La trampa.

El relato transcurre en los últimos años cincuenta del siglo pasado. Una mujer asiste a misa; la homilía del sacerdote oficiante versa sobre el mandamiento «No robarás», y recalca que el pecado mortal del robo no se puede perdonar, si no lleva aparejada la restitución de lo robado, y pone como ejemplo el que muchas personas, en sus casas, estuviesen instalando «trampas» para robar energía eléctrica, que no pasaba por el contador de la empresa suministradora. Nuestra protagonista, una mujer devota y cumplidora de los mandamientos, se muestra arrepentida y confiesa, una vez terminada la misa, con el sacerdote oficiante, que le recuerda que, para perdonarla, tiene que denunciar a la empresa el robo cometido. Eso es lo que hace finalmente la devota mujer, teniendo que afrontar el pago de los meses transcurridos, así como una multa, pero su conciencia quedó tranquila. Más tarde, se supo que el confesor estaba en nómina de la empresa distribuidora de electricidad.

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