Tú más

Como a quien despierta de un sueño a otro, mis parpados dieron paso a una visión borrosa que lentamente fundía el negro en una reconfortante luminosidad. Una brisa suave y tibia se movía por los alrededores y de vez en cuando arrastraba sobre las pequeñas dunas finísima arena blanca.
Afilando la mirada me tomé todo el tiempo que quise para explorar ese extraño lugar, todo el tiempo del que debía de haber salido esa arena; desde el reloj del que había debido de derramarse hasta crear ese desértico oasis de paz.
No muy lejos un camino inexistente se dibujaba entre unos pilares nacarados; unas espinas brillantes que serpenteaban hasta perderse en el horizonte como si marcasen un camino que ya no existía.
Movido por la inocencia y la curiosidad comencé a caminar entre esos pilares marmóreos que pronto se me asemejaron a grandes huesos hundidos en la tierra.

Pasos infatigables seguían a cada paso como si todos fueran el primero. Las dunas se sucedían eternamente unas a otras sin que la brisa dejase de respirar ese aire veraniego sobre mí, ese susurro fresco y cálido que recordaba al que corre por las costas, que recuerda a descanso.
Quizá por eso no me cansase, quizá por eso pasé tanto tiempo en la búsqueda. Quizá la vida se convirtió en camino y yo en pasos.
En algún momento de ese día sin noche, una colina rompió la monotonía del paisaje como si de un templo colosal se tratase. Allí iban a morir incontables rastros de columnas nacaradas como la que había recorrido.
Poco antes de terminar su ascenso miré atrás por primera vez en la infinitud del viaje y un punteado mar blanquecino refulgió a causa de las columnas, creando la ilusión de que la colina flotaba sobre la luz.

En lo alto había un estanque de mármol inmenso. El agua cristalina era profunda como para llegar a medía tibia. En su centro un hombre dormía en un trono de marfil elevado sobre el agua. Cuando mi chapoteo se aproximó lo suficiente y las ondas que provoqué en el agua rozaron los pies del robusto viejo, este despertó todavía ensoñado y me dedicó una sonrisa semiconsciente. Se desperezó un poco y se frotó los ojos. Eran unos ojos que no había visto nunca. Los iris del anciano eran como perlas brillantes.
Antes de que me atreviera a decir nada él me invitó a acercarme con la mano, manteniendo la sonrisa. Le hice caso y cuando estuve cerca me alzó cogiéndome entre los brazos, sentándome sobre sus rodillas.
Sin dejar de sonreir y mientras me alborotaba el pelo me dijo:

-¿Jugamos a las mentiras? Empiezas…
-¡Tú! (Dije con un gritito entusiasta, dándome cuenta por primera vez al escuchar mi voz de que era un crío y de que no había tenido que pensar la respuesta. Ya estaba ahí)
-No, tú (Respondió el anciano al tiempo que tocaba la punta de mi nariz con un dedo)
-No, tú (Rebatí conteniendo la risa)
-No, tú (Insistió el vejete volviendo a tocar mi nariz)
-¡Tú más! (Dije riéndome mientras le tocaba a él la suya)

Por un rato seguimos así, riéndonos y tratando de esquivar las cosquillas del otro. Mientras la brisa comenzó arremolinar el desierto con suavidad, a deshacerlo, a deshacer la eternidad y envolvernos en sus arenas. A traer descanso a todo.

Mentalriott

Nacido en Madrid en 1994. Psicología, Criminología y Deporte en las venas. Adoro la literatura fantástica y la música. Escribo por diversión y a veces por necesidad.

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