Viaje nº 3

El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el chico realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible.

Pese a que la madre no se sentía cómoda con la idea, el padre sugirió que su hijo hiciera el viaje sedado, ya que las impresiones del primer viaje espacial solían ser en la mayoría de los casos bastante chocantes. Él aún recordaba su primera vez: vómitos, gritos de histeria y un vértigo indescriptible. No fue nada agradable, por lo que no quería la misma experiencia para su hijo.

—Pues vaya un viaje desperdiciado —refunfuñó la madre.

El padre miró al cielo y empezaron a discutir ante la mirada atenta del chico, quien no comprendía qué podía tener de especial un viaje así. Iban a ver a unos familiares. Punto.

Era un chico bastante pasivo, y no le emocionaba demasiado la idea de montar en cohete. De hecho, le daba igual ir sedado que no. Así que, para finiquitar la discusión de sus padres, cogió la píldora azul, se colocó en su asiento y la masticó con calma.

La madre lo miró con disgusto y el padre con alivio, mientras los ojos del chico se iban cerrando y su mano cayó pendulando por debajo del reposabrazos, síntoma de que el sedante acababa de hacer efecto.

Abrió los ojos. Se sentía desorientado. Estaba desnudo. La luz era cegadora. La confusión también. ¿Dónde estaba? Se frotó los ojos con las manos y frunció el ceño, forzando la vista para percibir algo. Vio trazos verdes, marrones, que fueron adquiriendo tonalidades y mostrando formas. Delante de sí parecía tener un árbol. Una encina. Miró a su alrededor. Estaba rodeado de ellas. Estaba en un bosque.

Su vista ya estaba casi completamente operativa. Efectivamente, estaba en un tremendo encinar. Veía las copas de los árboles hasta muy a lo lejos, y él parecía estar en un claro. Sus pies pisaban una arenilla bastante fina, húmeda. Notaba frío. Miró hacia abajo y se dio cuenta de que no llevaba zapatos. Ni ropa. Estaba completamente desnudo. Se le puso la piel de gallina. Parecía que sus sentidos estaban despertándose junto con él, pero a otro ritmo. Un vientecillo fresco lo envolvió y el arrullo de un riachuelo no muy lejano acarició sus oídos. Aunque la luz del día seguía siendo intensa, pudo ver que el cielo estaba totalmente nublado. Su sensación de frío se complementó con otra de desamparo. Desnudo, frente a los árboles, con los pies cubiertos de arena, fría y húmeda.

Se abrazó a sí mismo y empezó a temblar. No podía quedarse allí, no parecía haber un atisbo de civilización cercana, pero tenía que moverse, aunque fuera para entrar en calor. Y esperaba encontrarse con algo o alguien que le ayudara. Gritó mientras se adentraba en el bosque, pero nadie contestó, salvo las bellotas, maduras y oscuras, que caían con cada golpe de viento. El chico se agachó y cogió una bastante gorda. Era suave al tacto, con brillo, dura. La mordió y resquebrajó la cáscara. El sabor amargo del fruto le invadió la boca. Empezó a segregar mucha saliva y escupió los trozos sin masticar.

—¡Puaj!

Siguió caminando, sin rumbo fijo, pisando con dificultad el suelo blando pero repleto de las pinchudas hojas secas que caían de las encinas. Todavía tenía el regusto de la bellota en la garganta, que se aclaró para volver a gritar pidiendo ayuda. Nada.

Tras caminar bastante tiempo llegó a otro claro. Era extraña la falta de árboles en ese punto. Parecía artificial. Además, era muy extenso, apenas veía el final de él. Había dejado de escuchar el riachuelo, y pensó que quizás hubiera sido más sensato intentar buscarlo y seguir su curso. Pero ahora daba igual. Estaba en mitad de la nada, desnudo y helado. Se dispuso a atravesar el claro. El suelo era mucho más agradable de pisar, sin hojas secas. Caminó un par de minutos más hasta que se paró para volver a gritar. No perdía la esperanza.

—¡Por favor! ¡Ayuda!

Nadie contestó.

—¡Socorro!

—Oye —dijo una voz a lo lejos.

No podía ser. ¡Una voz! ¡Alguien! El chico echó a correr hasta llegar a un nuevo muro de encinas, desde donde parecía que había venido aquella voz.

—¿Hola? —gritó el chico.

Ante él, un mojón de piedra se erguía casi hasta su altura, sobre el que descansaba una calavera. Debió de haber pertenecido a un animal, quizás un perro. Estaba rota por muchas de sus partes y no tenía la quijada inferior, y en la superior sólo algunos dientes seguían intactos, la mayoría habían desaparecido. El chico estaba sorprendido. ¿Qué haría algo así en un sitio como ése?

—Oye —volvió a decir la voz. Provenía de la calavera de perro. Era una voz profunda, más bien gutural.

El chico dio un salto hacia atrás.

—¿Hola? —dijo con voz temblorosa, a cierta distancia.

—Hola —contestó la calavera.

La cabeza del chico empezó a dar vueltas. Estaba mareado y notaba una náusea que subía por su garganta.

—¡Buajjj! —El chico vomitó en una bolsa de plástico que aguantaba su madre mientras su padre le sujetaba la cabeza. Estaba en el cohete.

—Échalo todo, cariño. No pasa nada.

Las palabras de su madre no resultaban muy reconfortantes. Se encontraba fatal, su estómago rugía y las arcadas no cesaban. Estaba además bastante confuso. Cuando no le quedó más por vomitar, levantó la cabeza, aún con una baba sucia colgando de su labio inferior y el regusto a bilis en garganta y nariz, y observó su alrededor. Allí estaban sus padres, mirándole con preocupación en su asiento de la nave. Y sus ropas, que llevaba puestas. Ni rastro de la calavera de perro. Nada.

Al cabo de un par de días el chico y sus padres volvieron a realizar el mismo viaje, pero de vuelta. Intentó seguir a rajatabla los mismos pasos que la vez anterior. Sentía demasiada curiosidad por el escenario boscoso y la calavera de perro. ¿Por qué hablaba? Insistió en tomarse la píldora azul de nuevo, pese a que sus padres, ambos, dijeron que ya no hacía falta, que el segundo viaje siempre era más liviano. El chico arrebató la medicina de manos de su madre y sin dilación se la tomó.

En pocos minutos cayó dormido.

Abrió los ojos en el mismo paraje. Esta vez no estaba desorientado. Como la otra vez, su desnudez era patente, su vista no tardó nada en adaptarse, al igual que sus sentidos. Sus pies húmedos sobre la arena fina. Su piel de gallina por el viento frío. Las encinas cubriendo de hojas puntiagudas y bellotas amargas el suelo. El arrullo del riachuelo.

Corrió. Corrió como un loco hasta llegar al claro, ignorando los pinchazos en los pies y el frío. Cruzó el claro y volvió a encontrarse con el muro de encinas tras el mojón de piedra. Sobre él, la calavera de perro, vieja, gastada, rota, como la vez anterior.

—Hola —dijo la voz gutural.

El chico titubeó un instante. Finalmente, se atrevió.

—Hola —dijo.

No obtuvo respuesta. Insistió.

—¿Quién eres?

Nada.

—¿Qué eres?

Nada.

—¿Por qué estoy aquí?

—Buena pregunta —contestó la calavera de perro.

El mareo invadió la cabeza del chico. “¡No!”, se dijo, “¡aún es pronto!”.

—¡Aún es pronto!

Los gritos del chico asustaron a sus padres, quienes estaban de pie delante de él, con las maletas en la mano.

—¿Ya hemos llegado? —interrogó el chico, sin vomitar esta vez.

—Claro —dijo la madre.

Con rabia, el chico se levantó, cogió sus cosas y salió del cohete, rumbo a su casa.

Pasaron varios años hasta que el chico, ya un hombre adulto, volvió a tomar un cohete. Aunque mucho tiempo había transcurrido, jamás se había podido quitar de la cabeza las experiencias oníricas de sus primeros viajes, por lo que cuando la azafata pasó ofreciendo periódicos, bebidas alcohólicas y demás, el hombre preguntó si podía dispensarle un sedante. Así lo hizo ella, y el hombre se lo tomó sin miramientos. Al poco rato se durmió.

Abrió los ojos. Estaba desnudo sobre la arena fina y húmeda. El riachuelo. Las encinas. Las hojas y bellotas. El viento frío.

Corrió como un loco hasta llegar al claro, al mojón de piedra. Allí no había ninguna calavera de perro. No había nada sobre el mojón. Ni cerca de él. Se adentró en el bosque atravesando el muro de encinas. Nada.

La azafata lo despertó. El hombre salió del cohete con la sensación de extrañeza y cierta desilusión.

Alquiló un transporte y se dirigió a la casa donde vivían sus padres, ya retirados. Su madre le abrió la puerta y de inmediato exclamó lo pálido que estaba.

—Nunca me gustaron esos viajes. La mayoría de la gente toma esos sedantes horribles. ¿Te acuerdas de cuando eras pequeño? A tu padre no le importaba mucho, pero tú luego pasabas días enteros ensimismado y contándonos delirios. Pasa, anda, pasa, tu padre está en la salita.

El hombre pasó y entró en la estancia donde estaba el padre. Era un viejo pegado a una butaca, balanceándose lenta pero constantemente. Miraba a su hijo sonriendo. En su mano derecha tenía una calavera de perro, gastada y rota. La calavera. En la izquierda, un bote transparente lleno de píldoras azules. Los sedantes.

Meneaba ambos objetos ante la atónita mirada de su hijo, y dijo con voz gutural:

—Hola.

Yizeh Castejón. Febrero de 2013

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