y decidió flotar un rato y abrir las barreras que hacían que aquella canción no volviera…

Cuando uno tiene sed  pero el agua no está cerca, 

cuando uno quiere beber  pero el agua no está cerca.

Y lo que la quemaba más que sus labios era saber que estaba en agua, un agua que no se podía beber porque lejos de saciarla, le daba más sed.

Agua y sed, serio problema

 

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